Entrevista con Leonardo Favio
Durante los años de la dictadura militar Leonardo Favio, exiliado, y que ya tenía a sus espaldas seis películas* que resultaron fundamentales en el cine argentino, vino a México varias veces. A finales de los setenta recuerdo haberme cruzado con él en la vieja Cineteca, la de Churubusco y Tlalpan. Debe de haber sido a mediados de los ochenta, cuando vino a cantar a México, que le hice esta entrevista, que permaneció inédita hasta ahora.
—¿Qué ha pasado con el cine?
—Yo diría que perdí el fervor. El cine, como todas las actividades que pude haber desarrollado en mi vida, es un acto de amor. Así, a cielo abierto y jugándome el todo en cada empresa. Y de improviso, en 1976, cuando me voy de la Argentina, como que pierdo el interés por la ficción, pero de una forma alarmante, a tal punto que he llegado a pensar si no será un problema físico.
—¿Físico, como de desgaste?
—Sí. Porque perdí totalmente ese fuego, esa necesidad que me hacía llegar a cualquier bajeza con tal de hacer cine. Como cuando uno está enamorado, ¿no?
—Entonces, la realización o la actuación cinematográficas, o la música, ¿funcionan de manera similar, como actos de amor o de expresión?
—Obviamente sí, pero no de la misma manera. Porque en el cine yo tenía que esperar que la gente viniera para darle aquello que había elaborado como en un laboratorio. Era una forma de distanciamiento. Inmerso en mi casa o en mi estudio, yo planificaba un mundo de cosas para comunicarle a la gente. En la canción no, la canción es una comunicación directa, un estar cara a cara con mi gente. Porque mi gente no es la de este hotel en el que estoy en México, estas son las circunstancias de la canción. Yo diría casi que estoy cantando en estos recintos por un descuido de la misma gente. Porque cuando canto, lo hago en estadios, en lugares populares, a los que tiene acceso la gente muy pero muy sencilla, a la que le cuesta un huevo ganarse el sustento y también esa entrada que van a pagar para estar un ratito conmigo y charlar conmigo. Tal vez también me hizo ver la vida de otra manera el hecho de que en el año 1976 la canción me haya servido como una especie de palo santo, de ahí que me aferre a la canción ya de otra manera, con mucho cariño.
—En lo que se trata de decir, ¿son similares la canción y el cine?
—Lo que yo intenté decir a través de la canción no fue lo mismo. En el comienzo, eran canciones que brotaban espontáneamente de la guitarra, le cantaban a la cotidianidad, a la cosa simple. Simplemente que de la obra, cualquiera que sea el ejercicio que uno utilice para comunicarse, siempre se va a desprender lo que uno es en última instancia. Así sean canciones de amor, siempre va a aflorar el adoctrinamiento que uno tiene dentro, una forma de pensar. Entonces, ya no se dice de la misma manera, porque la construcción de una canción, de un poema, de lo que fuere, siempre recurre a los mismos términos. Lo que uno tiene que ver es en qué lugar los coloca, y de ahí se desprenderá quién es uno. La canción será una expresión banal, y premeditadamente trivial además, para que sea comercial, o tendrá una mayor profundidad o una militancia.
—En ese sentido, ¿cuál es la relación entre la creación artística y la política?
—Es imposible desvincularlas. Si entendemos la política como yo la entiendo, como el arte de conducir a los pueblos hacia un mejor destino, obviamente que están relacionadas.
—Pero recuerdo que cuando comenzó a cantar la gente que había seguido su cine veía las canciones con sorpresa y como algo comercial y menor.
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