Adiós a un disidente orgánico

Tal vez más que encarnar varias contradicciones, Jorge Semprún hizo de ellas un estilo. Fue una criatura a la medida de lo que Hobsbawm llamó el “siglo corto”, el breve siglo xx que transcurre tumultuoso entre la Primera Guerra Mundial y la caída del muro, y su vida estuvo igualmente marcada por las ideologías.

 

Ahora que ha muerto –en su apartamento de París y a los 87 años– el autor de La segunda muerte de Ramón Mercader (su título más conocido en Uruguay), los diarios repiten que fue un intelectual europeo, una identidad que él promovió y que seguramente halagaría a este español que llegó a Francia en 1939 para quedarse, cuando la República española pierde la batalla, y acabó escribiendo su obra en francés. En España lo han relacionado con Juan Goytisolo por esa aptitud de ser un puente con la cultura francesa, pero creo que la comparación atrae otra más ajustada: André Malraux. Semprún fue, como él, ministro de Cultura, y su nombramiento por Felipe González en 1988 posiblemente se inspiró en el ministerio gaullista que Malraux lideró en los años sesenta. Como Malraux, también Semprún cumplió una trayectoria épica y, como él, está más cercano al intelectual que al escritor. Y al igual que Malraux, la figura de Semprún despierta sospechas. Eso que en los obituarios reclama la ambigua fórmula de un ser polémico. Difícilmente podría ser de otro modo cuando se transita la política de partidos, aunque se logre imponer la carismática ilusión de ser siempre un disidente. Semprún sostuvo siempre la imagen del enfant terrible e iconoclasta, al tiempo que obtenía y comandaba cargos que no suelen confiarse a espíritus anárquicos, fuese el Comité del pce en los cincuenta o el gabinete socialista en la España democrática.

Otro oxímoron suyo fue saber sacar un europeo a partir de un español. Como demuestra Picasso, no alcanza con vivir y crear en Francia para encarnar esa categoría de “europeo” que es aun más sofisticadamente teórica que la de, pongamos, “un artista universal”. Una explicación posible a esa hazaña la da su genealogía. Jorge Semprún tiene pedigrí político. Fue hijo de un intelectual, jurista y diplomático de la República, agregado cultural en La Haya, y nieto, por el lado materno, de un abuelo conservador varias veces presidente del Consejo de Ministros durante el reinado de Alfonso XIII. Estaba preparado para enfrentar los azares de su destino de expatriado. Y eso lo hace aun más hijo de su tiempo. George Steiner completa la visión del siglo xx de Hobsbawm diciendo que fue, además del siglo de las ideologías, el siglo del refugiado. En Semprún esos perfiles se entrelazaron. En Francia se hace partisano y miembro de la Resistencia, y es enviado a un campo de concentración. Fue el prisionero 44.904 en el campo de Buchenwald. Llevó grabado en su piel ese número hasta su muerte, metáfora extrema de la historia que le tocó vivir. Su experiencia como prisionero de los nazis fue contada casi medio siglo después en uno de sus libros más famosos y polémicos: La escritura o la vida (1994). Vivió en Buchenwald entre los 20 y los 22 años, llevaba en su ropa un triángulo rojo con una S bordada, por “español”. Sobrevivió. Si las memorias de su estadía en el campo adolecen de una egolatría que no tienen por ejemplo las de su compañero Robert Antelme, igualmente Semprún ha planteado frontalmente los dilemas éticos que muchos no osan nombrar. Uno de los tantos puntos polémicos en su obra (que para su caso es también su vida) ha sido el hecho de que él podía sacar algunos nombres de las listas de los prisioneros que iban a ser “trasladados”. Se lo acusó de haber decidido quién se salvaba y quién iba a morir. En 2010 todavía estaba respondiendo a aquella acusación: “No, no. Elegías a los que salvabas. Luego la puta casualidad o la puta mala suerte hacen que en esa lista vaya gente, pero tú no los has elegido. Positivamente, elegías a los que salvabas. No mandabas en los que iban. Es difícil entender la complejidad del asunto, lo comprendo. Pero mira lo que decía el filósofo católico Jacques Maritain. Decía, en su libro Los hombres y el Estado, que hay momentos en la vida en los que no se puede aplicar la moral habitual, en los que hay que inventar una moral de excepción. Y da el ejemplo de los campos de concentración, y en concreto del campo de Buchenwald”.

