Es una cita entonces, no una convocatoria. Es un encuentro. Acaso esa muerte sea un él, por qué no, y la lectura del fragmento se amplíe hacia los terrenos del género, de la opción del proceder gramatical adecuado al agente ejecutivo. El yo poético, esa especie de seudópodo que emite el poeta Hugo Achugar, sabe que no podrá negarse a la ominosa convocatoria. Dos versos rotundos cierran la escena y confirman ese siniestro encuentro: la mano temblorosa del hombre horrorizado que se alimenta, que premedita no hablar del asunto confiado en montar un espacio de falsa sorpresa aunque sabe, a verso seguido, que no podrá negarse, excluirse, volverse tangencial espectador. Ya no habrá disquisición filosófica. Es la hora del encuentro en sí, del sacudón, de los barquinazos de Caronte, del viaje.
El fragmento anterior es una muestra homeopática del tono predominante, de la borgeana cifra de obsesiones de incorrección, el undécimo poemario de Hugo Achugar (Montevideo, 1944). La semilla contiene el bosque. El bosque a su vez se encolumna en tres espesuras: “tiempo”, que abre el volumen; “fragmentos”, del que se extrajo la cita, e “incorrección”, la tercera y última estancia, que da nombre al todo y a la parte. Pero Achugar publicó diez libros. Diez libros que indican, más allá del quiebre en su poesía producido con el poemario Seis mariposas tropicales de 1986, una tendencia a cierta poética de la disolución morosa, de la ruina metódica que el tiempo ejerce en la vida de los hombres. Achugar es el boxeador derrotado del cuento “Por un bistec”, de Jack London, que reconoce la superioridad de los elementos contra los que lucha, a los que embiste con serena lucidez, con inquebrantable vocación, hacia cierta ingravidez pesarosa que define en los primeros tres versos del libro: “La luz brillará en el árbol de la ventana./ Seguirá inaugurando la derrota de la hora./ No será bienvenida ni esperada”.
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