Salinger, una introducción
- Última actualización en 21 Septiembre 2012
- Escrito por: María José Santacreu
Probablemente el fragmento más célebre de la obra de J D Salinger sea el primer párrafo de El guardián entre el centeno: “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata y segundo porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada”.
Salinger tenía razón: lo primero que suelen querer saber las personas es, justamente, “todo lo de alrededor”. Salinger mismo no se ha salvado de ser objeto de dicha curiosidad, y a juzgar por la obstinación en escribir la biografía de un hombre que se especializó en impedir todo acceso a su vida privada, hay, al parecer, muchos que están convencidos de que esta historia puede y debe contarse, incluso aunque sea imposible echar mano al material sobre el que suelen trabajar los biógrafos, es decir, cartas, diarios, testimonios y cualquier otra fuente primaria de información.
Ciertamente escribir la biografía de Salinger representa un desafío doble: a las dificultades evidentes de escribir sobre una persona cuyo segundo dato más famoso es haber sido un ermitaño, se suma el hecho de que hacerlo va en contra de su voluntad expresa. Así, se genera una paradoja esencial: el biógrafo se convierte automáticamente en enemigo del biografiado, y en alguien que, por definición, no lo comprende.
Esa paradoja es mucho más pronunciada en el caso de Slawenski, en vistas de que hasta que emprendió la tarea de escribir J D Salinger. Una vida oculta era básicamente sólo un fan. Ni escritor profesional ni crítico literario, ni periodista: lector. Y no del tipo de lector al que Salinger le dedica su último libro (“Si aún queda en el mundo un aficionado a la lectura –o cualquiera que lea y siga–, le pido, con afecto y gratitud indecibles, que divida en cuatro la dedicatoria de este libro: entre mi mujer y mis hijos”). Slawenski es más bien un lector que lee y se queda, uno familiarizado con la trivia salingeriana y que conoce a fondo esa minucia que informa de los avances y retrocesos en los intentos por penetrar la muralla erigida por el autor.
La condición de Slawenski de fan y biógrafo es extraña, pero Salinger generaba este tipo de lectores. Por ejemplo, el absurdo Peter Norton –otro devoto salingerista que construyó una fortuna vendiendo antivirus– se hizo mucho más famoso por un acto de rectitud moral mal entendida: pagó más de 150 mil dólares por las 14 cartas que Salinger le escribió a su joven amante Joyce Maynard, y se las devolvió al autor.
A pesar de que si Salinger estuviera vivo seguramente lo odiaría, Slawenski ha sido muy cuidadoso: primero, porque tuvo la delicadeza que le faltó incluso a su hija Margaret: esperar a que estuviera muerto. Y, segundo, por el gesto deliberado de no adentrarse demasiado en terrenos excesivamente personales o espinosos y concentrarse en dos o tres temas que le interesan por sobre todo lo demás.
Así J D Salinger. Una vida oculta es una biografía imperfecta y se puede discutir largamente si el apego excesivo al código de etiqueta del lector devoto de Salinger no es incompatible con la tarea del biógrafo. Si la premisa principal ya ha sido violada (digamos, el equivalente a “no se habla sobre el club de la pelea”) ¿qué sentido tiene romper la regla número uno y ponerse escrupuloso con el resto? A fin y al cabo Slawenski podría haber escrito otra cosa y no una biografía…
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