Poeta de Estambul
- Última actualización en 28 Septiembre 2012
- Escrito por: Roberto López Belloso
Quizás vivir en Bizancio esté bien o quizás esté mal o quizás
Ni siquiera puedo decir esto
No me gustan las calles sin tiendas ni cafés ni me gustan
Tampoco las habitaciones ni los muros
No me gustan ni pizca los reyes
Supongamos que lo que dijiste resultara cierto, demos por
Sentado que primero saliste de nuestras calles
Nada de pebeteros nada de pescado friéndose
Tú estás en una calle
Todo lo declaré ausente verdes lechugas y membrillos y el
Color de la pobreza
[…]
Tal vez nos hallábamos en los cielos de los primeros días
Donde una nube y un viejo galeón chocaron.
Una mañana absorbí el mundo con una honda mirada:
Hasta el aliento de los potros mi oscuro rostro se deslizó.
Por aquel entonces, en Troya tu belleza era única.
Cuando arrastraron el océano a tu lado.
***
Un viaje desde Rusia hasta Turquía puede comenzar en el apartamento de Blok, en una calle de una ciudad que se llamaba Leningrado, y en un vuelo con escala en Riga terminar en una Estambul tan cambiada que ya no se la reconoce. Una vez ahí se busca el barrio de Eyüp, desde cuya colina Ilhan Berk se miró en el Bósforo a los 26 años y escribió por primera vez el nombre de un pez. Dicen que con ese poema comenzó a “transformar la poesía en lengua turca”, sea lo que sea que eso signifique. Pero no se lo encuentra. Sólo está la tumba de la peregrinación en la mezquita, el tercer lugar más sagrado del islam, y funicular arriba un café francés poblado de turistas. O se lo puede buscar en la orilla de Asia, en esa otra calle de cafés sin menúes en lenguas occidentales donde la gente toma té de manzana como siempre.
Hay que dar un rodeo tras otro antes de llegar a lo que se encuentra en la pregunta que no debió hacerse: “¿Ilhan Berk, vive todavía?”. Traductor de Rimbaud, escribió sobre Troya y sobre el cuello de una mujer hermosa. Sus domicilios han sido muchos. Por ejemplo un ejemplar de tapas negras con un detalle turquesa encontrado hace veinte años en el incomprensible estante de una librería de Montevideo. Ahí está todavía su poema sobre Eyüp traducido por Clara Janés. Se lo leyó una y otra vez, cada año el mismo día del almanaque el mismo poema y se vino a Estambul a hacer la pregunta que no debió hacerse. Berk sabe de lo efímero (como aquel pez que pasaba bajo el puente y que sólo podía detenerlo en su fuga hacia el olvido escribiendo “el pez” en el poema) y sabe que lo efímero debe sostenerse con fuerza, aunque inútilmente. Como la desnudez de una mujer a la que le pide que sujete como sea el recuerdo de la desnudez de ambos. Ya sea en la orilla del agua o incluso “en el sabor amargo de las cosas”, pero también “en la muerte, en aquella herrumbre sujétala después”. Ahí, en la “antigua y gigantesca agua gris”, entró Berk el 28 de agosto de 2008. Por algo esa pregunta no debió haberse hecho.

