Harold Bloom y su influenza
Shakespeare otra vez, y Milton y los grandes románticos ingleses, y Whitman, y Wallace Stevens y Hart Crane. Pero no es esa constelación la que nos atrae, sino el poderoso lector que encarna Bloom.
“Han pasado setenta años desde que, a principios del verano de 1940, me enamoré por primera vez de la poesía de Hart Crane, a punto de cumplir 10 años.” A los 80 años –como indica el arte de sumar– Harold Bloom escribe este libro que tituló Anatomía de la influencia, en reminiscencia del que fue su obra magna, La angustia de las influencias, una coda en los estudios literarios que dio a conocer en 1973. No fue esa contribución originalísima la que le dio la fama sin embargo, sino su controvertido Canon occidental –un catálogo de los grandes autores de la literatura de Occidente y una defensa de la “alta” literatura–. Tanta fama que hoy todos sus libros llegan traducidos velozmente a Uruguay, adonde casi nada llega. Ya está aquí un rescate: Genios: un mosaico de cien mentes creativas, y cuesta 980 pesos. Aunque es muy probable que Genios sea un intento de emular al famoso Canon, reformulación de su manía por crear listas de notables que tan buenos réditos le ha dado, si bien tal vez sea lo menos interesante de su pensamiento. Su Anatomía de la influencia, en cambio, no es recíprocamente una resurrección de sus fermentales ideas sobre los modos en que la tradición opera sobre la literatura, sino lo que reza nuestro título: la autobiografía de un lector. En disposición de rememorarse, Bloom convoca un mirar retrospectivo que será, naturalmente, una relectura. Reconociéndose en el pasado, el crítico regresa a su mejor yo, el que supo descubrir que en arte “inspiración significa influencia”.
En las primeras páginas de este nuevo libro, Bloom rehace su itinerario como crítico desde los orígenes. Recuerda que después de haberse enamorado en la infancia de Crane, Blake y otros poetas, leyó por primera vez un libro de crítica a los 17. Se trataba de un estudio de Northrop Frye sobre William Blake y le dio vuelta la cabeza: “lo que Hart Crane significó para mí cuando tenía 10 años, lo fue Frye a los 17; una experiencia abrumadora”. A los 80 vuelve a confesar: “no tendría paciencia para releer a Frye, pero me sé casi todo Hart Crane de memoria”. Colocar eso en el umbral de un libro tardío es recordarse esa verdad que tanto ha consolado a los creadores: no hay monumentos para los críticos. Es un discreto llamado a la cautela, pero no es la razón de haber traído a colación al pobre Frye, para freírlo a las cuatro líneas, no. Si lo nombra es para decir que creyó en él hasta el día de la revelación, ese fue su día D: el 11 de julio de 1967, día en que Bloom cumplía 37 años, “cuando desperté de una pesadilla, desayuné y me pasé el día entero componiendo un ditirambo (que) seis años más tarde se había convertido en La angustia de las influencias, libro que Frye rechazó de plano desde su posición de platónico cristiano”. Lo que se le hizo de golpe presente fue que toda la poesía que había leído hasta entonces dialogaba entre sí, que era capaz de “‘ver’ cómo todo se relacionaba y peleaba por ser”.
Ya se ha escrito mucho sobre ese pequeño gran libro, lo que parece nuevo es la relación biográfica de su germinación. Ese codearse de la intimidad de su vida con el itinerario de su pensamiento es lo que hace de este nuevo libro una rareza en su género: una autobiografía intelectual.
Bloom recuerda su antiguo “librito” e interpreta sus motivaciones inconscientes, cree ahora que no lo escribió sólo como una resistencia ante el formalismo del new criticism que borraba al autor y a su tiempo para concentrarse únicamente en la obra, que no lo escribió sólo contra la hegemonía de T S Eliot, sino como una premonición contra las lecturas ideológicas inminentes que supeditarían el valor literario al sociológico, y contra la futura hegemonía de Foucault. Al mismo tiempo, aunque señala que al pasar la frontera entre los 70 y los 80 años decidió no pelear más con lo que él llama “la escuela del resentimiento”, no deja de “defenderse” de las afinidades que pudieran detectarse entre su teoría de la angustia de las influencias y la teoría de lucha en el campo intelectual de Bourdieu. Bloom aduce que la diferencia está en que su reino no es de este mundo: que Bourdieu imagina una lucha por posiciones sociales, y para él, el agón o la lucha es por la poesía. Hay algo débil en la explicación que, por supuesto, no avanza más allá de lo declaratorio y desestima las dificultades del deslinde de motivaciones y emociones en estos casos de admiración y celos en el arte que, como en algunas modalidades de la pasión, vuelven delgada la frontera que separa el amor del odio.
Es verdad, como aducen algunos de sus detractores, que Bloom tiene algo de predicador, el estilo se le vuelve sentencioso. Como si ya hubiese hecho sus argumentaciones en otro lado, y tantas veces, y creyese que sólo precisa convocarlas; como si confiase que la laboriosa construcción de antaño comparecerá bajo el conjuro de un nombrar que se ha vuelto aforístico. Al fin de su vida ha encontrado diversos epítetos para cada gran poeta, Yeats es “un pagano apocalíptico”, Shelley, Whitman y Wallace Stevens son “materialistas metafísicos”, Hart Crane es “órfico”. No obliga a la discusión sino que parece imponer un juicio. Hay que admitir que aunque testarudos esos epítetos no dejan de ser iluminadores. Uno podría, como él hace con W H Auden en una escena deliciosamente contada en la que el poeta se aloja en su casa, admirar “su sorprendente dogmatismo”, pero en cambio no podría adjudicarle lo que él afirma del poeta: que “parecía bastante orgulloso de sus limitaciones críticas”. No porque no esté orgulloso, sino porque puede ser arbitrario, pero no limitado. Hace poco en una entrevista liviana –como las que se le hacían al Borges anciano– Bloom prodigó un epíteto precisamente destinado a Borges que, aunque simplificador, queda resonando. Dijo que era un escritor derivativo que disimulaba esa condición exponiéndola enfáticamente. Derivativo, ¿poco original? Es eso lo que dice Bloom de quien sin embargo no puede despegarse. Especialmente del ensayo “Kafka y sus precursores”. Diríase que ese brevísimo texto nutre la angustia de su personal influencia.
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