Regreso a un clásico
- Última actualización en 27 Julio 2012
- Escrito por: Ana Inés Larre Borges
El universo de este libro es el de la infancia en la naturaleza. Tiene el mismo aroma encantado y áspero, entre rústico y maravilloso, de los recuerdos de Hudson en Allá lejos y hace tiempo. “Buscabichos”, según explica el autor en el primer capítulo, es el sobrenombre que le pusieron a él de niño por la afición obsesiva e incansable que tenía por los animales “entre los 5 y los 10 años” en la estancia donde se crió. Cada capítulo narra alguna historia en la que hay bichos de nuestra campaña: tero, tatú, mulita, caballo, zorrillo, zorro. El universo humano es limitado y típico: los padres, un tío admirado y cercano, un niño negro compañero de juegos y algunos visitantes más exóticos, como el capinchero que se llama Doribaldo y que parece sacado de una historia de Guimarães Rosa. El mundo animal, en cambio, parece no tener límites y es allí donde se juegan las grandes emociones. El miedo al zorro o al zorrillo viene precedido por gallinas decapitadas y corderitos muertos sanguinariamente, y tras los misterios de la cacería adulta (“‘Esta noche van a matar al zorrillo’, me dijo mi madre”) puede desembocar en la piedad, la rebeldía frente a los mayores o la humillación si es el zorro el que burla al gurí. Da Rosa recuerda con su voz de adulto y esa voz acarrea un lenguaje datado y posiblemente distante de sus lectores chicos de hoy, pero el anacronismo no pesa, precisamente porque antes que para un público (infantil o no, esa voz narra para sí, para recuperar un tesoro, como dice, perdido en el mar de la vida. De eso resulta una autenticidad que escasea en tantos relatos para niños donde el autor ahueca la voz o se esfuerza por ser gracioso o se esmera por ser aceptado. Hay una verdad personal que resulta en persuasión literaria, aun cuando Da Rosa no tenga la prosa más perfecta de un Paco Espínola, más inmune al tiempo. Su libertad rinde y alumbra, por ejemplo, el episodio del petiso que le regalan y que él, con 6 años, pero sabiendo ya andar a caballo, rechaza, argumentando cortésmente que lo va “a reservar para sus hijos”. Cualquier niño que creció en el campo sabe que un petiso, contra toda apariencia, es un mal regalo. En Uruguay son cada vez menos los niños que tienen la experiencia de la vida en la campaña, y para muchos de esos citadinos el libro será tal vez, como lo son tantos otros libros, un viaje a tierras desconocidas que se acepta y se agradece, como se aceptan y disfrutan las ilustraciones no convencionales que trae esta colección. Da Rosa sabe describir sus animales y sus costumbres con clara precisión, sin alejarse del relato. En un segundo plano, el protagonista vive una educación sentimental y moral donde, felizmente, todo el didactismo está dirigido a los adultos. n

