Una manera distinta de mirar

Por la rareza –y la reiteración– de un diminutivo desacostumbrado, que evoca cuentos infantiles o criaturas de ciencia ficción. Por el uso verbal imperativo, arcaico, el guiño feminista, la reprimenda a una humanidad extraviada. Por tantas probabilidades, el título de este libro –Hombrecillos hombrecillos comportarse– de sopetón desconcierta. Después, a medida que el lector transita las historias y se codea con los personajes, si bien el sentimiento de reconvención crece y se espesa, un ambiguo sistema de símbolos autoriza lecturas plurales que recurren a lo metafórico para “decir” lo que importa a la escritora.

Antes de Hombrecillos hombrecillos comportarse, la uruguaya Dina Díaz había publicado tres libros de poesía: De los modos del morir (1986), Desde este lugar otro (1991), Sospechas y silencios (2006); y dos novelas: Una ventana para el pájaro (2005) y No cambies nada de lugar (2010). De esta última subrayé, en estas mismas páginas, la apuesta a la imaginación de una autora que escribe sobre lo que no se sabe, preñando a su literatura de claves que el lector no siempre descifra y los personajes no siempre comprenden. La escritura como instrumento de conocimiento, una manera distinta de mirar.
Justificadamente, en estos cuentos, la mirada ocupa un lugar central. Si bien son diferentes a las novelas –no obstante unas porosas fronteras de vecindad–, mis juicios anteriores se mantienen porque la voluntad de Díaz es, en todos los casos, echar un vistazo a “la realidad” desde puntos de vista múltiples y complejos, incursionar en trasfondos ocultos como una forma de liberar deseos y temores, recuperar la mirada extrañada en tiempos de rupturas y perplejidades. El lector debe estar alerta, no dar nada por sentado, ya que algunos personajes descubren alternativas que cuestionan y desafían lo establecido, en tanto los narradores funcionan a modo de espejo y catalizador de la conciencia.
{restrict}Varios cuentos proporcionan claves de esa mirada. En “Breve historia de un desconcierto”: “Un hombre parecido a una tortuga mira a una tortuga y ella no mira al hombre, y un hombre que no se parece a una tortuga los examina a los dos y se pregunta por qué aquel hombre parecido a una tortuga, se parece a una tortuga. Porque cuando lo estudia no solo es evidente que no tiene caparazón y tampoco un cuello largo y apergaminado, sino que hasta se ve lozano, bastante coloradote y sin embargo –piensa quien los observa–, puedo llegar a confundirlos. Aunque bien entiende que ese no es un tema trascendental o de interés universal, de todas maneras podría considerarse una rareza y no sabe si de la naturaleza o de la percepción humana”. La percepción humana –el tema de la mirada como sutil reflexión filosófica– parece apostar aquí a la fábula moral y a un fino e inquietante sentido del humor, a lo Kafka, a lo Levrero, a lo Maslíah, con cuyas obras dialoga la narrativa de Díaz (un acápite del libro pertenece a Levrero). Es fecunda la ironía que impregna Hombrecillos hombrecillos comportarse. La práctica de un humor que, aun en ocasiones donde es apenas perceptible, deviene marca de sentido, una estrategia crítica tanto o más eficaz que la tragedia.
En “Mujer con ventana y gallinas”, la protagonista ve a un hombre arrojar aves desde un piso alto. El hombre ve que ella lo observa y decide dejarle mensajes telefónicos: “Tú-la-mujer-de-la-ventana”. La comicidad del acto –y la poderosa vivacidad descriptiva que lo vuelve turbador– contrasta con la soledad de quien precariamente mira pasar la vida: “Soy algo más que la mujer de la ventana. Fragmentar a alguien de esa manera es como desmembrarlo. Qué estaba viendo de mí (…). A quién estaba invocando”.
En “Tarde de café” uno de los parroquianos “toma un diario de la mesa, hace un tubo y observa a través de él como si fuera un catalejo (…). El mundo es solo fragmentos, imposible establecer algún criterio general (…) si a la gente uno pudiera mirarle un ojo solo, las cosas que descubriría, los dos ojos juntos se hacen hipócritas, esconden, en cambio un ojo solo queda desamparado y lo confiesa todo”. En parcial sintonía “El ojo del abuelo” revela cómo la nieta “lo ve a través de la mesa pero en realidad le ve solo un ojo, un ojo azul y penetrante, el otro permanece tapado por el botellón verde del agua”. Díaz dispone los detalles de la percepción visual y los relaciona entre sí, presta atención al lenguaje pictórico, espacial, recuerda a un pintor. Pero el suyo es el lenguaje visual de la palabra. El lector percibe una serie de relatos que dibujan los acontecimientos. Por momentos tiene la impresión de estar frente a un cuadro en el cual, como sucede en los cuentos de Dina Díaz, se oculta lo importante.  
Los once textos que integran este libro se fueron reescribiendo durante años. La versión preliminar de alguno se publicó en forma aislada. Recordando aquel ejemplo del neofantástico cortazariano, “Carta a una señorita en París”, cuyo personaje central vomitaba conejitos, las pariciones, en “De madre e hijos”, son de ratones. Detrás del artificio y del juego aparente, perturba la renuncia a la libertad y la opción por el sometimiento. En varios de los cuentos Díaz construye una realidad extravagante que según la sensibilidad del lector puede –o no– rozar lo fantástico para decir algo que, tal vez, sería menos convincente a través de una escritura meramente “realista”. Por eso su disposición a la metáfora, a crear verosimilitudes arbitrarias donde escenificar las tragedias de la condición humana.
El tema de la fragmentación y de las conductas obsesivas tiene un punto alto en “¿Recuerdas el galopar libre de un caballo?”, donde un hombre busca la experiencia totalizadora, y alguien –¿Dios?, ¿su conciencia?– se ríe de él y lo llama “Faustito”. En “Ceremonias cotidianas” los rituales con pájaros muertos hablan de tiempos terribles, “Hombrecillos hombrecillos com­portarse” es una historia sobre la responsabilidad y la culpa, y “La historia de Pérez”, junto a “El cuento del hombre que cayó en el pozo”, muestras heterodoxas de literatura dentro de la literatura. Claro que también son mucho más. Cuentos que dosifican la información y retardan la revelación de un enigma hasta el límite de no revelarlo, en una fuga constante donde siempre parece que el lenguaje pensara por nosotros. {restrict/}

 

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