De qué hablamos cuando hablamos de política

“El estudiante”, ópera prima de Santiago Mitre (Buenos Aires, 1980), que ayer estrenó Cinemateca Uruguaya, llega precedida de grandes e inquietos elogios –fue premio especial del jurado en el Bafici, premio especial también en Locarno y obtuvo el de mejor película en Gijón– y de no menos desasosegadas detracciones críticas. De factura irreprochable, la polémica se explica sobre todo en los resortes ideológicos que el filme traduce al mentar lo político y la política (la micro y la macro, la universitaria y la extrauniversitaria). En cualquier caso, se trata de una versión tan inequívocamente argentina, proponen algunos, que hasta da gusto, que hasta da miedo. Otros leen un exorcismo generacional, la expresión del fin de un tiempo, la traducción de un gran punto de quiebre en lo que a sensibilidad ideológica refiere. La redacción de Brecha no se mantuvo ajena a la polémica: aquí tres miradas críticas discuten entre sí frente a la que ha sido considerada una obra de inflexión en el último cine argentino.

 Un camino empedrado de intenciones ambiguas

Roque (Esteban Lamothe) es oriundo de un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires y tiene un problema vocacional. Ya probó suerte en tres facultades distintas, sin éxito, y ahora con treinta y pico de años se propone cursar ciencias sociales en la Universidad de Buenos Aires (uba). Más por interés en una dirigente (Romina Paula) que por convicción ideológica, comienza a militar en una agrupación gremial (la ficticia Brecha) y va apartándose paulatinamente de los estudios para sumergirse en la actividad política universitaria. Y es que Roque tiene ciertos atributos que son especialmente valorados en estos ámbitos: velocidad para pensar y actuar pragmáticamente, así como para integrarse a grupos cerrados y de acceso privilegiado; una gran capacidad para tratar con la gente y convencerla; ausencia de temor al enfrentamiento; desenvoltura y precisión a la hora de expresarse. En definitiva: es un tipo sorprendentemente eficaz y carismático que logra moverse como pez en el agua dentro de este universo político-electoral sucio, viciado de pintadas, consignas, volantes y discursos vacíos. El deteriorado edificio de la Facultad de Ciencias Sociales es un personaje más, símbolo de decadencia y proclamas intercambiables.
No es menor que la película se llame El estudiante, cuando ocurre que el protagonista deja de serlo al poco tiempo de comenzar a militar en los gremios. Una primera ironía que nos da la pauta de hacia dónde apunta el filme, dónde se encuentran sus principales y universales postulados: la afirmación de que a la hora de comenzar una carrera política es mucho más importante la capacidad práctica que la formación ideológica, y el enfoque en la propiedad adictiva del trabajo político, en su inercia absorbente que lleva a abandonar otras tareas (como el estudio) que se antojan entonces como menos importantes.
En esta película se reúnen tres de los talentos más relevantes del cine argentino actual: los aquí productores Mariano Llinás (director de Balnearios e Historias extraordinarias) y Pablo Trapero (director de Mundo grúa, Carancho, Elefante blanco, entre otras) respaldan a Santiago Mitre, que se desarrolló sobre todo en la redacción de guiones (Leonera, Carancho) y que tan sólo había filmado un largometraje en coautoría (El amor. Primera parte). El novel cineasta utiliza prodigiosamente una batería de recursos para lograr una idea de realismo y de construcción documental –los planos cerrados e inmersivos, los logrados travellings dentro de la facultad, en pleno funcionamiento y sin extras–, y concibe una película que, desde una anécdota terrenal y casi reconocible, dispara en todas direcciones ideas en torno al ser humano, su interacción, su ambición por el poder. Es digno de estudio el uso específico de las elipsis –la omisión de elementos–, la sinécdoque –la expresión del todo por la parte; digamos “el político” a partir de nuestro protagonista, la de la política nacional a partir de la política universitaria–. Roque es un buen ejemplo de personaje bressoniano, un inescrutable protagonista al que seguimos en su deambular, en su accionar, en sus triunfos y en sus conquistas, pero del que sólo podremos intuir lo que piensa. Un recipiente vacío en el que podemos volcar conjeturas basadas en experiencias propias, un individuo que se puede pensar igualmente como un trotamundos ingenuo o como un manipulador sagaz, como un soñador idealista o como un escalador corruptible.
Y aun siendo una película sustentada en la sugerencia, goza de un ritmo notable. Los clímax basados en enfrentamientos, traiciones e imprevistos se dosifican y se intercalan con distensiones en las que tienen lugar conversaciones casuales, los affaires del protagonista, un par de triángulos amorosos. Estos elementos se relacionan directamente con los otros, con los hechos de corte político, dando pie a especulaciones sobre el accionar de los personajes. El estudiante es como un dinámico juego de ajedrez del cual se puede analizar cada movida, sus motivaciones y ramificaciones.
Se vuelven tan arriesgadas como fácilmente refutables las lecturas que afirman que la película es “antipolítica”, “antiizquierdista”, “antiperonista” o lo que fuere; quizá por ser una obra mucho más interesada en formular incógnitas que en imponer postulados, quizá porque la ambigüedad es su sustento principal. El final, en el cual se pasa a créditos tras un “no” determinante y resignificador por parte del protagonista, ha sido interpretado por una buena cantidad de críticos y analistas con simpleza, queriendo ver en el monosílabo un rechazo a las viejas formas de hacer política y a la corrupción, como un cambio de senda motivado por una decisión moral. Pero no hay elementos en la película que nos lleven a pensar únicamente en esto y, por ejemplo, ese “no” podría ser el comienzo de una renegociación, tan sólo una muestra de la inversión en la relación de poder entre los dialogantes; o que el protagonista lo planteara como algo transitorio, una negativa que podría transformarse en un “sí” quizá dentro de unos meses.
Tal es la riqueza conceptual de este filme. Por tener un guión redondo y sin fisuras, por ser estimulante en su imagen y en su forma, por suscitar ríos de tinta variados y contradictorios, El estudiante es una obra mayor, seguramente la mejor película argentina concebida en mucho tiempo.

