Flores y revolución
- Última actualización en 18 Enero 2013
- Escrito por: Guilherme de Alencar Pinto
Flores y revolución
En un texto titulado “Podría ser un prólogo” (va en el medio del volumen, no al inicio), uno de los editores, Maca (Wojciechowski), señala que cuando él empezó a escribir “en el Uruguay había tres poetas ‘vivos’: Horacio Buscaglia, Macunaíma y Leo Antúnez”. Luego de aclarar que lo de “vivos” es metafórico (se refería a su vigencia, a su sintonía con los tiempos que corrían hacia 1970), observa que “La música nos marcaba el ritmo de cada cosa” y que llegó a los escritos de Buscaglia a partir de haber escuchado el disco Musicasión 4 ½ (1971).
Es curiosa esa posición dominante de la música en esa etapa de la cultura, para quienes tenían la edad adecuada. La frase gastada de que “el rock es una actitud” tiene más fundamento que lo que sugiere su condición de clisé. La propia “actitud” tenía que pasar por el rock. Y por ello esos tres poetas “vivos”, sin ser propiamente músicos, se involucraron con la música, escribieron textos de canciones, sintieron necesidad de “performar” sus escritos recitándolos en escenarios, de estar cerca de músicos roqueros alternando con ellos o incluso organizando espectáculos. Buscaglia fue quizá más lejos que ninguno, integrando un dúo musical con Verónica Indart, luego un trío con ella y con Mateo, y después el archifamoso Canciones para No Dormir la Siesta. Tocaba con gracia y swing la percusión, cantaba un poquitito. Esa “actitud” la desparramó por todas las formas de expresión a las que tuvo acceso: periodismo, teatro (actuando, escribiendo y dirigiendo), guiones de historietas, poesía, breves ficciones, publicidad, y ese género inclasificable que él bautizó “mojos” (que en el tenor anglicista actual se podría describir como textos de stand-up impregnados de absurdo y sabor hippie).
Este libro trae un poco de todo eso. Es interesante observar cómo Buscaglia, integrado al Partido Comunista y con la camiseta totalmente puesta, se manifestaba en formas apartadas de lo primero que viene en mente cuando se piensa en “comunismo”. Por un lado, estaba, sobre todo en sus primeros textos de los años sesenta, la prédica radical revolucionaria guevarista, en fragmentos como “Sí, hacen bien en cuidar sus hogares/ hijos de puta/ porque la lucha es a muerte” o “reinventaremos la primavera/ y te lo aseguro Ernesto/ en cada hueco de la mano/ traeremos tu corazón”. En el otro extremo está la vindicación del amor representado, insistentemente, con el más hippie de los símbolos: las flores que aparecen por doquier, y con ellas el divague, la inspiración desatada, la imaginación, la locura, el efecto iluminador de la música de los Beatles. La primera veta uno tiende a asociarla mucho más a los tupas que a los bolches, y la segunda a un idealismo anárquico. Lo que no sé es si ello conduce a poner a Buscaglia como un comunista muy poco ortodoxo, o a matizar un poco el concepto que tenemos de un comunista –al menos en Uruguay, al menos en esa época–. (De pronto, una estética más “típicamente bolche” también aparece, sobre todo en las alegorías políticas infantiles de tiempos de Canciones para No Dormir la Siesta.)
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