Antropometría de la rosa

Marosa ante la crítica

En 1993 Marosa di Giorgio gozaba de un reconocimiento alto, era ya la autora de culto a la que se alude hoy cada vez que se la nombra, pero eso no la disuadía de iniciar nuevas búsquedas. Fue ese año que publicó Misales, relatos eróticos que marcaron una modulación nueva en su obra.

El talento no alcanzó sin embargo a mitigar el sacrificio que pagó Marosa, la intemperie de tantas noches de soledad que se sospechan detrás de su universo mágico y voluptuoso. Recuerdo que así, en términos de noches arduas, midió Juan Carlos Mondragón el precio que se exige a cambio del aura concedida a la estirpe de los raros. También la espera del artista es ardua. Aquel año acompañé a Marosa a una librería adonde el público había sido convocado por iniciativa de un librero fervoroso de esos que quedan pocos, para la firma de ejemplares. Nadie vino y ambas disimulamos como pudimos ese ultraje provinciano, pero Marosa estaba afectada. Catorce años antes Wilfredo Penco vaticinaba que “una aureola mítica” rodearía el prestigio literario de Marosa di Giorgio Médicis y que esa obra sería estudiada desveladamente para “descifrar sus claves y secretos”.
El libro que le dedica hoy el profesor y poeta Hebert Benítez Pezzolano –Mundo, tiempos y escritura en la poesía de Marosa di Giorgio, consecuencia de su tesis doctoral– incluye esa cita y viene a cumplirla. No es el primer libro dedicado a Marosa, ni la primera aproximación crítica a su obra. Leonardo Garet reunió con fervor y paciencia de amigo, a un año de su muerte, una cantidad de materiales imprescindibles para su estudio en El milagro incesante (2005). Entre otros, Roberto Echavarren interpretó su obra, fundamentalmente desde el mito y en el orden temático. Tal vez el aporte de Benítez radique en que su lectura se centra fundamentalmente en la enunciación lírica, en el lenguaje que es matriz de su mundo alucinado.
Ya en la primera página el crítico recurre al juicio que Italo Calvino hizo sobre Felisberto Hernández para señalar la singularidad de Marosa di Giorgio: tampoco ella se parece a nadie. Una prosa sutil ayuda al autor a exponer el desconcierto que Marosa produce cuando se lee su poesía imprevista, su obra “rara” (y el ensayista no puede sino adherir aunque a regañadientes a esta categoría que Rama pidió prestada a Rubén Darío para no devolverla nunca jamás, y que desde entonces se cierne sobre parte de lo mejor de la literatura uruguaya). Benítez es un teórico versado y la literatura marosiana se revela como un campo fértil para ensayar las formas más sofisticadas de la teoría del lenguaje. Escribe con elegancia aun cuando consiente a la jerga del especialista, pero esa ductilidad no borra el agudo contraste entre la prosa epistemológica del crítico y las citas de la poeta salteña. El efecto es interesante, y provoca sed de Marosa. Tal vez porque la teoría no evita alejarse con frecuencia de su objeto de estudio y las citas de Marosa resultan pocas aunque bien montadas y brillan como gemas.

 

DESPLEGANDO EL MISTERIO. Esta lectura de la obra marosiana discurre por algunas de las constantes que el lector amateur siente tal vez sin reparar racionalmente en ellas. El mundo de la infancia, del “jardín natal”, según formulación de Ricardo Pallares, el biográfico mundo de la chacra salteña donde creció Marosa y donde crece su poesía narrativa, plantea algunas de esas posibilidades de análisis. ¿Quién dice en los libros de esta poeta: la niña que fue, la adulta que escribe? No se trata de un acto ventrílocuo, responde el crítico. No un adulto que adopta un lenguaje infantil sino un yo constituido por diversos yoes que se manifiestan en los poemas. Las voces de Marosa son múltiples como también lo es la temporalidad. Lo que leemos ¿es recuerdo o invención?, ¿onírico o surrealista? Las preguntas intuyen la complejidad. Y las respuestas la multiplican. Dice, sobre la posibilidad de lo autobiográfíco en Marosa, que lo que hay “es una suerte de autobiografismo fantasmático: el cuerpo de la existencia pasada ya es el cuerpo de la existencia presente dentro de un aura indiferenciada. De ese modo, la identidad existe, pero en la medida de la destrucción de la línea sucesiva de los acontecimientos en el tiempo. El yo textual de Los papeles salvajes y de sus textos francamente narrativos no crece a la distancia de un yo recordado, por lo que la autobiografía coincide con la inacabada biografía de quien escribe mientras escribe”. En Marosa no hay un personaje “ido”, dice el crítico, al que convoque la memoria, porque ese personaje sigue ahí, nunca termina de retirarse la niña que fue Marosa, y en su departamento céntrico (o en los bares con humo que amó como otro escenario, podríamos agregar) vive aún “la casa rural de la infancia”.
La insistencia interpretativa de esta lectura se encuentra en la disolución de fronteras, de géneros, de estatutos temporales, de identidad del sujeto. Esa inestabilidad estable, esa permanencia en lo indeterminado, ese “inacabado” que Benítez encuentra una y otra vez en la escritura y en el mundo de Marosa tal vez expliquen el fecundo encuentro de su poética con la posmodernidad. La indeterminación de la niña que es también la escritora adulta, de la prosa que es poesía y de la narración que sincopa como poema, del universo que es diverso, se aviene al estadio de crisis de certezas y al fin de los grandes relatos que definen la sensibilidad posmoderna.

PALABRAS Y COSAS. En un “excurso teórico” que intensifica el énfasis teórico de su aproximación, Benítez aborda otra dicotomía denegada: la antigua distinción aristotélica entre ficción y realidad. Con la asistencia de pensadores como Rancière y Stierle busca su superación. Es difícil, es interesante. Nuevamente el mundo marosiano colabora en el borramiento de límites y en la aparente autonomía. El crítico postula que la circularidad fundamental de los objetos de realidad y de lenguaje que llama “ultratextuales” e “intratextuales” supera las dicotomías. Cuando se discuten estas cosas –si todo es discurso, si el mundo nombrado es mundo o sólo nombre– acecha la pregunta por la ideología. La inclinación formalista (o mallarmeana, ya que de poetas hablamos) es identificada con la torre de marfil. Es un viejo tema que la sofisticación teórica difícilmente alcanza a solucionar. Tal vez la afirmación de que, en medio de la dictadura, esta escritura que transcurre y discurre en un mundo mágico, feérico o siniestro, siempre otro, fue un modo de resistencia a la historia traumática de violencia y represión, sea más un deseo de conciliar ideas políticas y estéticas que habitan en el crítico, que correspondencias de la obra.
Las relaciones entre la política y la literatura suelen ser, como las de la biografía con la obra, complejas o no evidentes, pero es bueno el esfuerzo por entenderlas, a pesar del riesgo o el fracaso.
Esta aproximación crítica se centra en Los papeles salvajes y no entra mayormente en la producción marcadamente erótica y más narrativa de los últimos títulos que publicó Marosa di Giorgio, pero es capaz de abrir y desplegar algunos de los misterios de una literatura incantatoria que por eso mismo parece incólume y cerrada. Si Nidia di Giorgio, al compilar las entrevistas hechas a su hermana, encontró un buen título en la frase “No develarás el misterio”, la tarea de la crítica es intentarlo. Este libro difícil lo hace parcialmente, porque como siempre ocurre con los grandes escritores, las lecturas críticas desvelan la complejidad de la obra. 

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