Correspondencias
- Última actualización en 05 Octubre 2012
- Escrito por: Ana Inés Larre Borges
Al final de su vida, Idea escribió un prólogo a las Cartas de amor de Delmira Agustini donde mide esas “pocas cartas de amor auténtico, su discurso apasionado y serio”, que fueron las que provocó Manuel Ugarte. Concluye diciendo: “Tal vez fueron dos seductores jugando una partida”. La frase regresa como un bumerán cuando pensamos en su relación con Onetti.
Tal vez fueron Idea y Onetti dos seductores jugando una interminable partida de cartas. Apostando fuerte. Fue un amor en la distancia. Muchos opinan que su romance fue fugaz –un par de semanas, se ha dicho–, y que ella lo agrandó retrospectivamente. También vale aceptar que fue un amor epistolar, un amor así correspondido. Dardos de papel: un duelo, y un juego, que sostuvieron hasta la vejez.
La verdadera carta –ha dicho Patrizia Violi, estudiosa del género– es la carta de amor. La carta es un artefacto que reúne o imita los atributos del amor: exclusividad, espera, ensimismamiento, agonías sutiles. Desde que en Occidente ocurre la invención de la intimidad, los más visionarios artistas lo supieron. Vermeer culminó en sus telas una tradición flamenca que pintaba una y otra vez la escena epistolar como entendimiento del amor. Cervantes, precursor de tantas cosas, creó la carta de Dulcinea desde la soledad de don Quijote y la desesperación de Sancho.
Las cartas que Idea y Onetti intercambiaron se publicarán un día. Ambos eran artífices diestros en la escritura epistolar. De Idea se conocen varias. Las que envió a Juan Ramón Jiménez son como un eco de las que Delmira escribió a Darío. De Onetti se ha dicho que ponía estilo en la más distraída misiva al secretario de redacción de cualquier periódico. Los estilos variaban, en Idea el culto a lo preciso, la palabra justa, en Onetti un desaliño bohemio, las citas de letras de tango, el tono reo. Idea atesoró cada carta que recibió en su vida y guardaba copia de las que enviaba; Onetti las perdía y es seguro que no hizo copias. De su maravillosa correspondencia con Julio Payró en su juventud –Cartas de un joven escritor (2009)– sólo sobrevivieron las de Onetti, pero ese descuido no omite el afán de ingenio y humor, es decir de estilo, que puso al escribirlas. Desde hace un tiempo, desde que Deleuze y Guattari admitieron la centralidad de las cartas en Kafka. Por una literatura menor, el estatuto de la correspondencia cambió. De meros documentos auxiliares para construir una biografía o explicar una novela empezaron a entenderse como parte de la obra. Muchos escritores, entre ellos Onetti e Idea, no precisaron de este proceso de la crítica para tratar a sus cartas con el tramposo esmero que se da a la creación. En ambos se dio ese arte de las cartas, pero también otro, que podríamos llamar, a falta de mejor categorización, las cartas en su arte. Mientras esperamos el libre acceso a la intimidad de su correspondencia, es posible atender a esa presencia no menos apasionante de cartas en su obra. Lejos de los desbordes de la novela epistolar que sucedió a la invención del género en el xviii, en estos escritores de la modernidad las cartas circulan por sus textos como calculado recurso. No revelan una trama, sino que señalan un secreto.
Idea. La carta, el poema. “Los poemas que asumen la forma de una carta fueron cartas. Y también otros que no asumieron explícitamente esa forma”, decía Idea a Jorge Albistur en una entrevista. La escritura y la vida, una cuestión de siempre, ve sus fronteras borradas. ¿Escribir o vivir? Vivir a través de la escritura y hacer la obra con jirones de lo vivido. Eso podría postularse de la obra de muchos poetas y especialmente de la de Vilariño, pero sus cartas-poemas, con un destinatario real y circunstanciado, exponen ese quiebre de todo límite como un desafío. Paradójicamente los lectores, que conocen las circunstancias, sienten legítimo su derecho a hacer suyas las palabras. Es emblemático, en su fortuna entre los lectores, el caso del poema “Ya no” que Idea puso un día en el bolsillo del saco de Onetti.
Las cartas permitieron a Vilariño articular una nueva modulación de la experiencia amorosa. Una manera nueva, algo que no estaba. Si Idea explota y aprovecha las posibilidades de la carta, es porque toda carta lleva en sí los gestos del amor. La carta busca a su lector y lo separa del resto con el mismo movimiento excluyente del enamorado. Por eso la carta es especialmente apta para la metáfora amorosa, pero tiene además una delicada dialéctica entre la ausencia y la presencia que sirve a los rituales del deseo. Las cartas se escriben para anular la distancia, pero son el testimonio de que esa distancia existe. Si la carta está, alguien falta. La distancia crea un insalvable destiempo que devuelve a los amantes a su soledad. Solo, en retiro en Sierra Morena, estaba don Quijote cuando dicta su epístola al pobre Sancho. La paradoja está en que el amor anhela ser dicho y es la ausencia la que permite nombrar lo que no está. En “Carta I”, la voz que dice el poema es la de una mujer que está sola en su casa y mientras va apagando las luces, cerrando las ventanas, recogiendo su ropa, anhela al amado ausente y lo convoca diciendo su nombre.
“Como ando por la casa
diciéndote querido
con fervorosa voz
con desesperación
de que pobre palabra
no alcance a acariciarte
a sacrificar algo
a dar por ti la vida
querido
a convocarte
a hacer algo por esto
por este amor inválido”
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