Dos en uno
- Última actualización en 24 Agosto 2012
- Escrito por: Sofi Richero
Hay que decirlo pronto: al lector de El Sunset Limited (2006) en la presente edición de Mondadori y con traducción de Luis Murillo Fort, le cabe apenas “intuir” la brillantez del diálogo del escritor nacido en Rhode Island en 1933, ya que desde el comienzo se ve obligado a tomar el machete para abrirse paso entre una mata de expresiones imposibles (“le zurraba la badana”, o “ahora sí me está poniendo una china, ¿de dónde saca esas paridas?”, y “cagando leches”, “chuminadas”, “trenas”, …).
The Sunset Limited, subtitulada en el original como “Una novela en forma dramática”, no pretende ser, de acordar con la apostilla del autor, una obra de teatro, aunque se trate de un breve e intenso diálogo entre dos personajes en una misma habitación y aunque estén apuntadas, mínimas, algunas indicaciones sobre la escena y la acción. Pero dado el antecedente de The Stonemason, drama escrito en los setenta, la crítica no parece haber adherido al escrúpulo de McCarthy y ha pensado al texto indistintamente como pieza teatral, diálogo novelístico e incluso poema en forma de diálogo. Como sucedió con el notable western No es país para viejos (2005), llevado a la pantalla por los hermanos Coen, y con la distópica y espeluznante La carretera, ganadora del Pulitzer y adaptada al cine por John Hillcoat, The Sunset Limited conoció una versión televisiva para hbo, dirigida por Tommy Lee Jones y con las actuaciones de éste y de Samuel L Jackson.
Los personajes son presentados como Blanco y Negro (y así también las pieles de estos dos hombres desconocidos), y al comienzo de su interlocución se encuentran en la pieza del último, ubicada en algún pobre e innominado gueto neoyorquino. Negro acaba de salvar la vida de Blanco, impidiendo que este último fuera voluntariamente arrollado por el Sunset Limited del título, nombre del expreso subterráneo neoyorquino al que no pocos eligen para despedirse del mundo.
Y son Blanco y Negro, el atributo antes que el nombre, el arquetipo antes que el personaje y su carnadura particular, lo que parece proponer aquí McCarthy, aunque ingeniándoselas para no ceder a un programa maniqueo. Porque la conversación no es más ni menos que una cruda esgrima dialéctica entre dos antiquísimas formas de entender la vida y la muerte. O mejor, es el tource de force de la vieja mayéutica para persuadir sin anteponer el juicio, o anteponiendo juicios, los propios y ajenos, hasta que los corazones se hagan arena y todo pueda recomenzar o perpetuarse.
Negro es pobre, ex yonqui, ex presidiario, lleva en los hombros el peso del homicidio como el de la redención; tiene una única y poderosa convicción –el otro es siempre hermano; si uno no ama, muere–, un único y poderoso libro –la Biblia, allí sobre la mesa frente a Blanco– y la costumbre de una voz, la de Jesús, hecha a medida y que le ha dirigido la palabra en no pocas ocasiones. Blanco es en cambio un hombre culto, racional, de clase acomodada, profesor universitario, misántropo de todas las horas y cuya única religión, de poder así llamarla, es, como la del Quentin Compson de El sonido y la furia de Faulkner, la vocación por la oscuridad, la muerte, la pacífica nada. Negro es el anfitrión en busca de la caricia moral y doméstica que quizás nunca tuvo (¿qué más en el mundo que café, una conversación sensible y un buen plato de comida?), y sus preguntas son tan arteras y convincentes como los contraataques del segundo. Lo retiene con ellas, lo consigue por momentos, se convence de estar apartándolo –al menos por unas horas, acaso para siempre– de un andén que está ahí y en todas partes.
.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

