Poeta y ciclista

Antonio Cisneros (1942-2012)
Es difícil hablar de Antonio Cisneros como de alguien que ha muerto. Hay que hablar seriamente de los muertos, resaltar sus virtudes, bajo el acechante peligro de ponerse dramático y sentimental. Y ponerse dramático y sentimental y hablar de Antonio sería una vil afrenta a su recuerdo. Levantaría las cejas más que nunca y aconsejaría no tomarse el trabajo, porque lo dramático y sentimental ya está todo escrito, diría, en los poemas de Neruda, y en los tangos y boleros mucho mejor, no hay que hacerlo de nuevo, y peor. Pero ha muerto un gran poeta, y entonces hay que dar cuenta.

No es fácil (las cejas pueden empezar a levantarse en cualquier momento). No es fácil decir: Antonio ha muerto, y hablar de él como si eso fuera cierto.
Le hice algunas entrevistas, pero sólo una vez escribí sobre él, un recuadro que pretendía ser una suerte de semblanza y acompañaba un artículo largo de Mario Benedetti dedicado a su poesía, publicado en uno de los primeros números de Brecha. Pero entonces Antonio andaba en sus gozosos 40 años, intrigado ante los saludables y progres alemanes de Innsbrucker Strasse y su ferviente culto por esos perros que “no ladran, ni muerden, ni miran, ni huelen a los transeúntes”, en un paréntesis –otro más– de su residencia en Lima, su cátedra en San Marcos y sus aventuras periodísticas. Sin ser crítico de poesía ni estudioso de ella, doblemente difícil hablar de un poeta, aunque se lo venga leyendo hace 40 años.
Parto entonces de Antonio mismo, para no llevarle la contra. Lo que le gustaría que rezara en su epitafio, dijo más de una vez, sería: “Antonio Cisneros, poeta y ciclista”. Era el tiempo, no tan lejano, en que con una selectísima tribu de amigos se largaba en bicicleta por los malecones del sur de Lima, jolgorio mucho mas de camaradería que de salud, “una banda de escritores entregados, con cierto frenesí, al divino equilibrio entre dos ruedas”, más atentos a las pascanas (boliches) donde refrescar el espíritu olímpico con unas cuantas cervezas que a los récords deportivos, y desde la certeza absoluta de que “es verdad, comprobada, que las muchachas más bellas y de buen corazón aman hasta el delirio a los ciclistas”.
Poeta y ciclista parece una reducción excesiva, pero a testimonio de parte relevo de pruebas. En esa su manera irónica de describir –y escamotear si es menester, porque en el juego de mostrar y esconder se apuesta a ser hallado sólo por quien sabe hallar– las vivencias intensas o absurdas de su vida, ambas condiciones tienen buena pasta para hablar de todas las demás. El poeta escribe, el ciclista vuela, apresando así todos los viajes.
Empezar por lo primero y, en lo posible, dejarlo que él dicte algunas cosas, y sin contradecirlo, en un repaso incompleto. Claro que era poeta, con su primer libro publicado a los 19 años (Destierro, 1961), 300 ejemplares salidos de la imprenta del poeta Javier Sologuren, y desde entonces una producción no caudalosa pero sí periódica y constante, y porque, como aseguró alguna vez, “al fin y al cabo, poeta es el que los demás dicen que es poeta”. Después de Destierro vino David, en 1962, “la historia del rey bíblico contada desde la perspectiva del común. Una mezcolanza de lenguajes antiguos y modernos, cierta ironía, al servicio de la desmitificación”, y en el 64 publicó Comentarios reales, que ganó el premio nacional y consagró a su autor a nivel local. El libro “quiso ser una revisión de la historia del Perú, desde el lado de los pobres, desde el lado de los anónimos, desde el lado de las tropas y no de los generales, desde el lado de los muertos y no de las efemérides famosas”, y fue siempre uno de sus libros más recordados, pero Cisneros no sentía por él demasiado aprecio, por “su excesiva pretensión”. Canto ceremonial contra un oso hormiguero –escrito en su primera estadía europea, en un helado sucucho de Londres– obtuvo en 1968 el premio entonces más cotizado en literatura en español, el de Casa de las Américas de Cuba, dándole a su autor “cierta fama, algún dinero, traducciones, reediciones, unos cuantos fans y una apreciable tribu de envidiosos”. De ese libro –vuelto a presentar en julio de este año en Lima, en una suerte de reedición homenaje que fue la última aparición pública masiva de Antonio– escribió: “Los poemas del libro estaban llenos de vida vivida. Por eso el uso de largos versículos que se enredan en las páginas como serpiente. Necesitaba un espacio donde se reunieran los datos del alma y del cuerpo. El hígado, el corazón y la cabeza. La historia doméstica, la historia de la colectividad. Creo también que en buena medida lo logré. El lenguaje se bamboleaba entre la solemnidad y la jerga, en medio de un optimismo socarrón. Así transcurrían mis días en la vida real”.
En 1971 publica en Lima Agua que no has de beber, con 22 poemas que “llegaron demasiado tarde a Comentarios reales” y del que el poeta rescata uno solo: “Para hacer el amor”, hoy escrito en piedra en un muro del malecón de Miraflores, y plato fuerte en los recitales, con ese remate que inevitablemente desata los aplausos después de las breves y cadenciosas instrucciones sobre cómo hacer el amor en la playa: “Es difícil hacer el amor/ pero se aprende”.
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