Brecha Digital

Tinta sonora

En 2002 Jorge Meretta me dijo que ya no tenía nada más que escribir, que lo había dicho todo, y con su gesto habitual entre espinoso y tierno, me regaló Ritual de la palabra, un poemario que en su tapa reproduce un óleo de Augusto Schiavoni sugestivamente titulado “Con los pintores amigos”. Meretta convocaba desde las artes plásticas, otra de las disciplinas que, junto a la música, practicó. Como no queriendo reconocer su tarea poética pero urgiendo su lectura. Este libro de 1998 no fue por supuesto el último de Meretta.

En su treintena larga de títulos todavía faltaban algunos señeros, fecundos, exóticos para Uruguay, entre ellos una colección de sonetos –Cambios de sitio– con al menos dos ediciones en 2001 y 2003. Ni me callo ni me voy. Así era Meretta: una eterna discrepancia consigo mismo y con la literatura. En 2005 nos reencontramos a raíz de una invitación del poeta Enrique Bacci, junto a otros escritores, en Lago Merín. Allí, en un aparte del encuentro, me obsequió Cierre de cuentas, que parecía indicar su retiro definitivo. Sin embargo, no dijo una palabra. Sonrió con amargura –Amanda Berenguer me dijo cierta vez que la sonrisa de Meretta le recordaba el rictus desencantado de Humphrey Bogart– y me señaló un poema, el que abre el libro: “Cópulas/ en el umbral de los abrazos/ en los filos de las espadas./ Líbranos de la soledad/ de los insectos y las sobremesas/ donde sólo hay platos vacíos/ migas desamparadas./ Comencemos otra vez y sin mentiras:/ la luna/ es una manzana seca/ mordida entre las estrellas”. Estamos tan desnorteados con la literatura en general y con la poesía en particular, que habría que señalar algunas virtudes rítmicas del poema, porque la poesía de Meretta fue antes que nada ritmo, eufonía, cadencia musical. Allí veremos esas rimas obsequiadas como sus libros, con recia tristeza. También deberemos sortear el engañoso tono amatorio que el poeta propone: no estamos hablando de cópulas carnales, aunque se las evoque, hablamos de la soledad de un mundo muerto que se niega a revivir. Pero hablamos también desde la serena perspectiva de la verdad –la luna es una manzana seca pero mordida entre estrellas– que habilitará a cerrar las viejas cuentas del dolor desde la lucidez ineluctablemente dolorosa: la sagrada razón del poema no niega la locura, la acota y la sublima. Meretta fue música, y puede leerse en toda su poesía, incluso en un texto de prosas poéticas como El escondite es el cielo, de 2005, pero debe señalarse que su instrumento fue el vibráfono, ese martilleo gozoso que deja en el aire un sonido a radios viejas y a ecos narcisistas de notas y silencios que obligan a reflexionar sobre la persistente ubicuidad de la tristeza humana. De la práctica del vibráfono, Meretta atesoraba una especie de jam session con Lionel Hampton cuando éste visitó Montevideo, como una señera arte poética personal. Acaso este soneto sea una muestra de su notable oficio y de su ambivalente escepticismo vital, sobrio, tanguero: “Si el cielo fuera gris no azul, si fuera/ sólo el color de un hueso amordazado/ con penumbra o sin ella, masticado/ por un perro baldío, si volviera/ cercándome a ladridos y tuviera/ que darle de comer, lo haría a un lado/ del plato de mi sombra y que enlutado/ sólo en su sombra anónima comiera./ Pero el color es otro y lo sabemos/ mi pena y yo, en la celda que nos vemos/ abrazados de páramo y de frío./ Porque el cielo es el hueco que nos falta/ y el perro con que aúllo la más alta/ escalera que sube a mi vacío”. 

 

Escribir un comentario