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Grandes escritores

Grafiteros de Nueva York en el Subte Municipal

Quien haya estado en la Plaza del Entrevero la tarde del viernes pasado debió pensar que había entrado en un universo paralelo en el que todo está al revés: un grupo de grafiteros uruguayos, mexicanos y estadounidenses escribían las paredes y la claraboya del Subte Municipal y las vidrieras de la librería Purpúrea a plena luz del día, lo hacían alentados por la Intendencia de Montevideo y la Embajada de Estados Unidos, y bajo la mirada atenta de Henry Chalfant, el documentalista que junto a Tony Silver registró el auge del grafiti en Nueva York a fines de los setenta y comienzos de los ochenta en Style Wars, una película imprescindible para cualquiera interesado en el grafiti como fenómeno social, cultural y artístico.

Al menos a los grafiteros uruguayos debía resultarles raro no andar mirando todo el tiempo por sobre el hombro y recordar que estaban participando de un encuentro de artistas urbanos organizado por el Centro de Exposiciones Subte; dos días de actividades en los que no solamente se intervino el espacio público sino que se mostraron estilos, técnicas y procedimientos.
Henry Chalfant, Carlos Rodríguez, Alberto Dister Rondon y Emmanuel Audelo Enríquez, los cuatro invitados extranjeros, tienen historias y trayectorias diversas en las que el grafiti es a veces práctica cotidiana, objeto de estudio o trampolín hacia otras formas de arte, pero siempre un punto de partida y un foco de atención en el que se cruza la identidad con la expresión, la creatividad con la rebeldía, la búsqueda del reconocimiento social con el tránsito por la delgada línea entre lo legal y lo vandálico.

HENRY CHALFANT ESTUVO AQUÍ. Puede pensarse que el grafiti de fines de los años setenta era asunto de artistas que, si siguieran vivos, hoy serían estrellas con ingresos multimillonarios. Sin embargo, los malogrados Jean-Michel Basquiat y Keith Haring no representan cabalmente lo que fue la escena del grafiti neoyorquino de fines de aquella década, mucho más cercana a la cultura callejera del hip hop y el breakdance que a las escuelas de arte, los brillos de Andy Warhol y el pop o la escena under del Club 57 o el Mudd Club.
El grafiti neoyorquino florece en los trenes para desesperación de las autoridades, que al comienzo de Style Wars intentaban explicar por qué escribir tu nombre en letras a menudo ilegibles no es arte: “El grafiti, como su nombre lo indica, no es un arte: es la aplicación de un medio sobre una superficie. Les mostraré un grafiti: son esas letras pintadas en la parte de atrás del vagón. ¿Eso es arte? No lo sé, no soy crítico de arte, pero lo que sí sé es que es un delito”, decía el detective Jacobs de la Brigada de Prevención de Delitos de Nueva York.
El documental de Silver y Chalfant tuvo la virtud de capturar la esencia del movimiento: el bombing y su significado para los artistas primigenios: inscribir el nom de plume en los trenes para que lo lleven por toda la ciudad, y así, existir.
Y es que aquellos muchachos retratados en el documental de Chalfant eran la definición más perfecta de “nadie”: negros, latinos y white trash, lisiados y huérfanos, niños o casi, que se reunían en el Bronx para mostrarse sus diseños y colarse de madrugada en las estaciones para dibujarlos en los trenes. De allí salieronn grafiteros como Dondi, Seen, Kase, Mare139, Dez o Zephyr, quien definió el sentido de aquella guerra de estilos que tomó por asalto los trenes de Nueva York: “Sentíamos que entendíamos a los trenes más que la Autoridad de Tránsito. Eran los adolescentes los que controlaban el sistema. Decidíamos cuándo, dónde y cuánto dibujábamos. El grafiti demostraba que la Autoridad de Tránsito no tenía el control”.
Sin embargo a la larga las autoridades retomaron el control y el grafiti comenzó a desaparecer de los trenes. Algunos, como Seen, pintaron allí hasta 1989, a pesar de que sus diseños ya se vendían por miles de dólares en las galerías de arte y que la presión de las autoridades había logrado detener el fenómeno casi por completo.
Hoy el grafiti se ha expandido hacia otros medios: desde las páginas web hasta el tatuaje, de las galerías a los videojuegos sin abandonar su espacio natural: el espacio urbano.