La acusación era que elegían por ideología. Él ya era comunista cuando lo apresa la Gestapo, y lo manda al campo en razón de su militancia. Lo seguiría siendo cuando volvió clandestinamente a una España gobernada por el más duro franquismo en 1953 y vivió bajo el nombre de Federico Sánchez. También esa experiencia demoró en tener su libro, la célebre Autobiografía de Federico Sánchez, premio Planeta en 1977. En 1964 había sido expulsado del Partido Comunista español a raíz de sus peleas y desentendimientos con Santiago Carrillo. Después de dejar su ministerio en el gobierno socialista, Semprún volvió a recurrir a su alias clandestino para titular un libro en el que sacó todos los trapos al sol de la interna socialista: Federico Sánchez se despide de ustedes (1993). Desde entonces se dedicó a su obra. Mayoritariamente escribió piezas autobiográficas, pero ajenas a la intimidad o a la introspección. Lo suyo es más parecido a las memorias, con pasión por la historia. Y el cine que hizo –fue guionista de Alain Resnais (La guerra ha terminado) y de Costa Gavras (Z, La confesión)–, fue el del compromiso o la opinión. Semprún se parece más a esos personajes vitalistas sobre los que otros escriben, y la prueba es que muchos de sus libros fueron hechos en circunstancias de obligada inacción. Como el inaugural El largo viaje, iniciado en una semana de impuesto encierro clandestino.

El comunismo es otro largo proceso en la vida de Semprún. Robert Antelme lo acusaba de que participó en la expulsión de Marguerite Duras del pc francés, aunque él siempre lo negó. Esas vicisitudes que interesan en la biografía se ven sin embargo otra vez mejoradas en la discusión. Preguntado sobre si se arrepentía de algo, respondió: “¿Me arrepiento o reniego de haber sido militante del comunismo estaliniano? No. Creo que en aquel momento había una justificación para ello. ¿Me arrepiento de no haber salido del pc en 1956, el año de los movimientos antiestalinistas populares antisoviéticos en Polonia y Hungría? No. Porque soy español; si hubiera sido francés, habría sido el momento de romper. Pero en España, cualesquiera que fueran los crímenes de Stalin, luchar con el Partido Comunista contra Franco valía la pena”.*

No es raro que un hombre así haya visto publicada su biografía antes de morir.

Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo, de Franziska Augstein, fue editada por Tusquets en 2010. Precisamente la misma editorial que publicó una biografía de Malraux en 2002. No es raro, ya que el sello tiene una colección de biografías, pero el recuerdo asoma porque la de Malraux era una biografía desmitologizante. ¿Lo es la de Semprún? Aunque no la leímos, vale arriesgar que difícilmente lo sea desde que fue publicada en vida del autor, pero el título lo sugiere. Ventaja de estar vivo, Semprún fue interrogado al respecto. Refiriéndose a su adhesión al comunismo, dijo: “Creo que gran parte de mi vida ha consistido en destruir todo eso. No en traicionarlo, sino en destruirlo en el sentido de dejar de ser buen comunista para ser buen demócrata. De ahí mi interés por Europa, porque es una de las cosas que me han ayudado a distanciarme del comunismo y del leninismo y a comprender las virtudes de la razón democrática. Cuando has sido comunista de verdad durante 20 años, en cargos de responsabilidad, no es para presumir de haber estado en los salones con Louis Aragon. No, es otra cosa. Y abandonar eso para ser un demócrata radical, un anticapitalista radical, pero no comunista. ¿Traición? Cuando veo en el libro ese título, me digo: La lealtad ha desempeñado un papel, ¿pero la traición? Lo único que he traicionado es a mí mismo?. 

*          Reportaje de Juan Cruz. El País de Madrid, 19-XII-10 .

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