“La cultura puede ser experimento y reflexión, pensamiento y sueño, pasión y poesía y una revisión crítica constante y profunda de todas las certidumbres, convicciones, teorías y creencias. Pero ella no puede apartarse de la vida real, de la vida verdadera, de la vida vivida, que no es nunca la de los lugares comunes, la del artificio, el sofisma y el juego, sin riesgo de desintegrarse.”
Mario Vargas Llosa.
En contraste con la cita del acápite, el mundo se ha vuelto banal, se perdieron los valores de la “alta cultura”, un tiburón en formol o un cordero seccionado ocupa el lugar que correspondería, en otros tiempos, a un Leonardo o un Manet, la frivolidad campea por sus fueros contaminando desde el arte a la política, ya no hay guías legitimados para orientar a las masas en lo ético y en lo estético, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, la crítica se ha entregado al facilismo o se ha refugiado en oscuras e incomprensibles criptografías, y hasta el erotismo como vivencia y construcción sutil es sustituido por una suerte de gimnasia grotesca llamada pornografía.
Así los ciudadanos de las sociedades democráticas y desarrolladas han perdido todo interés en la gran cultura y sólo buscan entretenimiento, los medios audiovisuales les procuran la anestesia de lo instantáneo y el periodismo amarillista ha escapado de sus cotos habituales para encontrar su nicho aun en la llamada prensa seria.
Tal, en apretado resumen, el diagnóstico amargo de este libro-ensayo en el que figuran como antecedentes algunas de las columnas publicadas por Mario Vargas Llosa bajo el título común de “Piedra de toque”, acompañando una serie de reflexiones que dan unidad y conclusión al conjunto. Esta estructura habla de una construcción a lo largo del tiempo, idea fortalecida por las referencias del capítulo inicial. La primera es a T S Elliot, por su Notes Towards the Definition of Culture, publicado en 1948; la segunda a George Steiner por la respuesta que dio a Elliot en 1968; la tercera a Guy Debord –a cuyo La societé du spectacle, de 1967, parece homenajear el título de este ensayo–; la cuarta a Gilles Lipovetsky y Jean Serroy en su La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada, de 2010; y finalmente a Fréderic Martel por Cultura mainstream, también de 2010. Esas reflexiones y diagnósticos dando cuenta del malestar de y sobre la cultura desarrollados a lo largo de sesenta años –más adelante también se referirá por ejemplo a Lionel Trilling u Octavio Paz– son algunas veces compartidas y otras contrastadas por Vargas Llosa, abriendo así su propia construcción a un campo más amplio que legitima y encuadra la preocupación resumida en este libro.
Como siempre sucede con el Vargas Llosa opinador, los lectores se dividirán entre quienes aplaudan y quienes disientan, pero en este caso, además, es probable que en un mismo lector se alternen y convivan ambas situaciones. Sus conclusiones son, como siempre en él, abarcativas, totalizadoras, con nulo margen para el matiz o la duda. Y es curioso que un defensor a ultranza de las diferencias y las libertades, inevitablemente ponga al lector en la disyuntiva de aceptar o rechazar en bloque lo que se le propone. Vargas Llosa ha hecho de su voz una voz de tribuna, potente, centrada empecinadamente en sus razones y eficazmente sustentada en su prosa sólida y rica en imágenes y palabras, pero al borrar el matiz ahuyenta a los que encuentran en el mundo más matices que verdades compactas.
Sin embargo el Nobel de literatura es además un narrador, y ha sido –y de alguna manera todavía es– un periodista, con habilidad para combinar la información y la mirada crítica. Por lo cual lo más atractivo del libro –al menos para esta lectora– puede estar en algunas anécdotas y análisis, experiencias del autor ante distintas instancias culturales, narradas con fruición y comentadas con dosis enérgicas de ironía y fastidio. Como cuando la emprende contra las boutades del arte contemporáneo: “Es seguro que las masas acudirán a contemplar, aunque sea tapándose las narices, las obras del joven Chris Ofili, de 29 años, alumno del Royal College of Art, estrella de su generación según un crítico, que monta sus obras sobre bases de caca de elefante solidificada”. O en sus arremetidas contra Jean Baudrillard: “su talento, en lo que parece ser la trayectoria fatídica de los mejores pensadores franceses de nuestros días, se fue concentrando cada vez más en una ambiciosa empresa: la demolición de lo existente y su sustitución por una verbosa irrealidad”; y contra “la prosa oscurantista y los asfixiantes análisis literarios o filosóficos de Jacques Derrida”. En un enfoque que, aunque parcialmente, sólo exculpa a Foucault, a ambos reos de “leso desconstruccionismo” ubica Vargas Llosa en las antípodas de la idea de cultura contenida en el acápite de esta nota, y les achaca la razón principal de que “en nuestros días sea poco menos que inconcebible hablar de humanidades”, y también que “los departamentos de literatura se vayan quedando vacíos de alumnos, se filtren en ellos tantos embaucadores, y que haya cada vez menos lectores no especializados para los libros de crítica literaria”. Interesante muestra de esas luchas circulares de Vargas Llosa. En nombre de la “alta cultura”, históricamente elitista, enjuicia a los que llevan ese elitismo al paroxismo, encerrándolo en la incomprensible jerga de la ultraespecialización.
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