EL GRAFITI 30 AÑOS DESPUÉS. Para dar con Chalfant entre el grupo que pinta las paredes del Subte hay que buscar al veterano. Su maestro a la hora de hacer documentales es Jean Rouch, y viendo Style Wars no tiene ni que decirlo. Y a pesar de que su trabajo lo ha llevado a realizar Visit Palestine. Ten Days on the West Bank, a la larga Chalfant vuelve una y otra vez al Bronx, ya sea para hablar de grafiti, de hip hop o de pandillas.
Mucho ha cambiado en el grafiti en estos 30 años ¿qué está pasando en Nueva York con los grafiteros ahora? “Bueno, aquellos muchachos que retratamos en Style Wars eran los originadores de todo. Esa generación que empezó en los años setenta, cuando yo ni siquiera había empezado a interesarme en el tema. Yo llegué a ellos en el 77, pero aquellos que habían originado el movimiento seguían allí. No eran autoconscientes. No estaban pensando en hacer carrera, eran sólo muchachos divirtiéndose, y esa fue mi primera experiencia. Para mí también fue divertido. Yo nunca fui una persona que encajara en algo que ya estaba establecido, así que para mí esto era muy interesante y me sentí muy afortunado. No sabía dónde me dirigía y ni siquiera pensaba que estuviera yendo a alguna parte, pero sabía que allí había algo original y estaba muy contento de documentarlo y todavía más contento de conocer a los escritores de grafitis que me ayudaban a documentar aun más, porque me decían dónde encontrar los dibujos, y también en conocer el b-boying (breakdance), que poca gente del Downtown neoyorquino conocía. Mark y yo lo conocimos y toda la historia sobre Rock Steady surgió de ese accidente.”
Chalfant se refiere a una parte muy importante de toda la subcultura del grafiti de Nueva York, que corrió en paralelo al surgimiento del breakdance y el hip hop. Style Wars documenta el momento en que el colectivo de baile Rock Steady Crew tiene la histórica competencia contra sus rivales, los Dynamics Rockers, en el Lincoln Center en agosto de 1981.
“Con ellos aprendí muchas cosas, buenas y malas –rememora Chalfant–. Había una cierta participación de las pandillas y esa competencia a veces podía ser muy peligrosa. Yo estaba con mi hija y estuvimos en situaciones complicadas, porque en ciertas ocasiones no sabíamos que iba a haber un enfrentamiento entre pandillas y se generaban situaciones de peligro. Daba miedo pero era también excitante, porque era tan elemental y tan real.”

¿CÓMO LLEGAMOS HASTA AQUÍ? “Flash forward a la comercialización, especialmente de la música (el hip hop) y los artistas de grafiti siendo exhibidos en galerías y comprados por coleccionistas de arte europeo. ¿Si cambiaron? ¡Claro que cambiaron!”, dice Chalfant.
Suele ser complicado pararse a juzgar a aquellos artistas que comienzan en un lado y terminan en el lado exactamente opuesto del espectro económico y social. La cuestión de la “autenticidad” es un asunto resbaloso. Las posiciones suelen ser dos, opuestas e irreconciliables: el arte que nace contra el sistema se traiciona cuando empieza a cotizar alto en el mercado. Lo que le daba razón de ser, esa fuerza de resistencia y subversión transformadora, se vuelve una caricatura de lo que fue, y más vale poner pies en polvorosa, porque, cuando de arte popular se trata, los ricos llegan siempre tarde adonde no pasa nada. La otra posición es que lo que era bueno en las calles seguirá siendo bueno en el líving de un coleccionista. La legitimación por parte del sistema de algo que nació para hacerlo volar en mil pedazos no es sino la ratificación de que el sistema está equivocado y que hay que encauzarlo rumbo a su funcionamiento correcto. El problema no está en hacer dinero sino en que el dinero fluya en la dirección correcta.
Chalfant parece suscribir la segunda opinión, o al menos parcialmente: “Es verdad, las cosas han cambiado, el grafiti no es como era en aquel tiempo, pero sigue siendo bueno. La gente está ganando dinero haciendo algo que no podrían hacer de otro modo. Están ganando dinero con su creatividad y eso es algo bueno. No todos fueron capaces de lograrlo, pero para aquellos que sí, está bien. La parte mala es quizás más evidente en la música. La comercialización distorsionó la música y la cultura. Lo otro malo es que hoy día, el mismo segmento demográfico, los chicos de los barrios pobres, son consumidores de hip hop, pero no creadores, y eso es triste. Esta cultura ha madurado y cuando me preguntan si esto va a volver a darse, si sucederá de nuevo, contesto con un no rotundo. La cultura está madura, está en este estadio de desarrollo y no va a suceder de nuevo”.
Sin embargo hay otra paradoja en la evolución del grafiti, y es que muchas veces ha sido el pasaje a las galerías lo que ha permitido a los artistas evolucionar hacia otras formas de arte. “Son aquellos quienes sobrevivieron en las galerías los que se desarrollaron y dejaron el grafiti atrás. No podés pasarte 30 años haciendo lo mismo. Hay algunos artistas que se abrieron de la forma limitada del grafiti y se dieron cuenta de que podían hacer lo que se les antojara. Eso es bueno.”

