“Casablanca”
Acontecimiento popular en su momento, acontecimiento cultural hoy, a sesenta años de su estreno, Casablanca se ha convertido en uno de los pocos mitos capaces de revertir una máxima escrupulosamente manejada por distribuidores y exhibidores: “no vale la pena reestrenar en cines una película ‘vieja’, hoy, porque nadie irá a verla”. Aventuremos: mucha gente irá a ver Casablanca, y, mejor aun, la disfrutará más que la primera (o segunda) vez. Algo debe de tener.
Andrew Sarris, eximio crítico estadounidense fallecido este año, definía a Casablanca como la “gran casualidad” de Hollywood. Habría que hablar, en rigor, de una suma de casualidades.
Hacia fines de la década del 30 la productora Warner Brothers compró los derechos de adaptación cinematográfica de la pieza teatral escrita por los ignotos Murray Burnett y Joan Alison Everybody comes to Rick’s al suculento precio de 20 mil dólares, en aquellos tiempos una pequeña fortuna para una obra con la que poco –o nada– había pasado en Broadway. Como suele suceder en estos casos, la Warner no sabía qué hacer con ese melodrama que se desarrollaba dentro de un night club sito en una ciudad francesa y regenteado por un estadounidense duro y cínico que, acicateado por un pianista de blues, seguía enamorado de su antigua novia, ahora casada con un jefe de la resistencia checo eslovaca. Perdida por perdida la inversión, Hal Wallis, uno de los principales productores del estudio, imaginó una suerte de segunda Argelia (1938), exótica y muy redituable intriga erótico-policial lejanamente norteafricana protagonizada por Charles Boyer, a su vez una remake de la francesa Pepe le Moko. Para ello encomendó a los libretistas estrella y gemelos Julius y Philip Epstein que trasladaran el bodoque literario y el bar de Rick a alguna ciudad “árabe o africana” e intentó convencer a George Raft, por entonces el prototipo del duro con buen corazón, a Ann Sheridan, damisela sexy en ascenso y a ¡Ronald Reagan!, un secundario varonil y con “aspecto” de líder generoso, de que se hicieran cargo de los papeles principales. Wallis tenía claro, asimismo, que el director debía ser el húngaro Michael Curtiz, un profesional probo y de notorio mal carácter que hacía pocas preguntas, entre otras razones porque hablaba un pésimo inglés. En efecto, Curtiz dirigió muy bien todas las escenas de la película.
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