Sin golpes en la mesa
- Última actualización en 21 Septiembre 2012
- Escrito por: Ana Inés Larre Borges
James Nöel se hizo poeta leyendo a Lautréamont en su adolescencia, y la curiosidad por el sitio donde nació Isidore Ducasse no estuvo ausente cuando aceptó venir a Uruguay. Nacido en Haití hace 34 años, publicó su primer libro, Poèmes à doublé tranchant, en 2005. Una serie de residencias para escritores –París, Roma, Nueva Caledonia–, una decena de poemarios, adaptación musical de sus poemas, inclusión en antologías varias y hasta un documental y la creación de su propia residencia de escritores en Puerto Príncipe, se precipitaron para convertirlo en una voz destacada dentro de la poesía haitiana. Llegó a Montevideo a participar del Culturfest en Facultad de Humanidades, celebración de diversidad de lenguas y culturas.
—Leí una declaración donde decías que el poeta habita la eternidad, y sin embargo quiero preguntarte por el tiempo histórico en el que te hiciste poeta, por la historia de Haití. Eras un niño cuando Duvalier dejó Haití. ¿Hay recuerdos de eso en tu memoria y en tu poesía?
—Hay una magia en la literatura que permite estar al mismo tiempo en un universo de ideas
–en Platón, pongamos–, y al tanto de lo que ocurre alrededor. Yo puedo no haber puesto los pies en India pero leo a Tagore, que me hace sentir indio; puedo no haber pisado Palestina pero leo a Mahmud Darwich y soy palestino. La escritura es, como la danza, movimiento en el mundo. Evidentemente por mi edad no viví la dictadura de Duvalier, pero creo haber vivido peores catástrofes, como el terremoto o el cólera. Aunque Duvalier regresó ahora a Haití…
—Claro, volvió. ¿Crees que tenga ambiciones políticas? ¿Cómo se interpreta ese regreso?
—Todo cuerpo que se desplaza en el espacio tiene un sentido, en este caso político y nefasto porque es el retorno de un político mediocre. Creo que la pregunta es por qué se combinaron las potencias para permitir ese regreso. ¿Por qué no hubo oposición a esa vuelta?
—Duvalier podría ser un punto de partida para enumerar una serie de males que se asocian al destino de Haití. La dictadura, los ton ton macoutes; pero como tú señalaste, también las catástrofes naturales. En 2010, en ese solo año, se padece un terremoto, una epidemia de cólera y un huracán, el Ike. Son los años en que tú vas haciendo tu carrera de poeta. Parece una experiencia más fuerte o pesada que la de muchos poetas del mundo. ¿Entra en la poesía esa condensación de desastres apocalípticos?
—Siento de modo contrario la suerte de haber nacido en Haití. Estar dentro de un torbellino donde capto muchas cosas al mismo tiempo. Siento como un cliché esa idea de Haití como un lugar maldito. Es un país que en 1804 derrotó al ejército napoleónico y devino la primera república negra. Es el país que dio un escritor fabuloso como Jacques Roumain, autor de Gobernantes del rocío,* que tenía sólo 18 años cuando fundó el Partido Comunista hatiano, y otros como Jacques Stephen Alexis, o Franketienne, o Edwidge Danticat. Un país así no es pobre. Tenemos todo en el ser mientras el resto se preocupa por tener. En realidad yo pienso que los poetas no pertenecen a ningún lado, pero si los políticos fuesen inteligentes tratarían de apropiarse de los poetas y de los artistas para mostrar lo mejor de lo que somos.
—En tu poesía hay una marca fuerte de la infancia. En tu caso con la peculiaridad de que fue una infancia sin padre, pero con presencia poderosa de la madre. Pensaba en que hay una tradición de matriarcado latinoamericano, tantos artistas que reivindican esas casas pobladas de mujeres como un ámbito que promueve la creación, como Caetano Veloso, por ejemplo. ¿Qué incidencia tuvo en ti?
—Yo no tuve una infancia, sino infancias múltiples, así como otros tienen orgasmos múltiples. Al volverme adulto tuve momentos de goces múltiples que venían de esas infancias. Como mi madre se movía mucho
–esa mujer que era una suerte de ave migratoria–, cambié mucho de barrio y asistí a más de 17 escuelas durante mi infancia. Creo que me acostumbré por eso a enfrentar situaciones inéditas. Mi infancia me preparó para ser un poeta nómade. En Haití la sociedad es de machos, sin embargo son las mujeres las que sostienen la casa. Mi padre, como muchos otros allá, era de los que van de una casa a otra, de una mujer a otra, como un picaflor. En cambio, es la madre la que teje la trama de la familia. Son las mujeres las que organizan también la telaraña social.
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