Construcción de la noche
- Última actualización en 03 Enero 2013
- Escrito por: María José Santacreu
Dos de Polleri
Hay construcciones calladas, y la de la obra de Felipe Polleri es quizás la más certera, persistente e implacable de la literatura uruguaya. En 2008 apareció La inocencia, uno de esos libros sorprendentes que afortunadamente no pasó desapercibido y que ahora se reedita por tercera vez. Y lo hace al mismo tiempo que se publica Los sillones marchitos, su última novela.
Esta sincronía temporal puede ser casual o no. Lo cierto es que se trata de una conjunción feliz porque son libros que resuenan el uno en el otro, que dialogan y se complementan.
Muchas veces se ha señalado a Polleri como uno de los “raros” de la literatura uruguaya. Sin embargo, su genealogía es frondosa. Polleri rebosa literatura y el autor la conjura en cada línea. De Kafka a Maslíah, de Osvaldo Lamborghini a Lautréamont, de Levrero a Baudelaire, de Dostoievski a Salinger.
La intención aquí no es tirar nombres que operen como vagas referencias, como aires casuales, como parientes lejanos o como anclas que sostengan una literatura inasible.
No.
Lo que decimos es que eso que puede parecer “un aire” es un conocimiento profundo, un sistema de referencias, un mundo. El de Polleri, que respira literatura. Porque se podrá preguntar: ¿Salinger en Polleri?, ¡retorcido! Y sin embargo, La inocencia parece por momentos El guardián entre el centeno escrito en el infierno, un reverso oscuro de aquél. Porque si Holden Caulfield no tenía ganas de contarnos su vida al estilo David Copperfield, “ese rollo de su infancia y qué hacían sus padres”, Rodolfo (h), el héroe de La inocencia, declara: “Esta es la historia de mi familia, la descripción exacta de mi madre, Alicia, esa mujer gorda y parlanchina; mi padre, Rodolfo I, el heráldico; mis dos hermanas, la pobre Cristina y la pobre Florencia, ambas muy enfermas, pobrecitas, y mi cuñado Andrés; ese hermafrodita obeso y lampiño como un bebé que finge ser arquitecto, al que dedico estas memorias, peor que malas, malvadas, porque es comprensivo y generoso como un padre-madre”. La inocencia es la preocupación central de Holden: esos niños que corren en un campo de centeno y que no hay que dejarlos caer (pero que de todas maneras caen).
La inocencia –el libro– explora quizás como ningún otro el resentimiento. Un lugar difícil desde donde narrar, porque está hecho de cólera contenida. Pero como reza uno de los tantos epígrafes de William Blake con que cuenta el libro: “Los tigres de la cólera son más sabios que los caballos del saber”. .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

