Todo pasa y todo queda
- Última actualización en 14 Diciembre 2012
- Escrito por: Sofi Richero
Es el caso, por ejemplo, de El descontento y la promesa (Trilce, 2008), de ¡De acá! (Rebeka Linke, 2008) o de Sobrenatural (Estuario, 2012). Para el caso de Entintalo, y seguramente en un intento por revocar la malhadada condición de un país que concede lozanía a señores y señoras que rondan los 40 años, se estipula que las páginas sólo pueden proceder de uruguayos nacidos entre el 1 de marzo de 1977 y el 31 de diciembre de 1996. Y eso hace por ejemplo posible la presencia de Mariana Lluch, que tiene 17 y se encuentra cursando quinto año de liceo.
Entre los seleccionados, tal como apuntan las parcas consideraciones del jurado,* se explicita el distingo por el cual Entintalo reúne a “debutantes” junto a autores con obra reconocida, en varios casos profusamente premiada, y que también revistaron en las selecciones antes mencionadas.
¿Qué se busca cuando se busca lo “joven” en literatura? Es posible que pretender contestar a esa pregunta sólo arrime tedio; un poco menos abúlicas, quizás, las dudas por el comportamiento crítico ante la petición que supone lo “joven”. ¿Debe arrogarse el crítico la contemplación magnánima del editor, y en lo germinal o potencialmente talentoso disculpar lo que considera torpeza para alentar lo que entiende como hallazgo? ¿Debe desentenderse de las fechas de nacimiento y atender, olímpico o meramente justo, sólo a lo que ha quedado en el papel? Si se hicieran antologías de “viejos”, bajo parecida premisa antepuesta, ¿se procedería también calculando descuidos, mensurando capacidades marchitas o relevando aptitudes intactas? Quisiera creer que ninguno de los dos extremos es del todo justo y que a la postre todo juicio está condenado a “sentir” lo que “piensa”.
Los tres primeros relatos provienen de escritores –Agustín Acevedo Kanopa, Martín Bentancor y Horacio Cavallo– con obra y trayecto, e invitan, no necesariamente por ello, a casi todo lo mejor de esta entrega. “Cucharas”, de Acevedo Kanopa (Montevideo, 1985), sostiene en segunda persona a un narrador que monologa a conciencia sobre una historia poderosa en su clima, aunque no del todo resuelta en su ejecución (la sensibilidad, en su caso mucha, se conjuga con cierta falta de rasura, de sequedad; hay algo de coloquialidad innecesaria en algunas locuciones: caso de “me dio la loca de decir que sí”, o en el adjetivo “superimportante”, algo que perturba la exactitud de un tono). Un muchacho excusa su nostalgia o su obsesión con una deuda amorosa en la visita al departamento del narrador que ahora habita lo que antes le era íntimo. A través de un premeditado simulacro de búsqueda de locaciones cinematográficas, el relato de la visita despliega con fineza lo mucho que los fetiches caseros tienen para decir sobre las grandes historias.
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