Virgilio Piñera
En el año de su centenario, Virgilio Piñera es reconocido como una de las voces más altas de la literatura cubana e hispanoamericana. Luego de tiempos de marginación, su obra se publica, se lleva a escena y se estudia tanto dentro como fuera de la isla que lo vio nacer.
La madrugada del 18 de octubre de 1979 abandonaba el mundo de los vivos en el Vedado habanero una figura lúgubre, delgada, de ojos miopes y nariz aguileña. La muerte ¿sorprendía? (pues, según él mismo, la muerte nunca es sorpresiva) a un personaje intensamente polémico, escandalizador; repudiado por muchos, admirado por otros; un marginado, un negador.
Había nacido 67 años antes, el 4 de agosto de 1912, en la ciudad de Cárdenas, en la región occidental de Cuba. Su existencia estuvo signada siempre por la estrechez económica y el repudio a su homosexualidad. Su creación fue discutida e incomprendida entre sus contemporáneos, por adelantada, marginal y negadora, pero nunca le importó el reconocimiento y la celebridad, meras “delicias de Capua”. Prefirió el camino de lo inseguro, “los peligros, las furias, la soledad”. Rechazó todo contubernio, facilismo o estabilidad, pues su compromiso fue para su producción literaria, que llegó a abarcar numerosas piezas teatrales, muchísima poesía, tres novelas, varios libros de cuentos y copiosos artículos y ensayos.
Irrumpió Piñera en el panorama literario cubano de la primera mitad del siglo xx impugnando los influjos y modas de la época, y contrastando con la escritura de sus coetáneos. Aunque puede considerársele en cierta medida dentro de la generación de la revista Orígenes, su estética se contrapuso a la de ésta y especialmente a la de José Lezama Lima, con quien mantuvo, hasta la muerte de éste, rachas alternas de amistad y de enemistad. Virgilio resultó el antagonista necesario del autor de Paradiso, la otra cara de una visión que buscaba la trascendencia y la redención del hombre mediante la literatura. Si Lezama partió de la religiosidad y la sublimación de lo real, Piñera lo hizo desde el absurdo y la irrealidad. Su poética dio una perspectiva iconoclasta, desmitificadora, trágica, de imágenes descarnadas que mostraron un conflicto existencial plagado de angustias y temores. El drama de la isla, esa “maldita circunstancia del agua por todas partes”, se evidenció en él como una suerte de condenación o resignación a una realidad caótica e insustancial. Su poema “La isla en peso” (1943), pieza capital dentro de la poesía cubana de todos los tiempos, replanteó la historia de un pueblo que aún no alcanzaba a definirse material y espiritualmente.
También su narrativa ofreció lecturas desgarradoras e inverosímiles. En 1946 Piñera viajó a Buenos Aires con una beca de la Comisión Nacional de Cultura, y allí residió, no obstante pequeñas estancias en La Habana, durante 12 años. En Buenos Aires fue publicada, en 1952, su primera novela, La carne de René. Poblada de situaciones absurdas y personajes grotescos, mediante el sufrimiento, el miedo, la huida y la idea de una conspiración, el libro subvirtió las convenciones clásicas de sociedad, familia e individuo. Por similares caminos también enrumbaron sus otras dos novelas, Pequeñas maniobras (1963) y Presiones y diamantes (1967). También con sus cuentos trajo sorprendentes historias, de temporalidades vertiginosas y cierres brillantes. Estas narraciones, algunas cortas, otras más extensas, mantuvieron ciertas semejanzas entre ellas: el cuerpo o la carne, la muerte, el viaje.
Pero fue el teatro la zona más importante del corpus creativo de Piñera. Años antes que Ionesco en París, el teatro de este autor caribeño construyó desde el absurdo personajes y situaciones que luchaban, negaban y temían. Electra Garrigó resultó un gran escándalo en su estreno por parodiar y recontextualizar el clásico griego. No menos polémicas fueron las posteriores El no y Dos viejos pánicos (premio Casa de las Américas en 1968). Pero fue Aire frío, retrato de una familia cubana que devino en una metáfora de la nación, su pieza más conocida y a la postre imprescindible dentro de la historia teatral de Cuba.
En vida no gozó Piñera del favor del gran público, ni de la crítica ni de las instituciones. En verdad, nunca lo deseó. Rechazado y marginado siempre, tanto en la época de Batista como en la revolución, sus últimos años fueron quizá la más dura prueba de tenacidad intelectual. Aun cuando sus libros no se publicaban, sus obras no se llevaban a las tablas y su nombre casi no se mencionaba oficialmente, continuó escribiendo con voluntad de jesuita. Así, sin ver reconocimiento alguno, dejó al morir cientos de páginas inéditas. Llegaría con el tiempo una paulatina restitución.
Hoy Virgilio Piñera ocupa su justo lugar dentro de las letras del continente y es considerado como el mayor dramaturgo cubano del siglo xx. Su centenario ha traído la edición de toda su obra, la puesta en escena de sus piezas teatrales y numerosas investigaciones. Hoy se reconoce el valor de este autor que vio en la literatura el instante de eternidad capaz de romper el sortilegio de la muerte.
Hoy Virgilio Piñera recobra su peso, el de su isla.
Isla
Aunque estoy a punto de renacer,
no lo proclamaré a los cuatro vientos
ni me sentiré un elegido:
sólo me tocó en suerte,
y lo acepto porque no está en mi mano
negarme, y sería por otra parte una descortesía
que un hombre distinguido jamás haría.
Se me ha anunciado que mañana,
a las siete y seis minutos de la tarde,
me convertiré en una isla,
isla como suelen ser las islas.
Mis piernas se irán haciendo tierra y mar,
y poco a poco, igual que un andante chopiniano,
empezarán a salirme árboles en los brazos,
rosas en los ojos y arena en el pecho.
En la boca las palabras morirán
para que el viento a su deseo pueda ulular.
Después, tendido como suelen hacer las islas,
miraré fijamente al horizonte,
veré salir el sol, la luna,
y lejos ya de la inquietud,
diré muy bajito:
¿así que era verdad?