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Dos novelas de Chuck Palahniuk

Será conocido para siempre como el autor de “El club de la pelea”, su primera novela, aunque enseguida se mencione su cuento corto “Tripas”. Sin embargo, Chuck Palahniuk ha publicado desde entonces un libro por año y cada uno tenía algo que lo salvaba del naufragio. Hasta ahora.

Es, en sí mismo, una buena historia. Palahniuk, digo. Publica su primera novela pasados los 30 años, consigue que David Fincher la lleve al cine protagonizada por Brad Pitt y Ed Norton y se transforma en una celebridad instantánea. Su web oficial se llama, sin tapujos, The Cult. Allí enseña a escribir como escribe Palahniuk (“ficción transgresiva”, la llama) y, mientras tanto, miles de artículos de prensa hablan sobre este descendiente de ucranianos que luce exactamente como un ruso malo, al punto que bien podría hacer de Vladimir Putin en una película que discurriera sobre sus años en el kgb.
Escribir como Palahniuk es fácil, y con una receta minimalista ha construido sus talleres. Lo que no dice en esta receta es que no es fácil tener su ingenio, ni su ojo para el detalle y mucho menos cuánta investigación hay tras cada uno de sus libros. Escribir oraciones cortas es fácil. Que esas oraciones configuren un libro como El club de la pelea es menos corriente.
Y es que con su primera novela Palahniuk logró varias proezas. Entre ellas, mezclar de manera nueva y excitante una demoledora crítica a la sociedad de consumo con una reflexión sobre la masculinidad cuyos tonos gay pasaron desapercibidos para muchos. Pero mientras crecía el culto alrededor del libro y la película, crecía la curiosidad sobre el autor, y por más que Palahniuk dice estar fuera del closet hace un millón de años, en una entrevista de 1999 todavía declaraba tener esposa pero no estar ansioso por reproducirse. Pronto fueron emergiendo otros detalles de su vida: de cómo su abuelo mató a su abuela de un escopetazo tras una discusión sobre el precio de una máquina de coser. Fred, el padre de Chuck, que para entonces tenía sólo 3 años, se escondió debajo de la cama hasta que el abuelo se suicidó. Curiosamente, en 1999 Fred encontrará el final violento que había esquivado a los 3 años, cuando el ex novio de la mujer con la que estaba saliendo los mató a los dos y quemó los cuerpos en el garage de la casa. Era el mismo año de la película de Fincher, el año en que Palahniuk se volvía un apellido reconocible, tanto que Chuck debía aclarar que se pronunciaba “Polanik” porque así lo habían decidido sus abuelos Paula y Nick, para que sonara como sus dos nombres unidos. El mismo abuelo Nick, que asesinó a la abuela Paula.
Así, Chuck declaró muchas veces que para escribir se inspiraba en su vida y en la de la gente que conocía. De allí sale esa idea sorprendente de El club de la pelea, la de ir a los grupos de terapia a conocer gente y a buscar empatía. Esa misma idea la retoma en Asfixia, similar en muchas cosas a su primera novela y que además toma prestada la idea del parque temático de otro escritor estadounidense, George Saunders (Guerracivilandia en ruinas). No será la única vez. Sin ir más lejos, Rant le debe todo a Crash, de J G Ballard.
En Al desnudo, la última novela de Palahniuk (al menos para los hispanohablantes, ya que Damned no está todavía traducida), es Bret Easton Ellis el saqueado (¿homenajeado?), sin olvidar que el nudo del argumento es el asesinato de una estrella de cine moldeada sobre Liz Taylor (y, ¡ay!, otra vez volvemos a Crash, donde el secreto del orgasmo supremo era chocar con la diva y matarla). Y todavía nos queda toda la deuda con Sunset Boulevard, el filme de Billy Wilder…CHUCKY Y LAS PELÍCULAS. Katherine Kenton es una estrella de cine en franca decadencia. Envejecida y sola, vive a la espera del próximo whisky o del próximo somnífero que le permita hacer más llevadera una vida en la que los matrimonios fracasados, las cirugías estéticas y los perritos falderos muertos son legión. La supervivencia de Kenton –que comparte con Elizabeth Taylor todo lo anterior, además de unos hermosos ojos color violeta– está garantizada por su asistente Hazie Coogan. Es su mano derecha, su guardiana y, si fuéramos a creerle, hasta su creadora. Y digo “si fuéramos a creerle” porque Coogan es también la narradora del libro y no cuesta mucho trabajo darse cuenta de que no es precisamente una narradora confiable. “Mi propósito es imponer orden en el caos de la señorita Kathie… infundirle disciplina a su legendario carácter caprichoso de artista. Soy la persona a la que Lolly Parsons se refirió una vez como un ‘espinazo de alquiler’. Aunque puede que sea yo quien pasa el aspirador por la casa de la señorita Kathie y hace los pedidos a la tienda de comestibles, mi verdadero cargo profesional no es tanto mayordomo como cerebro en la sombra.”
Sin embargo, pronto queda claro que no sabemos muy bien qué libro estamos leyendo. Escrito a la manera de un guión cinematográfico, Al desnudo es la historia de un asesinato y la de una biografía oportunista que revela los detalles de la vida privada de la diva. El misterio a resolver es quién escribe esa biografía “robada” de Katherine Kenton. Ficción dentro de la ficción, o mejor, biografía dentro del guión dentro de la novela, Al desnudo pone de manifiesto que el dominio técnico siempre fue uno de los puntos fuertes del escritor. Sin embargo, la naturaleza misma del libro vuelve la lectura tremendamente árida. El recurso de la narradora de citar nombre tras nombre –estrellas de cine, escritores, figuras históricas, diseñadores, músicos, etcétera– es agotador. Al desnudo toma como modelo a Glamorama, de Easton Ellis, y afortunadamente lo que para éste era una novela de más de 500 páginas, se reduce –el minimalismo tenía que servir para algo– a menos de 200 (en lo que es funcional, además, el formato guión cinematográfico). Queda la impresión de que hay un cuento moderadamente ingenioso escondido en Al desnudo, un cuento cuyos recursos formales son tan aparatosos que, alargados en forma de novela, fagocitan lo que de disfrutable podía tener la idea original. En Al desnudo están todos los recursos que volvieron famoso al escritor –la observación aguda, las frases ingeniosas, el humor negro, la ironía, las vueltas de tuerca a las vueltas de tuerca–. Lo que no está es la posibilidad de empatía con los personajes ni tampoco la fluidez que era garantía en la prosa de Palahniuk. ¿Para qué las frases cortas y directas si, en medio, se van a citar decenas de nombres de personajes famosos –la mitad de los cuales son hoy tan oscuros que no remiten a nada– que entorpecen constantemente la narración?

