ELOGIOS…
“Si no la infancia ¿qué había allí entonces
que ya no está?”
[…] He visto muchas otras cosas, que no se ven sino en el Agua; y otras que están muertas, y otras que son fingidas… Y ni
los pavos reales de Salomón, ni la flor pintada en el tahalí de Ras, ni el ocelote alimentado con carne humana, ante los dioses de cobre por Moctezuma aventajan en colores a este pez breñoso izado por la borda para divertir a mi madre que es joven y bosteza.
… Y ANÁBASIS
[…] Camellas dulces bajo la esquila, cosidas de cicatrices malva, que se encaminen las colinas bajo los datos del cielo agrario –que caminen en silencio sobre las incandescencias pálidas del llano; y se arrodillen finalmente en la humareda de los sueños allí donde los pueblos se aniquilan en los polvos muertos de la tierra.
Son grandes líneas sosegadas que se van a las azulaciones de las viñas improbables. La tierra en más de un punto madura las violetas de la tormenta, y esas humaredas de arena que se elevan en lugar de los ríos muertos, como trozos de siglos en viaje…
(Traducciones de Luis Miguel Izava.)
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Archipiélago de minúsculos territorios que sólo parecen existir una vez cada cuatro años en el tartán de las pistas de atletismo, ese Caribe que habla inglés, francés y holandés no ha dado sólo velocistas. Esta serie, este caprichoso planisferio de la poesía que había comenzado en Santa Lucía, con Derek Walcott, que había seguido por la Martinica de Aimé Césaire, ahora encuentra a Saint-John Perse en la isla de Guadalupe.
Pero no está solamente ahí, en esa isla de la infancia. Está también en el París de 1911 cuando todavía se llamaba Saint Léger Léger (así, en duplicado) y publicaba sus Elogios. Está también en Mongolia Exterior, desde donde atraviesa el desierto de Gobi en compañía del sinólogo Gustave-Charles Toussaint, travesía que es parte medular de una experiencia que dará por resultado su Anábasis, maratónica obra que no sólo es su momento de mayor brillo sino también la que hace “nacer” definitivamente a Saint-John Perse en 1924, poeta que había llegado al mundo como Alexis Léger medio siglo antes.
Pero no sólo en Guadalupe, en París y en el Gobi. Saint-John Perse aparecerá más tarde en Estocolmo, donde en 1960 da uno de los más lúcidos discursos de aceptación del premio Nobel de literatura. Y más tarde todavía, digamos, por ejemplo, ahora mismo, en el nada tropical exilio montevideano de Washington Benavides, quien en sus ensayos poéticos sobre Saint-John Perse se interna en “ese admirable alambique, ese trapiche poético que instauró un diplomático del Quai d’Orsay cuyas noches eran siempre visitadas por monzones y un fuerte olor a peludo caballo tibetano”. n