Aunque por momentos el escritor, el hombre, el géiser se hizo ver muy inferior a sus libros, ejerció a toda hora un encantamiento sobre cualquiera que se le cruzara por el camino. Fue generoso al dar motivos, a quienes no lo conocían, para ingresar en la factoría literaria de Mario Bellatin. Quienes lo leyeron pudieron encontrar, en el toque curioso de su figura, el momento de volver atrás, de partir de cero, de recomponer la historia.
En la primera aparición pública en Uruguay habló del día en que conoció a Hugo Achugar, que ahora lo presentaba en la Feria del Libro: fue durante un congreso en La Habana, cuando la posmodernidad hacía los primeros avances al Sur. Alejado en política de las “grandes verdades”, habló de las “verdades pequeñas” en las que puso el ojo cuando vivió en Cuba. Pasó luego a Perú, a México y a París. La biografía sumaria de Mario Bellatin dice que nació en el df en 1960, de padres peruanos que lo llevaron de niño a Lima, donde se educó. En 1987, después de rotar por universidades peruanas, se fue a Cuba a estudiar cine en la Escuela de San Antonio de los Baños. De regreso publicó en Lima, entrados los noventa, los puntales de su obra: Efecto invernadero, Canon perpetuo y Salón de belleza, que continuaron las técnicas de montaje, de fragmentación narrativa que había definido en su primer libro, Las mujeres de sal, de 1986, con el que desconcertó a los lectores de Perú.
Bellatin es un escritor mexicano, así dice, y luego todo aquello que se le agrega para rodearlo y darle caza. Además de libros, cerca de 30, ha hecho trabajos muy variados. Hace poco dirigió una película en colaboración con la compositora Marcela Rodríguez, un musical “de riesgo” en Ciudad Juárez, una zona violenta, donde hay “muertos sin derecho a la muerte”. Bellatin es a la vista un performer, autor de una obra en movimiento, un cuerpo sin un brazo, la estatua móvil cuyo rictus garantiza la invención de cualquier personaje. Durante la presentación dijo que el papel y el lápiz no siempre le alcanzan para responder a las preguntas de escritor. En los últimos años, según ha insistido, tiene el propósito de “escribir sin escribir”. Inundarse de silencio y publicar páginas en blanco es una idea que tiene desde el principio, antes de haber escrito un libro. Según Achugar, no basa la obra en una “imaginación desbocada” sino en un “pensamiento teórico fuerte”. Habría que ver qué quiere decir esto, quizá en este caso la “teoría” sea una prolongación de lecturas fundamentales de Marcel Duchamp. Bellatin se dedica a minar cualquier institución, sobre toda la literaria, y con ello a desplazar a su manera la figura social del escritor latinoamericano, que fue en su momento excesivamente diplomática. Hace casi diez años hizo en París una “prueba”, según ha vuelto a contar: organizó un congreso de literatura mexicana y en lugar de llevar a Margo Glantz, Sergio Pitol, Salvador Elizondo y José Agustín, puso a cuatro personas entrenadas en decir de memoria un texto sobre los diez temas principales de cuatro escritores próximos, en casi todo, a Bellatin. Había pensado rigurosamente el plan: “aquí tienen los 40 temas de la literatura mexicana”. Quienes asistieron al congreso, desde distintos lugares de Europa, lo acusaron de fraude, y el director teatral completó así su propósito: “¿Qué vienen a buscar ustedes a un congreso?”.
Los viejos representantes de la literatura latinoamericana, entre ellos los últimos premios Nobel, fueron sustituidos por figuras que se niegan a definirse. A Bellatin hay que darle significado con un endeble sistema de adivinación. Su pose, repetida, puede cambiar de signo: en lugar de un llamado de atención pasará a ser un llamado de fastidio y de hastío. A esta altura, el juego de llevar todo al campo de la ficción y lo falso es claro y sin salida. Es como aceptar un ajedrez eterno en el que ningún rey va a morir. Dicha la regla: “el que pensó perdió”. A diferencia de los escritores de su generación que soltaron las pulsiones y evitaron, desde el inicio, seguir hurgando el indigenismo y el urbanismo, el realismo mágico y la vida de dictadores, Bellatin no se pierde en la “imaginación libre” y sostiene un proyecto de escritura, una obra narrativa sólida, de prosa fría, seca, sin demasiadas sonrisas. No impuso el artificio en las frases, a las que da una forma corta y concisa, sino en el dominio de lo imaginado, en la superficie en la que desató los límites con sensibilidad a las “representaciones del dolor”. Consigue que el lector habite, mientras dura el libro, algo que no está cerca del “deslavado y aburrido” mundo de todos los días.
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