Todo comenzó con una conferencia de prensa el 9 de febrero de 1956 en el hotel Plaza de Nueva York. Allí Marilyn Monroe, la sex symbol por excelencia del cine estadounidense, y Laurence Olivier, el más encumbrado representante actoral del “british touch”, anunciaron que unirían fuerzas y talentos en una película independiente con un título provisorio, y que sería producida por la actriz con su flamante compañía, Marilyn Monroe Productions, sin el control de la 20th Century Fox, el sello dentro del cual había desarrollado casi toda su carrera. Warner Brothers, un estudio rival de la Fox, apoyaba el emprendimiento con entusiasmo, infraestructura y dinero. El socio de Marilyn, el ignoto fotógrafo Milton Greene, también lucía feliz y se imaginaba para sí un futuro próspero.
Pocos meses más tarde y ya en Londres, una segunda conferencia ahondó en los detalles artísticos de un rodaje que se iniciaría pocas semanas después en los estudios Pinewood de esa ciudad. El libreto pertenecía al eminente dramaturgo Terence Rattigan y estaba basado en su propia y exitosa obra teatral The Sleeping Prince. La fotografía correría por cuenta de Jack Cardiff, otra eminencia con fama propia gracias a notables trabajos en el cine en colores (Las zapatillas rojas, La reina africana). Rubros técnicos como la dirección de arte, el vestuario y el maquillaje, fundamentales en una película ambientada en 1911, corrían a cargo de los mejores especialistas. Al nutrido elenco lo sazonaba la flor y nata de los actores “de carácter” ingleses. Olivier, quien ya había interpretado en teatro la obra de Rattigan junto a su esposa Vivien Leigh, se mostraba especialmente entusiasta de abordar la doble tarea de actor protagónico y director de la película. Seductor y galán como ninguno, calculaba que obtendría un producto artísticamente digno, un éxito rotundo, y, quizás, los favores sentimentales de su principal compañera de reparto.
LAS CONSECUENCIAS DE UN RODAJE COMPLICADO. La felicidad duró lo que un lirio. Ni bien comenzaron los ensayos, Olivier descubrió lo que ya otros habían descubierto hasta el hartazgo: que Marilyn sólo se adaptaba a la fuerza al trabajo en equipo –para colmo, en este caso totalmente extranjero–, que llegaba siempre tarde a todas partes y nunca sabía la letra, que caía en frecuentes depresiones y que se sentía totalmente insegura ante al cine y ante la vida. Para colmo, había traído consigo como consejera y entrenadora personal a Paula Strasberg, hermana del factótum del Actor’s Studio, una escuela actoral a la que había acudido con el propósito de convertirse en la intérprete introspectiva y profunda que ella creía no ser, y que Olivier detestaba especialmente. La comitiva de “indeseables” se completaba con Arthur Miller, intelectual, genial, famoso dramaturgo y esposo de Marilyn, con el que ésta discutía permanentemente. Olivier, además, tenía sus propios problemas con su esposa Leigh, que acababa de perder un embarazo y tenía buenas razones para sentirse celosa por partida doble.
Durante el rodaje las desavenencias entre “una estrella que quería ser actriz y un actor interesado en convertirse en estrella”, como se escribió atinadamente en su momento, se multiplicaron. Marilyn continuó llegando tarde, continuó olvidando sus líneas, continuó tomando unas pastillas para dormir y otras para despertarse. Además se sentía intimidada por su exuberante partenaire y director. A cierta altura, Olivier ni siquiera procuraba aplicar sus dotes de “mentiroso” –es decir, de actor– para disimular su enojo, su irritación y su incomprensión ante el comportamiento profesional y personal de su compañera. Para peor, cuando de noche veía los rushes de lo filmado, comprobaba que, increíblemente, Marilyn se lucía más e incluso actuaba mejor que él. En fin, cada día la odiaba un poco más pero, al fin y al cabo un hombre inteligente, también la admiraba. Eso sí: de sexo (con ella), nada.
El príncipe y la corista es, en esencia, una comedia elegante, sutil, bastante frívola, estirada en su desarrollo y artificial en sus vueltas de tuerca. Su mayor audacia es la de pretender integrar en un discurso único dos vertientes temáticas que no suelen ir juntas: la comedia romántica de enredos y la reconstrucción/especulación política entre gente de alcurnia y con poder. Su mayor problema es el de no saber cómo hacerlo sin forzar el devenir de su anécdota. La historia de amor y desamor entre un regente-dictador de un país balcánico imaginario parecido a Yugoslavia con una cover girl estadounidense laborando en Londres tiene swing, bastante gracia al comienzo, un planteo inteligente, algunas derivaciones jugosas, varios toques de sofisticación y alguno que otro de erotismo subliminal que, vistos hoy, se sostienen con lozanía. Ayuda, claro, el carisma de sus intérpretes, aunque la poca (o ninguna) química que hay entre ellos conspira contra una hilaridad buscada y nunca conseguida. En cambio, la inserción de una muchachita hermosa y relativamente recatada en medio de intrigas palaciegas que culminaron tres años más tarde con el asesinato del heredero del trono de Austria en Sarajevo y el consiguiente inicio de la Primera Guerra Mundial que ¡ella podría haber evitado! (tal la especulación), debe más al capricho del escritor Rattigan que a la lógica narrativa y, sobre todo, a la histórica.
Otras sumas (el impecable diseño de producción, el nivel del elenco secundario, el leve y divertido acento alemán de Olivier) y otras restas (la horrible secuencia en que Marilyn se ve obligada a cantar, el poco humor del tramo final, el bombardeo de datos vinculados a una situación política mal explicada) encaminaron el resultado hacia una sensación que críticos y espectadores calificaron como de “oportunidad perdida”. Estrenada en 1957 con pompa y grandes expectativas, la película no obtuvo beneficios económicos ni buenas críticas. Marilyn volvió a la Fox para actuar en Una Eva y dos Adanes (1959), probablemente el punto más alto de su carrera. Olivier estrenó en teatro el drama The Entertainer, del notable dramaturgo “angry” John Osborne, y le fue tan bien que poco después (1960) la llevó, de la mano del director Tony Richardson, al cine.
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