Isidoro Ducasse, Jules Laforgue y Jules Supervielle son los hitos de la poesía franco-uruguaya, más importante que conocida entre nosotros y probablemente mucho menos estudiada aquí que en Europa, donde el carácter fundacional de Lautréamont no se discute y también se ha aceptado –¿cómo podría ser de otra manera?– el dictamen de Octavio Paz acerca de la influencia de Laforgue sobre Elliot y Pound.
Ducasse y Laforgue tienen en común no sólo un Montevideo vuelto paraíso perdido –Laforgue lo dejó a los 5 años, de modo que su nostalgia es casi toda creación del espíritu, y Ducasse sabe que el otro, Lautréamont, está en Montevideo– sino también la rara coincidencia de haber ido a dar a Tarbes, en los Pirineos, donde comenzó el exilio europeo. Pero allí, lugar natal de Gautier, ni siquiera se conocieron, así que sus nombres se mencionan juntos antes por razones de destino literario que por vínculos biográficos efectivos.
Será bueno que esta edición contribuya al perfil singular de Laforgue. Se agrega a un importante trabajo anterior de Andrés Echevarría: el libro Pasión y poesía de Jules Laforgue (Orbe, 2006). Coincide con los 150 años del nacimiento del poeta, en 1860. Cuando murió, en 1887, hacía sólo un año que el simbolismo diera forma a su manifiesto. Había sido admirador y luego crítico de Baudelaire, como asiduo también a Poe y Whitman. La miseria le había llevado alguna vez a pedir dinero a Verlaine, con quien tuvo una buena amistad, y como lector en la corte de la emperatriz Augusta se había convertido en difusor de la actualidad francesa en Alemania. París fue, desde luego, el gran escenario para sus ilusiones y publicó a su costo tres de los seis libros poéticos que escribió en unos pocos años: Los lamentos (1885), La imitación de Nuestra Señora la Luna (1886) y El concilio feérico (1886). Estos triunfos son simultáneos con el comienzo de la miseria cuando, habiendo dejado Alemania y con su esposa Leah Lee –una institutriz inglesa que conoció en la corte– resuelve volver a París para vivir allí del arte.
El trabajo de Echevarría –prolijo, impecable en la presentación del autor y el manejo de los documentos– revela algunas debilidades en el plano de la traducción. Ellas se manifiestan mejor gracias a la doble versión en español y lengua original que expone de continuo un cotejo riguroso. El traductor ha de tener, sin duda, razones que expliquen las defecciones siguientes, pero será útil señalarlas, de todas maneras. No parece atinado respetar mecánicamente una mayúscula que el autor eligiera, con el fin de jerarquizar a un sustantivo, trasladándola sin más a un verbo conjugado. Véase el resultado de este criterio: “Qu’ un soir, du moins, mon Cri me jaillissant des moelles” se vierte como “que una tarde, al menos, me Gritara un disparo de médulas”. Tampoco parece favorable suprimir sencillamente algún término, quizá por conveniencias de regularidad métrica, sin considerar si lo omitido no conlleva aflojamientos graves del original. El verso “lors quoi l’ usage veut qu’ on nous cache sous terre” dice que el uso quiere que la tierra nos cubra. Su fuerza no permanece en esta otra versión: “cuando nos esconda bajo la tierra en el uso”. Cambiar o suprimir palabras, salvo fuerza mayor, ayuda poco, y nada si habrá de desaparecer “ebriedad”, tan llena de connotaciones. Sorprende, en consecuencia, que “Lèpre originelle, ivresse, insensée” se traduzca “lepra original, insensato aletargamiento”, como igualmente que pueda traducirse “les couchants d’ Orient” como “los albores de Oriente” cuando la voz albores rara vez alude a luces de crepúsculo. Un único caso de infidelidad total ocurre en este inexplicable deseo de prolongar y completar el probable pensamiento del poeta: “Ci-git n’ importe qui. Seras-tu différent,/ Diaphane d’ amour, o Chevalier-Errant”; “Yace aquí, no importa quién. Tú serás diferente,/ diáfano de amor, Caballero Errante que ya no siente”.
Puede creerse que estas observaciones resultan de una lectura atenta y exigente, impaciente al sorprender de pronto amenazado el buen nivel del conjunto, que reproduce acertadamente ese discurso poético tan singular de Laforgue, hecho de recurrencias líricas y hasta estribillos a la manera tradicional, y a la vez de una cultivada sensibilidad musical y una tentación por el verso libre. Por dos veces afirma Echevarría que así llegó Laforgue a él, aunque valdría la pena comparar su experiencia con la de Rubén Darío en la poesía en español, cuya revolución no equivale propiamente a lo que harán triunfar las vanguardias.
La traducción, que es además la primera completa de Los lamentos, apuebla de inmediato en el complejo mundo de Laforgue, capaz de una brillante y a la vez desolada ironía, que disimula su sombría visión de las cosas. Desde ella, por ejemplo, bautizaba a la Luna –de tan prestigiosos títulos poéticos– “Nuestra Señora de los Maleantes”. Lo sagrado solía ser motivo de su sonrisa angustiada, y aunque se preguntaba si existe alguien que escuche “el universal lamasabaktani” –¿por qué me has abandonado?– terminaba jugando trágicamente con la “Eternulidad”. Los hombres le parecían “lastimados de infinito“ y él mismo vivía el destierro de lo absoluto preso
–baudelairianamente– en el “pulpo del spleen”. La muerte –¡tan temprana!– le esperaba por todas partes y él quería llevar consigo, hacia la nada, al mundo entero: “¡Ríe, lleno de pájaros, el pino del que mi ataúd saldrá! / ¡Pero tu ataúd será su muerte! Y llegará”.