NO TAN VÁNDALOS. Una parte importante del trabajo del colectivo mexicano Graffitiarte, que Emmanuel Audelo Enríquez integra, es desestigmatizar al escritor de grafitis. “A las personas que realizan prácticas artísticas en el espacio público se les pone un estigma de delincuentes o de vándalos. Nuestro colectivo busca promover actividades y difundir de qué se trata el grafiti desde un contexto histórico y también desde lo efímero, es decir, de las galerías virtuales. Graffitiarte nace en 2001 cuando Internet recién se volvía masiva y apenas había información en la web. Ahora, además de seguir haciendo grafiti, nos dedicamos a la parte no visible, es decir a la gestión, organización y profesionalización de la escena.”
Sin embargo, y a pesar del corrimiento del grafiti a lo virtual y con un ingrediente de gestión cultural, Audelo Enríquez reconoce la importancia de que no se pierda el componente urbano del fenómeno: “Es una inquietud legítima querer escribir en las calles. Es una forma de existir y de decir ‘yo soy a través de mi trabajo, conóceme’. Cuando yo tenía 15 años salí a las calles y comencé a hacer eso. Pero resulta que, aparte de hacer el grafiti, hay persecución, hay castigo. Lo que tú haces es mal visto y por eso también el sitio web. En México se genera un gran auge del grafiti en el 94. Hay una gran agitación social por el desequilibrio político y económico en el país y las personas salen a las calles y se manifiestan de distintas maneras. El grafiti fue una de esas formas de manifestarse, las calles se llenaban de tags y de bombas y la gente no sabía muy bien qué era lo que estaba viendo ni lo que estaba pasando en la ciudad”.
Una vez más el tema de lo espontáneo, popular y antisistema está en el centro del fenómeno. Pero muy pronto empiezan a importar asuntos de mercado hasta en los detalles aparentemente más insignificantes.
“En el 94 en México la eclosión de los grafitis provocó que la gente dijera ‘son delincuentes, no sabemos qué hacer para pararlos’. Sin embargo para el 98 ya había un mercado especializado. Y mira por qué te digo esto: en estos días quisimos comprar la pintura para hacer los grafitis aquí en Uruguay y encontré muy poco. Es muy cara, no hay colores, no hay válvulas. Es por eso que decidí hacer una plantilla para utilizar acá en el Subte, porque no puedo pintar si no tengo material suficiente. Si la idea es promocionar y generar actividades en torno al grafiti, pues, hoy día no hay condiciones para ello. Eso sucedía también en México. Pero cuatro años después de comenzado el grafiti en las calles ya teníamos un mercado que podía sostener la escena. A partir de entonces se hacen murales, el grafiti entra al Festival del Centro Histórico, un importante festival de arte de la ciudad, se realizan intercambios de artistas y se comienza a considerar al grafiti como un arte y una técnica, que requiere aprendizaje, gestión y organización. Son momentos importantes para que la gente empiece a decir ‘bueno, esto no es sólo delincuencia como creíamos’.”
En el caso de Montevideo, después de un brote primitivo a mediados de los ochenta, en los últimos años parece haber un resurgimiento del interés por el grafiti y el embrión de una escena local: “lo que vimos es gente muy interesada por conocer experiencias positivas con la idea de fortalecer su escena. Me parece que están en un momento emergente y comienza a haber esto que también estuvo en México: la estigmatización y la necesidad de sacudirse el estigma y decir ‘yo también puedo hacer cosas, generemos las condiciones para dar ese paso’. Hemos visto mucha energía, en el barrio, en la banda de la calle, desde una perspectiva académica, desde el punto de vista del diseño. Hay un panorama interesante”.
¿Y cuán extraño es que la Intendencia de Montevideo y la Embajada de Estados Unidos sean quienes alienten la creación o el afianzamiento de esa escena del grafiti que está todavía dispersa y en pañales?
“Si pensamos que el grafiti va a salvar al mundo del sistema, estamos muertos. Si creemos que lo que hace es permitir la expresión de un grupo de personas, nos irá mucho mejor. Por ejemplo, nosotros hacemos prevención social de la violencia y de la delincuencia a través del grafiti. Esto funciona en Nueva York, funciona en México y también funcionará aquí. Tal vez nosotros no sirvamos para salvar a los pueblos del imperialismo yanqui, pero podemos promover esta actividad que tiene mucho de bueno.”

