El narrador como lector

Otro Ford, Richard

Empecé a leer este libro por su engañoso subtítulo: “Autobiografía y literatura”, que aunque no miente, desde que habla de la literatura en combinación con las memorias personales de Richard Ford, no encara ni intenta dilucidar el delicado tema de las relaciones entre lo autobiográfico y la creación.

El libro, una recopilación variopinta de prólogos, artículos de prensa y conferencias, es necesariamente marginal en la obra de quien escribió El día de la independencia y Un trozo de mi corazón. Es menor, sí, tanto que por ahí confiesa que no publica estas cosas en Estados Unidos donde siente más amenazado su lugar. Al principio consideré deseable que el autor extendiese ese celo a otros países. Nunca favorece a un escritor dejar impresas opiniones “fechadas”. Es sabido, la grandeza en literatura es proporcional a su prescindencia de las circunstancias de su tiempo. Y las que, por ejemplo, exhibe el ensayo inaugural de Ford con su resistencia y rebeldía ante el imperio de lo políticamente correcto ya estaban caducas cuando el libro terminó de ser traducido. Por más que resulte simpático su relato de un viaje a Suecia, único blanco en una delegación estadounidense de “escritores nativos”, o convengamos en que le asiste razón al rebelarse ante la obligación de hablar “desde” una identidad, hay algo menor tanto en sus argumentos como en las ideas que combate. Sin embargo, pronto descubrí que muchos de los ensayos reunidos mostraban una faceta interesante que redimía lo aleatorio del rejunte y que no era otra que la revelación del lector oculto que hay detrás de cualquier escritor que valga algo. El narrador como lector remeda el título de esta nota, porque no se trata del crítico artista que encarnaron sofisticadamente Wilde o Eliot, sino de algo más plebeyo, como plebeya es la novela y los cuentos que Ford cultiva y que el público lee cuando lee. Las reflexiones de Ford no surgen de una necesidad teórica sino que son el resultado del estatus profesional de los escritores en la actualidad. Él mismo lo explica en el artículo que dedica a la memoria de su amigo Raymond Carver. En Estados Unidos, y al parecer desde hace un tiempo, el camino para convertirse en escritor incluye un pasaje por la universidad, los talleres de escritura y el envío de relatos a publicaciones trimestrales. En las reflexiones autobiográficas que desparrama por todo el libro, da cuenta de cómo, alcanzado cierto éxito, las formas de supervivencia están no sólo en los derechos de autor, sino en los cursos y talleres de las universidades, las conferencias, los prólogos para la industria editorial y los artículos para revistas y periódicos. Y es precisamente el resultado de esas actividades paralelas las que produjeron los textos reunidos en este libro. De alguna manera, su actividad como lector.

 

APRENDIENDO A LEER. El escrito más conmovedor se titula simplemente “La lectura”, y empieza bien: “Aprendí a leer –a leer cuidadosamente, quiero decir– en 1969, a los 25 años”. Todo transcurre en una Navidad triste y sin nieve y “todo” es nada, apenas un joven graduado que ha accedido a dictar clases de literatura y no tiene idea de cómo trasmitir un cuento de Sherwood Anderson y padece algo peor que un miedo escénico. Con el recuerdo de ese pavor y con el encuentro con un profesor veterano que se había quedado manso en esas vacaciones de invierno leyendo y tomando notas mientras otros profesores estaban esquiando o asistiendo a congresos, Ford hace su homenaje. A su profesor y al fervor literario. Bajo la luz cenital en un despacho solitario en medio de la universidad vacía, el maestro, como hacen los verdaderos maestros, le inflinge su ironía y una forma afectuosa del destrato (nada de la actual/local demagogia hacia los jóvenes) antes de aceptarlo y compartir su saber. Pero en ese escenario austero leen juntos el cuento “Muerte en el bosque” de Anderson. Y se quedan en silencio por un rato. Luego hay algo que desanima, porque la receta salvadora es la que podía esperarse en una época de naciente estructuralismo: “personaje, punto de vista, estructura narrativa, símbolo, lenguaje, tema”. Ford reconoce en esa lección formal su aprendizaje de lectura, pero su relato lo contradice. Sospecho que la lección estuvo en la emoción compartida en silencio después de la lectura.
En un mes de inicio de clases, la pregunta que aterrorizaba al joven Ford parece pertinente: ¿cómo enseñar a leer?
En otro casual ensayo, Ford se rebela contra la pregunta “¿de dónde viene la literatura?”, que como escritor le es formulada una y otra vez . “A menudo me he sentido culpable al tratar de responder –explica–. Lo he hecho en público después de lecturas, en mesas redondas con docenas de colegas, ante filas de complacidos estudiantes y para crueles y cínicos periodistas en salas de hotel. Creo con toda .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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