Amigos, grappa, y la señora de las cartas peligrosas

El 17 de mayo de 2009 murió en Montevideo Mario Benedetti, y yo estaba en Lima. Acá paso la mayor parte del tiempo, dado que aquí vivo desde hace más de veinte años. Era un día gris, como casi todos los días de Lima, salvo alguna licencia que le da el verano a la capital peruana para exhibir alguno que otro cielo azul con nubes blancas, que mirándolo me lleva inexorablemente de vuelta a Uruguay por un rato (“después de todo la nostalgia existe…”).
Por esos días se celebraba el centenario de otro compatriota tan ilustre como Mario, y tan ilustrado: Juan Carlos Onetti. El Centro Cultural de España en Lima había organizado unas conferencias donde participaba Mario Vargas Llosa, por el lado albirrojo, y Ana Inés Larre Borges y Pablo Rocca por el celeste. Aparecí una noche por allí, y debo confesar que no tanto por lo que podría decirse sobre Onetti (prefiero leerlo) y menos aun por escuchar a Vargas Llosa, con Nobel y todo, tan perfecto y profundo en la construcción de frases y novelas como tan pésimo y superficial en sus opiniones políticas. En realidad me acerqué al local para saludar y conversar con un par de uruguayos que conozco de mucho tiempo y que sabría me acercarían noticias de primera boca de lo que pasa allá, es decir, datos con emoción, con gestos, con miradas, con voz, con derecho a preguntas y repreguntas. Es decir, noticias sin @ y en tiempo real, más bien plebeyo, tanto como el pueril interés de saber si Pablo me había traído la grappa que le pedí. El pisco, “la bebida de bandera”, como la llaman acá, es bueno, buenísimo, tal vez mas “fino” por historia y destilación que nuestra grappa de bandera italiana, nacionalizada uruguaya por ancap, pero la grappa sabe a mí, y sobre todo, a “ahí”. Tomarla es regresar por el tiempo que dura la botella. Pero eso fue un día antes, el 16, un sábado, cuando se muere la semana. Domingo es de ceviche reparador de la resaca. Y así fue, con Pablo, suculento pescado cocinado al limón, picante para mí, ya acostumbrado, posterior café mirando el nada Pacífico océano y el pisco de bajativo en el Juanito, un casi centenario bar del distrito de Barranco donde dejé, viví y bebí con gusto, buena parte de mi vida en este país, y hablo en pasado porque cerró.
Aquel domingo ya sabía que Benedetti estaba mal, todos lo sabíamos pero creíamos o queríamos que sólo fuera un ortográfico paréntesis para que el viejo le metiera una coma y siguiera escribiendo –cada vez que se muere un referente te morís un poco, aunque lo hayas conocido sólo de refilón–; cuando estás lejos compartir el mismo pasaporte se transforma en un vaso sanguíneo que te hace casi hermano, aunque sólo lo sientas vos. Entonces hablamos con Pablo de eso, y me contó de sus estadías en Madrid en la casa de Mario, mientras tomábamos un pisco en la barra del Juanito (infinitamente mejor que la grappa, dijo él, y yo no dije nada).
Terminado ese rato, cruzamos la avenida Grau rumbo a la plaza. Ricardo Hinojoza, poeta en ciernes, dj en madrugadas, escritor siempre y sobre todo amigo, también siempre, me vio, se acercó, le pregunté dónde iba, y me dijo: “A leer poemas de Benedetti, al Piseli (un bar). Benedetti acaba de morir”.
“Che, Pablo, murió Mario”, le dije a Rocca. No dijo nada, creo que los dos miramos al suelo. No recuerdo bien, pero creo que no hablamos mucho hasta que lo llevé a su hotel, en Miraflores, barrio vecino, más pituco, más “ficho” (modismo limeño) que el bohemio Barranco.
Ana Inés Larre Borges compraba buzos en la tienda del hotel, y tras un beso se lo dije: “Che, murió Mario” –claro, en esos días para los uruguayos Mario era uno solo, como hasta ahora–. “Salí de acá, vamos afuera”, me dijo apurada, y yo no entendía por qué. Afuera me lo aclaró: “La señora que atiende la tienda acaba de darme una carta, dice que es pariente de Benedetti, a quien no conoce, y que ojalá le llegue, porque cada vez que escribe, el destinatario se muere”.
Hoy como entonces Lima está gris, porfiadamente lejana a los colores que la primavera promete. Gris, más no horrible, no exageremos. El Juanito cerró, Mario es un recuerdo entrañable, y yo sigo acá, siempre pendiente de la llegada de algún amigo con grappa.
De la señora de la tienda, la pariente de Mario, no sé nada.

(Barranco, 25 de setiembre de 2012.) n

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