1993 fue el año. En diciembre se estrenó con tropiezos y demoras La historia casi verdadera de Pepita la Pistolera, de Beatriz Flores Silva, que cuatro meses antes había sido el premio mayor de Viña del Mar y ganado la primera plana de El Mercurio. Nadie esperaba nada en Chile de un largometraje uruguayo, por lo que la sorpresa fue mayor. En Montevideo, sin ninguna inversión publicitaria, los comentarios boca a boca llevaron algo más de 12 mil espectadores a una única sala (Pocitos, de Cinemateca) en el peor mes del año. Fue la única película uruguaya de largometraje en 1993. En los veinte años anteriores se habían hecho sólo cinco largos. Desde el cine mudo poco más de veinte, todos horribles e incalificables con tres excepciones. En 2001, En la puta vida, de Beatriz Flores, tendrá 140 mil espectadores, el estreno de más público ese año, en el que hubo otras cuatro películas uruguayas, entre ellas 25 watts, de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella. En 2011 fueron unas veinte, de las cuales sólo ocho se estrenaron. El cine uruguayo ese año llevó (todas las películas sumadas) 122.753 espectadores a las salas, más que en años anteriores pero menos que una sola película diez años antes. En 2012 van nueve estrenos que han convocado en total a 77.383 espectadores, cerca de la mitad que un año antes. Desde 2004 se producen regularmente más de diez películas por año, de las cuales algunas no se estrenan. Pero el público normal del cine uruguayo no aumenta. Por el contrario, se reduce en las grandes pantallas de las salas de cine, que sería su lugar normal de comunicación con el espectador. El Estado, como reemplazo, ha propiciado otras formas de exhibición sin convertirse en productor, por lo general mediante exhibiciones gratuitas sin retorno económico y sin jerarquizar calidades cinematográficas.
CONOCE A TU PÚBLICO. Como enseñan los textos clásicos de economía cinematográfica* se entiende que el cine es una industria de transformación y por consiguiente una industria liviana, que depende de dos industrias de servicios: la distribución y la exhibición. Las que informan las tendencias del mercado, es decir las preferencias o las necesidades del público, que varían todo el tiempo. Esas preferencias en la práctica son manipuladas por la publicidad y por las majors de Hollywood (la producción, sector primario de la industria del cine) para asegurarse la respuesta del mercado. Ocurre que la elaboración de una película, desde su concepción a su lanzamiento, puede llevar más de un año y en ese tiempo los gustos y las preferencias públicas suelen cambiar. Y cada película terminada es un objeto único y ya inmodificable. No hay prototipos. Si el mercado decidiera libremente, la industria dominante perdería su hegemonía, porque cuatro de cada diez películas de Hollywood son deficitarias. Cuando un cine nacional debe competir en un mercado ocupado por el cine trasnacional, que impone gustos y prestigia preferencias irracionales del entretenimiento y la banalidad, sería bueno intentar saber qué pasa realmente en la relación de las películas del país (las uruguayas, digamos) con el público.
Tiene sus dificultades saber cuántos son realmente los espectadores de las películas uruguayas de los últimos tres años. El Instituto del Cine y Audiovisual del Uruguay (icau), que maneja cifras del Fondo de Fomento Cinematográfico, por ejemplo, contabilizaba a principios de agosto 47.886 espectadores para Selkirk (2012, animación de Walter Tournier), cifra que era negada por Esteban Schroeder, productor, y que contradecía los 19.706 espectadores que declaraba Moviecenter, exhibidor. Después de más de un mes de insistencia, el icau se rectifica: “Efectivamente hubo un error, el número correcto de entradas vendidas es de 20.335 (…) enviado el 25 junio de 2012 por La Suma tv”, el sello productor. Es decir, dos meses y medio después se llegó a la cifra de espectadores. También hubo discrepancia de la productora de El viaje hacia el mar: Guillermo Casanova, de Lavoragine Films, asegura que la película tuvo 90 mil espectadores, más que los 56.300 que dice el Instituto. De todos modos, por más vueltas que se le dé, las películas nacionales difícilmente se financiarán con la exhibición doméstica. Pero es útil saber qué pasa con el público. Para quién se hace cine, qué comunicación o qué diálogo se establece entre el cine, sus autores y los espectadores. Y ahí pueden surgir más dudas. Lo que al principio fue un desafío de calidades y un cine autoral (Pepita…, Una forma de bailar, Los días con Ana, 25 watts) con apoyo en sectores exigentes de los aficionados, en los últimos años parecen ser búsquedas de lo más comerciales y triviales, con resultados adversos. Nadie puede imaginar que Miss Tacuarembó, La despedida, La casa muda, Mundialito, Manyas, Tres millones, 120. Serás eterno como el tiempo sean aportes artísticos, aunque fueron películas potencialmente con más público –igualmente insuficiente– en 2010, 2011 y 2012.
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