Agobiante genialidad

20 años de “Perros de la calle”*

Puede parecer mentira, pero este año se cumplieron 20 años del estreno de esta increíble ópera prima. Un ciclón llamado Quentin Tarantino había pasado en 1992 para cambiarle la cara al cine mundial de una vez y para siempre; un joven de 28 años que había sido empleado de un videoclub y un cine porno, que escribía con faltas de ortografía y cuya formación elemental había consistido en la deglución masiva de películas de toda clase y tamaño.

En el viejo Los Ángeles hacía calor, las temperaturas máximas oscilaban entre los 30 y los 35 grados centígrados durante esos días, y el candente sol abrasaba las avenidas y derretía el asfalto. En un antiguo depósito de cadáveres, en la calle Figueroa y la 59, comenzó a reunirse un pequeño equipo de filmación y un puñado de hombres trajeados. Y el calor allí dentro era infernal. El efecto invernadero de la sala de embalsamamiento y los focos llevaban la temperatura a más de 38 o 39 grados; todos transpiraban, pero aun más los actores, ataviados de traje, camisa y corbata. El que más transpiraba era Tim Roth, el “Señor Naranja”, que debía pasar horas recostado en un charco de tinta de utilería que emulaba su propia sangre. Según contarían algunos de los involucrados, su actuación revelaba en parte la auténtica agonía que atravesaba en esas condiciones.
Estas circunstancias son notorias al ver la película. Los personajes sudan incesantemente, y es un aspecto que colabora para la trasmisión de un clima envolvente muy particular. Para colmo, el cuadro es opresivo, alarmante. El grupo de hombres trajeados había planificado un atraco perfecto, y todo lo que podría haber sucedido mal les sucedió. Hubo una emboscada por parte de la policía –los estaban esperando, evidentemente–, una masacre con civiles muertos, tiroteos y bajas en ambos bandos. Lo que debía ser rápido y limpio se convirtió en un baño de sangre, y entre ellos queda implantada, como un veneno, la seguridad de que uno de los miembros del grupo es un policía encubierto, una “rata”, de acuerdo a su lunfardo.
Si bien el factor climatológico fue casual y seguramente inesperado, no puede afirmarse que haya sido tan sólo una “suerte”, y que esa atmósfera tan particular presente en la película se deba tan sólo a un factor externo. Porque está precisamente en el pragmatismo y en la inteligencia de los grandes cineastas la capacidad de adaptarse a las inclemencias circunstanciales y utilizarlas para beneficio propio.

 

CLAVES. Suele decirse que una obra se vuelve trascendente cuando logra tratar temáticas universales. Y la premisa inicial –un montón de criminales, en un espacio reducido, desconfiando entre sí– dispara una trama profunda que entrecruza sospechas, lealtades y luchas de poder, finalmente la culpa y la búsqueda de una redención imposible. Tarantino supo formular un conflicto dramático de difícil o imposible resolución, con personajes dotados de cargas personales que los vuelven bombas de tiempo, donde la tragedia está presente desde un comienzo y se avanza hacia un desenlace que no puede ser mejor.
Pero aun cuando la película es rabiosamente opresiva, dura y sangrienta, también es increíblemente adictiva. Las razones para ello son unas cuantas, pero sin dudas juega fuerte una apuesta al realismo y un espíritu de incorrección política –la palabra fuck es repetida 272 veces a lo largo del metraje y abundan los comentarios discriminatorios por parte de los maleantes–, un reparto inmejorable, y un tratamiento de guión que explica una clave fundamental para comprender el talento y el éxito de Tarantino.
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