La ley es otra

Reverenciado por mucha gente, menospreciado por otros también, el movimiento roquero que hizo eclosión a la salida de la dictadura sin duda fue revulsivo y merece ser estudiado. Con todo, para el estándar uruguayo se escribió bastante al respecto, pero nunca en forma tan extensa y vívida como en este libro. El autor, Mauricio Rodríguez, periodista y docente de periodismo, baterista aficionado y fan adolescente de aquella movida, hace un relato año a año, desde la asunción de Alfonso Carbone como director artístico del sello Orfeo en 1982 hasta el desbande que siguió al Montevideo Rock II de 1988. Junto al relato en su propia voz hay muchas citas de la prensa de la época y, sobre todo, entrevistas exclusivas a integrantes de los grupos más emblemáticos (Los Estómagos, Los Tontos, Los Traidores, Zero) o a algunos de los pocos grupos que persistieron luego de la debacle (Cuarteto de Nos, La Tabaré Riverock Banda, Níquel, Alvacast) o con algún grupo menor (Polyester), y a críticos, productores, difusores, fotógrafos, diseñadores. El material es mucho y el conjunto pinta muy bien la efervescencia, el espíritu, la sorpresa, la emoción de aquellas experiencias, y luego también el desconcierto ante un declive tan vertiginoso como había sido el surgimiento de esa movida.
Dista de ser el estudio sistemático que el fenómeno bien se merece: es como un electrocardiograma con sus vibraciones, intensidades y arritmias, pero desprovisto del estudio médico. Rodríguez no asumió la necesaria tarea del historiador, que es la de mirar con extrañeza (aunque sea una extrañeza expresamente autoprovocada) al fenómeno que está abordando, sino que lo tomó con los mismos ojos de fan con que vivió la peripecia en su momento, inserto (atrapado) en su mismísima ideología (su única distancia consiste en saber, desde el inicio, que la cosa se iba a terminar). En ningún momento enmarca o problematiza la etiqueta “rock”. Lo más cerca de una perspectiva crítica que leemos en el libro está en boca de algunos entrevistados especialmente reflexivos (Roberto Musso, Jorge Nasser, Tabaré Rivero, Renzo Teflón), pero no está la voz de nadie ajeno a aquellas agitaciones. La acusación de que el rock es “imperialista” es citada con sorna por el autor y por varios de los entrevistados, como si el mero hecho de enunciarla bastara para poner en evidencia el ridículo, sin que nadie aclare cuál sería la premisa de la refutación: si Estados Unidos o Inglaterra no merecen el calificativo de imperios, si el rock no es un fenómeno oriundo de esos países, si adoptar pasivamente una forma de expresión de un imperio no colabora en absoluto al poder imperial, o si la forma de adopción en este caso no fue pasiva.
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