El vasco independiente

Con Fernando Savater, periodista, escritor, conferencista

Estuvo dos días en Uruguay, entre San José y Montevideo, como parte de una gira sudamericana que también lo lleva por Colombia, Chile y Argentina. Distendido y jovial, el célebre filósofo nacido en 1947 en San Sebastián, cruzó el Atlántico para presentar su novela Los invitados de la princesa y el ensayo Ética de urgencia escrito 20 años después de su memorable Ética para Amador.

 

—¿La política española anterior al franquismo, más aun en la segunda república, y la de la transición posfranquista, quizá por influencia de los exiliados, estaba más pensada por filósofos que la actual?—Me perdí la parte filosófica de la política española (lanza una carcajada). ¡Ese día falté a clase! Sí es cierto que (José) Ortega y Gasset, (Miguel de) Unamuno y otros pensadores del siglo pasado fueron admiradas figuras públicas, pero no pudieron impedir que acabáramos en la guerra civil, y gobernados por alguien a quien se le pueden atribuir muchos pecados, pero jamás el de la filosofía. También es cierta la influencia del pensamiento en el exilio, que era lo mejor, dentro y fuera de fronteras. Ellos nos inspiraron a reflexionar sobre un valor esencial de la democracia: el laicismo. No sólo para comprender al Estado fuera de la religión, sino también para prevenirnos sobre el riesgo de convertir una idea en un dogma. La filosofía tiene un papel en la educación política, porque además de técnicas y destrezas, la democracia necesita ciudadanos capaces de persuadir y ser persuadidos. Pero provengo de un país donde la gente se jacta con orgullo de ser impermeable a los razonamientos persuasivos. ¡Así somos los españoles! Ahora se ve a menos políticos con ínfulas filosóficas, pero no me molesta, porque con los filósofos no nos fue demasiado bien.
—¿Será posible alguna vez una España sin monarquía?
—Todo puede suceder, porque probablemente hace 2 mil años en nuestro territorio actual no había reyes, y puede que dentro de medio siglo sí los haya. Todo es transitorio en política, pero algo tengo muy claro: los españoles tenemos problemas más urgentes a resolver: la crisis económica, la desocupación, los riesgos de desafección del territorio por el oportunismo nacionalista. Respeto a quienes opinan que los problemas de España se solucionarán cuando echemos al rey, pero hay temas tan urgentes que mejor resolverlos dentro del actual régimen. La discusión sobre monarquía o república tiene apenas una importancia simbólica, y si me preguntan, respondo: prefiero la república. Pero más me gustaría vivir en un país próspero, y luego vemos cómo lo gobernamos.
—¿Hacia dónde se dirige la pretensión separatista de Cataluña? ¿Cuánto pierde España? ¿Cuánto ganan los catalanes?
—Si triunfara la postura nacionalista, España se desharía, y apenas ganarían los intereses fraccionarios, catalanes y vascos. Es lógico prever que serán ventajas a corto plazo, muy poco sustentables, pese a que la disputa los tiene como posibles ganadores. Cataluña no se hizo rica por sí sola. Su desarrollo industrial se gestó en el proteccionismo estatal del siglo xix. ¡Y ahora amenazan con marcharse! El nacionalismo es una enfermedad oportunista, como el sida, que está atacando a una España debilitada, y sus enemigos se ceban sobre su dolor. Cataluña, probablemente, ha sido la autonomía peor gestionada, con más déficit, más corrupción, con recortes brutales que han precedido a los del resto del país. Esta manipulación tiene un objetivo muy claro: ocultar la culpa de quienes han gobernado a los catalanes todo este tiempo, y acusar a otros, que no los han gobernado. Es un discurso prepotente, que se ha propuesto convencer a la ciudadanía de que los españoles los han querido mal. No me atrevería a decir que no habrá separación. Ojalá funcione la red de apoyo creada por un conjunto de países más o menos sólidos de la Unión Europea. Seguramente habrá retrocesos y modificaciones de los comportamientos más radicales, pero veo con mucho pesimismo el futuro.
—Pero, ¿la reivindicación separatista no se basa también en un argumento antimonárquico?
—¡Qué va! Ese es otro discurso falaz de algunos voceros nacionalistas, sobre todo porque hace un tiempo que la corona pasa por una etapa de fuerte desprestigio. La realidad es exactamente al revés de lo que dicen ellos: fueron los separatistas quienes se cargaron a la segunda república española. Al principio fue la traición de (Lluis) Companys, al dar un golpe de Estado contra el gobierno republicano de la Generalitat (de Cataluña), y luego sus socios llamaron a Franco para que destruyera lo construido. Aunque la propaganda separatista cuenta un tipo de historias poco creíbles, en los hechos hay gente que prefiere ser catalana porque se creyó el invento de que son perseguidos por el Estado español... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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