Antología de la edad de hierro

Inverso y Bacci en un “canto general”

Son excepcionales las obras que se definen en el futuro. Cuando nadie comprenda qué quería decir aquello de “fines de los ochenta, principio de los noventa”, Julio Inverso volverá a dar la luz. Ahora el interés por el “sóviet” llega lejos: hace poco visitó Montevideo un candidato a doctor en estudios hispánicos, alumno en Estados Unidos del uruguayo Eduardo Espina. Julio César Aguilar, poeta, ensayista y médico cirujano podrá decir, si se lo propusiera, con conocimiento de causa, el efecto que tuvieron en Inverso las bien sabidas lecciones de anatomía.

La posteridad impremeditada que comienza cuando Inverso deja la carrera de medicina para dedicarse a la poesía, halla todo tipo de caminos y señales. En la antología Un país imaginario. Escrituras y transtextos, 1960-1979, que se publicó en 2011 con selección y prólogo de Maurizio Medo, se lo presenta con exclamaciones ante el caudal de poetas (30 si se suma al antólogo), escritores de muchos países del continente, sobre todo de la franja costera Ecuador-Perú-Chile, con algunos mexicanos y argentinos, un audaz escritor brasileño, dos o tres uruguayos, un solitario cubano, en fin, las mezclas y las danzas de las naciones que limitan (a regañadientes) historias de rebeldía de algunos escritores contra la cultura de los países. Medo dice que si se obligara a “buscar en una escritura todo, (…) ésta sería la de Julio Inverso (1963-1999)”, y luego, exagerando algún artículo de crítica contextualista de Luis Bravo, afirma que “en Montevideo, desde mediados de los ochenta hasta los primeros años de los noventa, arrecia una movida contracultural, una de las más fuertes en todo el orbe, cuya praxis transgresora inauguró una serie de lenguajes alternativos”.
Una palabra traslaticia, usada en las calles de Madrid después de Franco, es la madre de la “transgresión” y de los “lenguajes alternativos” (!). Acéptese que la “movida” tuvo la dimensión que dice Medo (Lima, 1965), y que Montevideo, entonces, fue “la gran manzana” del arte y la poesía. Dos décadas después el paisaje es semejante a lo que queda después de una catástrofe. Cualquiera lo reconoce, excepto quienes están en carrera de acomodarse y medrar: los poetas interesados en sobrevivir y los poetas que hacen la crítica y la salvaguarda de la poesía y se pelean por hacer cánones y defender lo que a nadie de verdad le importa. Quienes pretenden acomodarse y ser aceptados en el destartalado sistema literario de Uruguay, ganarse a los pocos lectores, sobre todo ser aceptados por los jóvenes, dicen con toda complacencia: esta es la gran época de la literatura, de la poesía, de la estirpe de los poetas en particular. Dado el lugar que tienen la palabra y el pensamiento en la comunidad, que acumula chatarra auditiva y visual, molestia, abulia, el solo hecho de hacerse llamar “poeta” (entrado el nuevo siglo) es asumir algo gratuito y matizado por la ridiculez.
En “Una plegaria sudamericana”, que puede ser el título de la antología de Maurizio Medo si el lector se arroga el derecho de escoger una alternativa, Inverso (despierto como era) escribe a la misma hora en que Montevideo era la capital del orbe: “En la edad de hierro que vivimos, los poetas nos debatimos en el vacío, una existencia inane, sin gloria ni esplendor. (…) Y estamos cansados, eclipsados, oscuros. Estamos balbuceando palabras sin sentido, agitados, dementes, gritando sin gritos, haciéndole el amor al aire”.
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