Vandalismo versus arte urbano

“Para mí no quedan dudas de que está más cerca del arte que de lo vandálico. A mí me alegra verlo, queda muy lindo en la ciudad, y la verdad es que si bien no vine especialmente a verlo y estoy aquí un poco por casualidad, me parece que está quedando muy bien.”
Jorge, 71 años.

“Lo que pasa es que depende de a qué llames grafiti. Hay gente que es tarada y te pone ‘Corriste, bolso’ con faltas de ortografía en la pared de tu casa. O mirá lo que hicieron con la fachada de la Biblioteca Nacional, imperdonable e incomprensible. Últimamente he visto muchos grafitis en la zona del Cordón y el parque Rodó, muy buenos. Yo creo que los buenos grafitis hablan de la salud cultural y artística de un pueblo, ¿no? Si los jóvenes salen a pintar es porque algo pasa. Una ciudad sin grafitis es una ciudad muerta.”
Sebastián, 40 años.

“A mí me gusta mucho el grafiti, pero es cierto que hay un tema del respeto de los espacios; tampoco se puede hacer en lugares que son propiedad de las personas. Pero no quedan dudas de que hay grafitis muy buenos y que tienen todo que ver con el arte. Es muy creativo y aprecio verlo en la ciudad.”
Estefanía, 23 años.

“Yo siempre quise salir a pintar, pero no me da la nafta. No sé, me pone nervioso. Lo intenté pero no puedo. Así que ahora me dedico a mirar y me parece que algo está pasando. Esto que organizaron acá es un ejemplo de que algo se está moviendo, y yo me alegro mucho, porque Montevideo es tan gris que le viene muy bien una buena capa de pintura.”
Daniel, 50 años.

“Está re bueno. Ojalá saliera una banda de gente a pintar. Hay algunos ahí que tienen hasta máscara por el olor a pintura. Es sólo cuestión de empezar a tirar unos diseños…”
Victoria, 19 años

“Me inscribí porque me avisó mi tío que había una actividad del Subte y que venían unos grafiteros neoyorquinos. Cada vez que puedo salgo a pintar. Empecé con un amigo del liceo que pintaba y me interesó, y empecé yo también. Lo hago porque me gusta, no me da ningún beneficio, salvo la satisfacción propia. La escena neoyorquina la conocía por Internet, cómo nació y quiénes pintaban. Que vinieran grafiteros de Nueva York que estuvieron en el principio de todo está salado. Tengo muchos referentes, hay demasiados. En Uruguay el grafiti es decadente, pero en el resto del mundo hay muchos que son muy buenos. Sólo en Latinoamérica hay muchos en quienes fijarse. En Buenos Aires, por ejemplo. En realidad en cualquier lado, menos en Uruguay. Ahora en los últimos dos años ha habido un avance. Hay cosas mejores, pero igual nada que ver con otros lugares. Yo salgo a pintar con un grupo de amigos, cada vez que tenemos plata salimos. Nos compramos todo y es sacrificado: se dejan de hacer muchas cosas para salir a pintar. Por suerte nunca me agarró la Policía. En realidad me agarraron taggeando, pero pintando, así, de noche, no. Me sacaron las cosas y chau. Supongo que si te agarran pintando y son medio botones te llevarán y te harán pasar un mal rato en la comisaría y nada más. Los únicos sitios que no se pintan son los monumentos o lugares que no dan, casas antiguas, no sé, uno se da cuenta.”
Rafael, 20 años.

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