Brecha Digital

Todo hombre es una isla

Murakami y el sismo de Kobe

“Lo que ven nuestros ojos no tiene por qué ser forzosamente la verdad.”

No es que Haruki Murakami (Kioto, 1949), el último y más reputado best-sellerista japonés en Occidente niegue los ojos y sus posibilidades. No es que el postergadísimo Nobel –según amantes y detractores de su narrativa– opine que lo que se ve no es de fiarse; no dice eso, no arriesga lo que un Saint Exupéry cuando alertó sobre lo esencial y lo invisible a los ojos. Murakami, como muchos otros escritores japoneses de suceso en Occidente, dice cosas –vía esforzada traducción– de las que sólo somos capaces de atrapar una porción literaria, una casi fisonómica, un invento caricatural y epidérmico con inseguridad sobre el cuerpo de la cosa, algo así como raspar una pared de símbolos sobre la que hay que raspar otra pared de símbolos hasta llegar a una nueva y así: finalmente, por cansancio, le inventamos un fin.
El autor de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (2001), Kafka en la orilla (2006), El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (2009), la trilogía 1Q84, y el autobiográfico De qué hablo cuando hablo de correr –todos libros consumidos en Occidente, y editados por Tusquets–, viene ahora a desafiar con seis relatos sobre un solo motivo, el de aquel terremoto de antes.
El 17 de enero de 1995 la tierra dejó de ser tierra en Kobe y segó al menos 6.500 vidas. En febrero, apenas unas semanas después, el gas sarín de Aum Shinrikyo se llevó la vida de unas cuantas personas en el metro de Tokio.
Kobe, 1995; Kanto, 1993; y 2011, tsunami, terremoto y crisis nuclear que dejó todo lo horrible que dejó y de lo que ya no se habla. Murakami no contaba con esa última fecha, 2011, que habría sacudido su biografía; Después del terremoto ya estaba escrito y había sido publicado en Japón en el año 2000.
Trece años más tarde, llega ahora al mundo hispanohablante. Lo que somete a esa tierra no es raro que asfixie también a su literatura, por más aire que la vida ofrezca.
El libro es vertido a un español españolísimo por su habitual traductora de Tusquets, Lourdes Porta Fuentes, y tiene todo lo que se espera que tenga; es decir, leer japonés de esa forma irremediablemente castiza, toda una rareza. ¿Hará así Japón con Hispanoamérica?
Si bien el temblor de Kobe retuerce el curso de las existencias, las morosidades, los ingenuos o mentidos pies de plomo de los protagonistas de los seis relatos, Murakami hace ingresar el horror a distancia, sesgadamente; tramas que se desarrollan casi siempre fuera del epicentro de la tragedia y del relato naturalista crudo y desgarrador al que podría haber elegido para hacer orbitar sus historias. En cambio prefiere las retahílas oníricas, los ecos más o menos sobrenaturales, los paralelismos empáticos entre el curso de la catástrofe y el de las vidas de sus personajes durante el tiempo inmediatamente ulterior. Son cuentos que se supeditan al terremoto en forma casi siempre obliterada o latente, y en un juego de elipsis y bifurcaciones que hace posible subtramas o tramas paralelas que no necesariamente (y es ahí cuando el juego –en cierta forma la “adivinanza”– es servido arteramente sobre la conciencia del lector) son convocadas por éste, o que en cierta forma lo exceden. Claro que hay un antes y un después, concede radicalmente Murakami, pero siempre y cuando se entienda que ninguna tragedia agota el curso misterioso de las vidas, de los sueños y de las reinvenciones de los hombres. Ahí mismo donde la muerte y la destrucción nos convalidan como hermanos vulnerables y perplejos, también hay una vida que nace, una vida que huye y se consigue un nuevo nombre intransferible, uno individual, lejos del drama fraterno y sólo fiel a la propia, íntima complejidad... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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