Es la primera de una trilogía autobiográfica que tiene a Gabriel como personaje. Le siguen La ley de la ferocidad (2007), que puede leerse en la tradición de Los siete locos o La vida breve; y En cinco minutos levántate María (2010), narrada en primera persona por la madre de Gabriel, para quien Dios y la humanidad tienen sentido, un personaje bien diferente al del hijo. En las tres novelas la prosa es clara, intensa, contundente; por momentos la angustia que trasmite se vuelve insoportable, aunque Ramos no resigna el deseo, la ternura y el humor. A veces negro.
Al leer los cuentos de Cuando lo peor haya pasado (2003) el lector tiene la sensación de que todos sus protagonistas pueden ser Gabriel años después. Treintañeros fracasados, que sobreviven como pueden y en ocasiones intentan, débilmente, reacomodar pedazos de sus vidas rotas. Hombres tristes y abatidos, abandonados por sus mujeres, por sus amigos y por la suerte, dibujados por el autor como la imagen especular de una sociedad fragmentada.
Un hilo de oro puro selecciona 11 cuentos. Varios pertenecen a Cuando lo peor haya pasado, distinguido con primeros premios en los dos concursos de narrativa inédita a los que un amigo de Ramos lo envió cuando el autor se rehabilitaba en una clínica para alcohólicos (Fondo Nacional de las Artes –Argentina 2003–, y Casa de las Américas –Cuba, 2004–). Padres que quedan sin trabajo, madres que sólo pueden desempeñar un rol de sacrificio en el espacio privado, amigos que comienzan a delinquir (los niños que intentaron abrirse camino donde no parecía posible son los cínicos que hoy traicionan, viven borrachos, transan con drogas). Los espacios imaginarios son diseñados a partir de la situación del país, la realidad del suburbio porteño, los obstáculos impuestos por el barrio humilde, la proximidad del territorio villero, la desocupación, las mujeres golpeadas, los niños de la calle.
Pablo Ramos nació en Avellaneda en 1966. Su literatura evoca la geografía de su niñez en ese barrio poblado de curtiembres y fábricas abandonadas, con fiestas populares en las calles y el fútbol coloreando los baldíos. Cuando su madre tuvo que salir a limpiar casas ajenas, él y su hermano abandonaron la escuela para ir a trabajar. De ahí, quizá, las faltas de ortografía que dice tener (en su casa no había libros excepto los “planes quinquenales” y La razón de mi vida, compañeros de militancia del padre peronista). Ramos conoce el peligro que corre la literatura al abordar problemáticas sociales desde el manual de las buenas intenciones o la denuncia fuera de lugar. Por eso despoja a su escritura y a sus criaturas de cualquier retórica paralizante, y asume una actitud tan independiente como sensible. n
En la contratapa de Un hilo de oro puro se afirma que los cuentos seleccionados son los mejores de Ramos. No se informa quién es el responsable de la selección. ¿El autor, un crítico, la editorial? De todas maneras, los cuentos de Ramos casi siempre son buenos, muy buenos. Cualquier recopilador aceptaría esta propuesta, así quitara o agregara textos. En general los personajes repiten un mismo dibujo: hombres solos, desesperados, arrasados por el alcohol o la droga: “estaba borracho porque quería estar borracho (…) necesitaba llegar hasta el final de su desesperación, agotarla, convertirla en un sentimiento ridículo” (“El día que te lleve el viento”). No hay redención, los vínculos están rotos, un paso en falso puede durar años o un instante en las infinitas variaciones de la vida: “Estaba en la calle. Y todo lo que tenía en el mundo estaba ahora en la casa que antes había sido mi casa. Mujer, hija, libros: todo. También mi almohada de plumas” (“Por las colinas de la luna”). Hay asimismo una expresión de lo sentimental que no teme caer en sentimentalismos: “Tal vez la vida me hizo demasiado duro muy temprano” (“La chica del pelo verde”), “este mundo devora sin piedad el alma de los seres que guardan al menos un poco de ternura” (“W.”), y puede buscar el bálsamo para tanta desdicha en una prostituta de aura dickensiana: “Lo que está escrito en la nota es un secreto que hasta hoy no compartí con nadie. Habla de la vida, y dice algo acerca de un barco que se va y de las huellas que nunca dejan los pájaros en las nubes. También tiene escrito su nombre, el nombre con el cual yo debo recordar al ángel. Y es un nombre tan suave y tan hermoso que tan sólo pronunciarlo me alivia el corazón y la memoria” (“El ángel del bar”).
Hombres problemáticos, conflictivos, como el escritor frustrado que se emborracha y culpa a la mujer y al hijo de su fracaso (“Cuando lo peor haya pasado”), o el que evoca un único momento de comunión con su padre, cuando, entre efluvios alcohólicos, éste recreó una lejana anécdota futbolera para estimular la inspiración del futuro escritor (“La mejor de las historias”). Varios son los personajes femeninos que rondan estos cuentos: brujas alcohólicas, heroínas de pelo verde, ángeles urbanos, estrellas fugaces que aterrizan en basurales, mujeres perversas como la de “El día que te lleve el viento” –un latigazo de sexo sórdido, exasperado– o la de “Volcanes de azúcar y ríos de miel”, historia perversa de abuso infantil. Cuentos desolados en los que la esperanza, cuando se alienta, es un viaje al abismo, una fuga sin fin, un país extranjero. n
* “La arquitectura de la mentira” es, también, el nombre de su blog.