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Violentamente tuyo

Pablo Escobar: mitologías

Imaginé escribir esta nota para tener con quien comentar la serie que emite las noches de martes y jueves Montecarlo sobre la vida del narcotraficante colombiano Pablo Escobar. Desde su estreno en julio la serie se ha convertido en una adicción sorprendentemente poco compartida por amigos cercanos de un cierto tipo. ¿Cómo es que personas que adoraron Los Soprano o The wire o Mad men, o la película iraní La separación, ni saben de su existencia?

Era probable que un título de culebrón como El patrón del mal y el tono tropical del habla de sus personajes se aliasen al prejuicio de su exhibición en un canal como el 4, poco proclive a contenidos de calidad. Sin embargo, yo había desechado la utilidad de una intervención porque cada capítulo me hacía pensar que era inminente la captura y que ya aparecería aquella muerte del narco acribillado, recordada confusa e imperfectamente de los informativos de aquel diciembre de 1993, y con ella, el fin de los episodios. Pero no, la serie va apenas por menos de la mitad (más precisamente por el episodio 40 de los 104 que enumera la entrada de Wikipedia), y vale la pena aún dar aviso a los pasajeros.
Y es que Pablo Emilio Escobar Gaviria, cazado y muerto un día después de haber cumplido los 44 años, supo en ese poco trecho de vida hacerse acreedor a una leyenda. Tuvo una vida densa que, según se investiga, no ha precisado aditamentos de la imaginación para durar todos esos capítulos sin aflojar nunca la tensión. En principio parecía que lo que había que dilucidar era el porqué de la calidad del producto, quiénes habían hecho la serie, comparable en su factura, en su inteligencia, a esos productos que en Estados Unidos hacen pensar que el talento se mudó del cine a las series y que son éstas las que están cumpliendo la antigua e imprescindible tarea de narrar que una vez hizo la literatura y otra el cine.
Magra cosecha. Decepcionante fue la exploración sobre los que hicieron la serie: desde su productora, la televisión Caracol, hasta Juan Camilo Ferrand, el guionista colombiano que se basó en el libro La parábola de Pablo, de Alonso Salazar, o incluso el actor Andrés Parra, que tan perfectamente “da” en el papel del narco. Sus testimonios resultan inocuos y casi diríase fabricados para el marketing, meras piezas de propaganda. El nudo debe de estar, como la vida, en otra parte.
Cuando uno descubre excelencia televisiva en productos que vienen de lugares imprevistos –y América Latina paradójicamente lo es–, la mera constatación deviene denuncia de cómo hemos naturalizado el consumo de bienes simbólicos made in usa, los que en otros tiempos más beligerantes se designaban como imperialismo cultural. Y con ese reconocimiento llega el goce suplementario de escuchar un lenguaje no neutralizado por el doblaje y de descubrir códigos distintos. En este caso la entonación colombiana, su suave y educada manera hasta para comunicar una amenaza, que me recordaron a una colombiana que se mudó a vivir a Uruguay y regresaba llorando de la escuela de su hija y le explicaba a su esposo que la maestra de la niña la retaba duro –a ella, a la madre–. (Así sonarían en Colombia la brusquedad de nuestro idioma y la marcialidad de nuestros códigos escolares.)
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