Pues si esta noche el alma.
Si esta noche quisiera el alma hundirse
en la infamia o la ira
hasta el fondo, hasta que el pulgar del pie
brille contra la roca en la tiniebla
del agua; y desde allí
intentara una vez más
bracear, cerrar los ojos,
hundirse aun más hondo, no podría.
***
El peso sordo de una manzana. El rostro pensativo del hombre.
Los dos senos jadeantes, pálidos, respirando
debajo de la blusa de una muchacha que ha corrido;
la mano que alcanza. Hasta las mismas palabras…
Todo había una esencia dentro de sí. Un sentido
sentado en su centro, inmóvil, repitiéndose
sin menguar ni crecer,
siempre lleno de sí, como un número.
(Fragmentos tomados de La insurrección solitaria y de Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos.)
***
Cubana de Aviación dejó de volar entre La Habana y Managua en 1992. Sin embargo para ir desde José Kozer a la poesía nicaragüense no es necesario pasar por el aeropuerto José Martí. En dos horas y media se llega desde Miami en un vuelo sin escalas, y allí, en una casa del barrio Altamira o en una mesa del restaurante Asia, se podía encontrar a Carlos Martínez Rivas. Un poeta de la estirpe de Rimbaud, según la semblanza que escribió Octavio Paz cuando Rivas tenía 30 años y acababa de publicar su obra mayor: La insurrección solitaria. Con el paso del tiempo, el poeta que tenía un gato que se llamaba Poe se sumergiría en un mundo de hosco aislamiento (Sergio Ramírez cuenta que le cerró la puerta en la cara a Graham Greene cuando fue a verlo a Managua), de misticismo (no fue el maldito que vio Paz, sino un monje temeroso del dios cristiano, acotó Erick Aguirre), y de alucinaciones (“Así vi al Diablo anoche, posado sobre mi pecho como un juguete horrible”).
Los jóvenes que entraban en desconcierto a los años noventa después de la década dura pero llena de certezas del sandinismo, veían a Carlos Martínez Rivas como el puente más puro entre la poesía y la poesía. El hijo directo de Rubén Darío, como se ha dicho más de una vez. No tan directo, respondería Rivas. Él recordaría probablemente a Joaquín Pasos como su vaso conductor con el padre de la lírica en lengua española. Darío, que en Nicaragua tiene su foto en cada cantina como un Gardel sin sombrero. Rivas, que medía lo exiguo de su pensión diciendo que sólo alcanzaba para tres botellas de Chivas.
Cuenta José Antonio Luna, que lo vio poco antes de morir, que Carlos Martínez Rivas había escrito en una pared de su casa este poema: “Hoy, mi mente fue presa de una insólita reflexión/ Llevo ya días, semanas, meses sin ver a una mujer/ Preñada./ ¿Es que retornó la edad de oro?/ ¿La extinción del género humano?/ ¿Y sólo bestias simples, puras poblarán la tierra?”.