Brecha Digital

Dos poetas

I. Fragmentos pertenecientes

En su poemario Libro de los títulos –segundo premio de poesía del mec 2011–, utilizando una morosa petición de derechos previa al texto en sí mismo, Daniel Morena (Montevideo, 1972) plantea algo más que su poética personal. Propone una firme pertenencia íntima que se filtra hacia el lector, tanto el especializado –el libro se abre con un poema titulado “A los poetas de Montevideo”– como el lector común, a quien advierte sobre el origen del contenido al que se enfrentará. El poema dirigido a los poetas peca de cierta redundancia sobre la dificultad que conlleva frecuentar el género: “Porque la poesía es sol pretérito. Oficio moribundo”, aunque bellamente dicha, lo que no es poco. Más significativa resulta la convicción con que se defiende la obra poética como parte de un todo emanado de un fondo personal que no distingue, salvo en el eco que produce en el poeta, origen, unidad, ilación. Así, cada poema llevará por título un verso de otro escritor revelado en el índice. Debe agregarse que Morena recalca que el presente poemario forma parte de otro escenario, el de los textos que obran de título: “No diría una pieza minimalista, ya que son engranaje de un texto mayor y no fueron concebidos de forma unitaria”. Por lo tanto el poeta, que por naturaleza nombra, renuncia a esa facultad y logra una distancia porosa que bascula entre memoria y comunicación, convirtiendo una lección de solfeo en arte poética: “Recordar las horas haciendo cruces con la mano. Apurando el persigno según el goteo metálico del metrónomo./ Mientras sentía los chiquilines en la vereda”.

II. Herencia ciudadana

Esta antología personal del poeta argentino Horacio Fiebelkorn ratifica un estilo personalísimo, a la vez acotado y alegórico. Si su ritmo evoca a Carriego recargado, a un Contursi del siglo xxi –los escenarios comunes y aviesos de la desdicha humana–, su fiereza se acerca y se aleja, en el mismo proceso, a Juan José Saer y su poesía reflexiva. En el primer caso refulge su poema “Ambientación”: “Hay una mesa, un/ espejo, un mantel sucio, la huella/ de alguien en la pared. Hay/ dedos ausentes en cada objeto/ en el libro abierto, en la página 9”. La inmensa y a la vez íntima geografía de la pena individual, la que encierra a los hombres dentro del encierro de las grandes ciudades, presagia la soledad paralizante del que está solo y espera sin esperanza. Una síntesis que acaso lleve al otro Fiebelkorn, el social, el gregario del poema “Pobre vaca”: “Pobre vaca/ la que estaba cerca del mercado./ Ellos no saben faenar una vaca,/ no saben matar una vaca./ Son cuatro en la mugre y quieren comer y/ robaron una vaca (…) Tiemblan cuando la vaca grita en su primera puñalada./ Bocina: sangre en el ojo lluvia/ de tajos: laguna de sangre y bosta/ donde los cuatro chapotean y gritan/ más fuerte que la vaca”. Plásticamente el poeta desplaza la matanza desde el acto de incapacidad movido por el hambre –la torpe ferocidad humana– al involucramiento piadoso con la víctima primero y los victimarios después, también carne de muerte, agentes de su ruina.

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