Luces y sombras en la UBA

Rosalba Oxandabarat
Es una película sorprendente por más de un motivo. Por su tema, por la manera de abordarlo, por el diseño de un rotundo personaje, por la capacidad de generar entusiasmo y polémicas que van bastante más allá de la discusión sobre una película.
El tema: más allá de documentales por lo general exaltadores e incluso nostálgicos de ese universo, no recuerdo películas sobre la militancia estudiantil. (No cabe por supuesto incluir en el rubro a la ridícula sarta de filmes de Hollywood dedicados a mostrar competencias intraescolares por presidir clubes y ser la o el más popular.) La manera de abordar ese tema: un relato concentrado, nervioso, que usa sin complejos recursos del documental en escenas donde esos recursos son la mejor manera –todos los trayectos dentro de la universidad, sus multitudes juveniles y sus muros saturados de carteles, los encuentros y debates estudiantiles–, la fluidez con que instala distintas situaciones, ya sea las que delinean conflictos y de paso mentalidades –los enfrentamientos del estudiante ultra con el profesor, por ejemplo– como las que muestran encuentros, ya se trate de uno amoroso o de comienzo de relaciones que abonan la senda en la que se instalará el protagonista, el uso de la voz en off redondeando –sin abusos– el relato. El protagonista: ¡al fin un joven no victimizado, con una decisión de vivir e implicarse, más allá de la vía en que escoja hacerlo! Y encarnado aquí por un muchacho tan poco lindo como atractivo, en razón de una energía interior necesaria no sólo para explicar su éxito con las mujeres y su aceptación por los hombres sino, sobre todo, para ocupar sin desmedro todos los planos del metraje sin que su presencia aburra o empalague. La capacidad de generar polémica: esa universidad, esa militancia estudiantil, roza, sugiere y restalla sin aviso sobre asuntos que hacen no sólo a lo estudiantil y no sólo a la militancia, sino también a las ideologías, en cómo se engarzan o no con la vida “real”, en el llamado pragmatismo –no sólo político, también y sobre todo una forma de actuar– como manera de sobrevivir, de imponerse y/o imponer ideas y tendencias, y la habilidad de aludir así a la política en general, mucho más allá de las aulas.
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