DE TRIPAS, CORAZÓN. Dicen los críticos anglosajones que Palahniuk volvió a su mejor forma con su novela de 2011, Damned. Es posible, porque ya se ha anunciado que la siguiente será una secuela de aquélla. Cuando se habla de la “mejor forma” de Palahniuk de lo que se habla es de algo bastante desagradable. Como “Tripas”, por ejemplo.
Hay una historia que se repite sin cesar cuando se habla de este cuento, cuya fama precede largamente a su publicación. Palahniuk comenzó a leerlo en la gira promocional de su novela Diario… y el auditorio comenzó a desmayarse. Cuando finalmente el cuento pasó al formato libro (está incluido en Fantasmas) la cifra de desmayados ascendía a 73 (y uno ya empieza a sospechar que la gente iba especialmente predispuesta a terminar por los suelos). “Tripas” es un cuento de horror, en la misma medida que lo es la película 127 horas. Ambos involucran amputaciones y algo parecido a los deportes extremos, sea escalar cañones desiertos o la asfixia y otros aditamentos a la masturbación que suelen provocar accidentes (Michael Hutchence, David Carradine, Iván Heyn son ejemplos trágicos).
Los libros de Palahniuk suelen incluir las más diversas excentricidades sexuales. Desde el grupo de terapia de adictos al sexo de Asfixia al gang bang (sexo más que grupal: multitudinario) en Snuff. En Pigmeo, Palahniuk vuelve a “homenajear” a un escritor estadounidense contemporáneo. O a varios. La cercanía con Ballard se mantiene, mientras que intenta una nueva apropiación: el personaje “está entrenado para detonar un artefacto mortífero en el momento preciso, si consigue, eso sí, controlar sus inoportunas erecciones”. La unión explosivos-erecciones era improbable en 1973, cuando Thomas Pynchon publicó su monumental El arco iris de gravedad. ¿Pero ahora?
Pigmeo, publicada antes que Al desnudo, carga con similares pesadeces estilísticas, esta vez bajo la forma de los reportes que un terrorista escribe en un singular dialecto. Si en el cuento de Borges “Tlön Uqbar Orbis Tertius” el lenguaje era reflejo de una cosmovisión, aquí lo es del barullo mental de un agente que a duras penas logra expresarse (en algo que por momentos recuerda al insoportable cuento de Martin Amis “Lo que me pasó en las vacaciones”, escrito en media lengua infantil). Sin embargo el artilugio a veces funciona, sobre todo en la medida en que fragmenta la expresión y desnaturaliza la mirada sobre las cosas. Funciona en la medida que ofrece una mirada alien, extranjera a la cultura que este terrorista pigmeo, insertado en una sociedad huésped, pretende destruir. La comunicación está cancelada y con ella toda empatía social, que es recuperada a veces, y sólo a veces, cuando el estilo narrativo del terrorista logra volver transparente el absurdo de la sociedad en que vivimos.
Lo que es evidente es que Palahniuk no le teme a los grandes temas, y tanto en Pigmeo como en Al desnudo los aborda sin una pizca de cinismo. Pigmeo es la tardía novela pos 11 de setiembre del autor y, como no podía ser de otra manera, es una comedia negra. Sin embargo, uno queda con la impresión de que tanto Pigmeo como Al desnudo parten de ideas a medio masticar, metidas en un corsé formal que lejos de demostrar virtuosismo atenta contra la función primordial de la novela. Así, grandes temas como el consumo, la xenofobia, la religión, el culto a la fama y un largo etcétera, reciben el tratamiento que les daría un inofensivo terrorista pequeño, pequeño.

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