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Gombrowicz y las puertas clausuradas

Buenos Aires en otro plano En abril de 2013 habrán pasado 50 años de la despedida del escritor polaco de la beatífica capital argentina. En 1963 salió al balcón de su pieza y dio el saludo final: “¡Adiós, pueblo incomprensible!”. Witold Gombrowicz partió hacia la entrada consagratoria en Europa después de vivir “23 años y 226 días”, por su decisión y en la penuria, en la ciudad donde llevó al máximo la expresión iconoclasta, marginal, extranjera, que había iniciado en Varsovia antes de la guerra. Un plano de otra época, publicado en Gombrowicz en Argentina, indica los puntos más importantes de su vida en Buenos Aires: recorrerlo ahora es igual a entrar en una ciudad que ya casi no existe, un paisaje en demolición.

Ni la figura de leyenda ni el peso de los libros de Gombrowicz viven un tiempo que los favorezca. Modelo de escritor europeo del siglo xx, de artista exiliado, solitario, apátrida, un genio presumido o un tonto, según opiniones cruzadas en Argentina. No obstante el “círculo Gombrowicz” lo empuja desde hace décadas a la escena principal de la literatura de Buenos Aires, y si bien algunos escritores creen haber recibido su legado, y el periodismo cultural, flojo, lo menciona de vez en cuando, hay que hurgar demasiado para dar con alguno de sus trayectos. Miguel Grinberg fue sensato al reclamar, un poco antes de la celebración del centenario del nacimiento de Gombrowicz, en 2004, que no se ven los libros y que se habla más de lo que se lo lee. Era igual en los años cuarenta y cincuenta cuando en los cafés de Buenos Aires crecía el interés por el personaje extravagante y circulaban rumores acerca del “conde polaco”, el “rey de los poetas”. En comparación con los lectores de Eduardo Mallea, fueron pocos quienes se acercaron a los primeros libros de Gombrowicz en español, publicados en 1947 y 1948: primero la famosa novela Ferdydurke y un año después el drama El casamiento, libros sufragados por una amiga-mecenas que el escritor visitaba en una casa señorial del barrio del Congreso. Hay noticias de que arraigó en Polonia después de una marginación que duró más de medio siglo. El Parlamento polaco declaró a 2004 Año de Witold Gombrowicz y emitió una proclama para los ciudadanos y los gobiernos locales: “preservarán un recuerdo perdurable de sus logros en las mentes de la población polaca”. El correo hizo un sello conmemorativo y una red de trenes exhibió su retrato en las estaciones. En 1989, ablandado el régimen comunista, acabó la censura que regía sobre su obra, o por lo menos sobre las 900 páginas del Diario, que no dejó de escribir hasta los últimos días en Vence, Francia, en 1969. Cuando lo comenzó en Buenos Aires, en 1953, se levantó una ola de reacciones en su contra que, con el regreso a Europa, serán furiosas. A todo contestaba desde el diario, un formato que le permitía cualquier libertad: “una página de Montaigne, un poema de Verlaine, una frase de Proust son más ‘anticomunistas’ que el coro acusador que ustedes forman”. Mientras su nombre estuvo prohibido en el índex estalinista, el diario de Gombrowicz, salido de Argentina, llegaba clandestinamente a las manos de los lectores polacos vía París, donde lo editaba una publicación de emigrados. La deuda que mantenía con Polonia y con la Segunda Guerra concluyó en 1993, cuando el devenir político hizo que de autor excluido pasara a ser enseñado en las escuelas y citado en el Parlamento. Aunque antes del 39, cuando terminó su historia en Polonia, se viera a sí mismo como un escritor menospreciado, tenía un grupo de adeptos en la bohemia varsoviana. Irene Sadowska-Guillor anotó que a Gombrowicz le gustaba rodearse de escritores del segundo coro, que lo asumían como un maestro. Todo se diluyó cuando cambió de territorio en 1939. Con ello el efecto potente de Ferdydurke, publicada en 1937 y valorada como la novela polaca del siglo. Con Ignacy Witkiewicz y Bruno Schulz, Gombrowicz se adelantó a la literatura del absurdo francesa, inglesa y norteamericana según afirmaba la crítica europea en los sesenta. La obra de estos “excéntricos”, dice Sergio Pitol en un artículo, “nos ofrece un pregusto del trágico sinsentido en que el hombre real iba a verse sumergido pocos años más tarde. El terror ante un mundo que va a convertir al hombre en cosa y, como cosa, en algo incapaz de sentimientos, ajeno a las ideas, radicalmente negado a lo fantástico y a la poesía”. Witkiewicz se suicidió dos semanas después de que los nazis invadieran Polonia. Schulz fue encarcelado en un gueto y asesinado por un agente de las ss. De haber permanecido allí, Gombrowicz habría durado poco. Gracias a un viaje de casualidad, se mantuvo a salvo en Argentina. Un exilio atípico desde el principio. UN ARTISTA ADOLESCENTE. Entre las primeras cosas que hizo en el diario, que publicaba casi en directo, fue contestar con su estilo fino y brutal a la postura sobre el exilio que encarnaba el rumano Émile Cioran: “Las palabras de Cioran huelen a humedad de sótano y a tufo de tumba”. Después de más de diez años en Buenos Aires reconocía distintas clases de exilio del escritor y se negaba a dramatizar esa circunstancia. “El arte está cargado de soledad y autosuficiencia”, decía en polaco, sin la impostura de abandonar la lengua, “la sumersión en el mundo que es la emigración debería constituir un extraordinario estímulo para la literatura”. La historia del exilio se repite constante e invariablemente, pero nadie dice la epopeya mejor que el propio Gombrowicz en el Diario, en Testamento, en Autobiografía sucinta. Partió de Polonia hacia América en el Chrobry, invitado a escribir artículos y a dar conferencias. El día antes de la salida estuvo a punto de fracasar porque llegó tres minutos tarde a la oficina de migraciones: se iba deprimido cuando llegó un equipo de fútbol que viajaba a Dinamarca, que logró (a presión) que el funcionario abriera la puerta y estampara los sellos. Desembarcó en Buenos Aires a fines de agosto de 1939. La crónica de La Nación destacó entre los viajantes al diplomático Ladislao Mazurkiewicz y a su esposa uruguaya Nieves Ramos Montero, a un senador polaco y a tres escritores desconocidos, entre ellos Gombrowicz. A los pocos días los nazis invaden Polonia, el plan de regreso cambia y Gombrowicz decide quedarse en Argentina. Desde entonces usó para defenderse las armas de Stephen Dédalus en Retrato del artista adolescente: “silencio, exilio y astucia”. En una semana alguien formado por institutrices, el benjamín de una familia de terratenientes con criados y sirvientes, pasa a ser nadie en un país lejano. El enfant-terrible de la nobleza polaca en decadencia entra por la puerta grande de la miseria porteña. Evita la guerra y se arruina la salud. En Buenos Aires y en condiciones nada confortables, probando apenas el “pan argentino”, hizo una literatura que lo llevaría más tarde al centro de Europa. En una semana entró en el territorio de una lengua ajena y de una cultura que lo iba a echar al bajo. Entró en “la patria de las vacas”, donde “no se aprecia la literatura”. .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

 

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