Una vez allí, las verdaderas intenciones de César se develan: clonar al escritor mexicano Carlos Fuentes –que también asistirá al evento– y así crear un ejército de poderosos intelectuales para dominar el mundo. Sin embargo, la avispa mecánica diseñada por el científico-escritor-traductor para extraer una célula de Fuentes falla y toma una célula de la corbata de seda natural del mexicano…
El argumento parece salido de un capítulo de Pinky y Cerebro mezclado con La mosca, de Cronenberg, pero de ello Aira es verdaderamente capaz de sacar un libro tan divertido como inteligente. Porque ¿dónde termina el cuerpo de Fuentes?, ¿la persona social es o no parte de la persona? De alguna manera, al igual que César traduce textos literarios, la avispa “traduce” a la persona Carlos Fuentes.
Aira hace, de algún modo, lo que la mejor ciencia ficción (o los mejores dibujos animados) suelen hacer: hablar de asuntos graves de manera aparentemente leve. Hay en Aira siempre una ética del relato, en la que la invención de una historia es central. Y esa invención se lleva a los extremos en esta novela, como si el desafío que se propusiera el escritor fuera poder seguir teniendo el control de un material que se dispara hacia los cuatro costados. César expondrá sus principios literarios en El congreso de literatura (la novela y el congreso dentro de la novela): el gusto por las tramas imposibles, la precipitación rumbo al desenlace, la inclinación por lo desmesurado y lo abigarrado, lo incontenible de la narración, la indolencia ante la tontería. Un arte poética que Aira ha desarrollado extensa y a menudo brillantemente y que ciertamente merece reediciones y relecturas.