Listología

“1001 cómics que hay que leer antes de morir”

Los libros de la “serie 1001”, por llamarlos de alguna manera, son un problema. Para empezar son bastante caros. Además, son preceptivos. ¿Quién se gastaría todo ese dinero en un libro que le dice lo que tiene que hacer? ¿Quién, si encima de todo ese trabajo tiene la certeza de que lo único que le resta hacer es morirse? Es verdad, son libros tontos. Antipáticos. Absurdos. Frívolos. La serie comenzó por lo más obvio, y así los libros, las películas y los discos fueron los primeros en tener su canon “1001”. Publicados por la editorial londinense Quintaessence y vertidos al español por Grijalbo, la “serie 1001” se transformó rápidamente en un bestseller y ha ido agregando títulos que cubren desde vinos, cervezas y comidas que probar hasta edificios que admirar, sitios que visitar, videojuegos que jugar, pinturas que ver, canciones que escuchar, días históricos que recordar, invenciones que venerar y hasta hoyos de golf que ¿embocar?
Pero sí, tener los “libros 1001” en la biblioteca es un problema. Uno podría pensar que el propietario de tales volúmenes es un ser inseguro, falto de ideas, incapaz de un criterio propio. Lo peor, es que son libros que indican de manera incontestable la sumisión al gusto de unos “expertos” contratados para canonizar todavía más el statu quo, el gusto medio, de balancear estilos, épocas y autores, de conformar a todo el mundo. Además, ¿por qué gastar todo ese dinero en una guía y no utilizar el dinero en comprar alguno de los –libros, discos, películas, cómics– y empezar de una vez a morir (si total, para lo que importa una vida tan insignificante…). Lo peor es que si uno tiene a bien atisbar tales volúmenes en un domicilio cualquiera tiene derecho a pensar que el dueño es no solamente todo lo anterior sino, además, alguien tan corto que ni siquiera comprendió que son más bien libros para esconder. Algo que claramente el diseñador no comparte, ya que los hizo lo más vistosos y difíciles de pasar por alto posible. Su suntuosidad es otra trampa para tontos, ya que impulsan a ponerlos en lugar destacado de la biblioteca, lo que resulta una muestra de mal gusto y falta de inteligencia sólo comparable a poner en la mesita del café el libro Cacas. The Encyclopedia of Poo, de Oliviero Toscani, el famoso fotógrafo de las publicidades de Benetton, que con este libro finalmente decidió ir a los orígenes de su estilo.
Previsiblemente, quienes suelen disfrutar de tan inútiles y vergonzosos libros tienen mejor humor y todo lo anterior les importa un rábano.
Lo cual es una suerte, porque serán los felices poseedores de una interesante guía que funge también como la historia de un medio: el del arte secuencial, historieta o cómic, como quieran llamarlo.
1001 cómics que hay que leer antes de morir cuenta con un prólogo de Terry William, el célebre Monty Piton, y fue editado por Paul Gravett, que ha escrito, comentado, editado, publicado y criticado cómics por treinta años, que es no solamente un experto sino un amante de la historieta que contó con la asistencia de 67 especialistas y escritores para cubrir el rango más amplio posible de un medio que se ha desarrollado a lo largo de casi doscientos años y que hoy día se manifiesta en casi cada rincón del globo, adoptando las formas más diversas: del cartoon a la historieta, del manga a la novela gráfica y un etcétera inmenso.
Una de las bondades del libro es su vocación universal y su mirada descentrada. Puede parecer obvio, pero no lo es tanto en el mundo anglosajón: incluir entre lo mejor obras en idiomas como checo, sueco, coreano o español (y sin edición inglesa, o incluso obras largamente agotadas) es temerario. Y es que una de las razones por las cuales se le asignó este proyecto a Gravett es por contar con una red de colaboradores provenientes de 27 países, de los cuales un tercio son mujeres, lo cual es absolutamente inusual en un medio eminentemente masculino.
Como toda antología, 1001 cómics… es opinable. Sin embargo, se nota el esfuerzo de ecuanimidad sin abandonar la voluntad totalizadora: comenzando en el año 1837, el libro recorre prácticamente toda la evolución del género, atendiendo a las calidades en el dibujo y la historia, al impacto y la influencia que tuvo cada historieta reseñada en la evolución del medio, a la innovación y la originalidad respecto a lo que las precedió, a la provocación y la experimentación consideradas como herramientas de conocimiento y exploración formal y artística. El resultado es muy disfrutable, no solamente por la amplitud de la investigación sino porque en un espacio limitado se logra trasmitir las líneas fundamentales que motivan que dicha obra haya sido incluida en el canon de las 1001.
Al tratarse de una obra colectiva, la inspiración y escritura de las reseñas varían grandemente. Sin embargo hay un estándar de calidad sólo empañado ocasionalmente por excesivos ditirambos; y en general se logra el cometido enciclopédico del tomo, en el que prima el equilibrio entre la información pura y la recensión crítica. Un plus lo aporta el ítem “Otras lecturas”, que opera a veces como bibliografía del autor y otras como contexto y rango de influencias, lo que amplía considerablemente el alcance del volumen.
1001 cómics que hay que leer antes de morir garantiza una larga e interesante lectura, pero ciertamente no la vida eterna. Porque ¿qué son 1001 cómics? Para el aficionado, un ratito nomás. Por suerte hay “otras lecturas”.

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