La danza y la duda

Si bien en el prólogo Alfredo Torres refleja el afecto que Teresa Trujillo le merece, también deja constancia de que éste ha ido siempre asociado a la admiración que la incansable artista despierta en alguien que como él está bien al tanto de sus movimientos dentro y fuera de estas tierras. Y para el adjetivo “incansable” no hay trabas a la vista: lo cuenta aquí Trujillo, nunca se ha quedado quieta en su búsqueda creativa, y menos aun en la vital.

A lo largo de estas páginas, Trujillo narra todo o casi todo lo que intentó hacer con respecto a la danza en tiempos que ya comenzaban a brindar harto evidencia de que ese arte no se terminaba al cabo de la contemplación de las mejores versiones de El lago de los cisnes o Giselle. Había gente que, como ella, luego de observar y analizar los alcances del ballet clásico, se sentía tentada a interrogar más allá: qué sucedía cuando diversos sonidos –o varios silencios– tomaban el lugar de la música tradicional, o cómo el físico y la edad de los bailarines descubrían inesperadas diversidades, y de qué modo otras artes y disciplinas –teatro, poesía, improvisaciones de diferente tipo y hasta el body art– se inmiscuían en performances que, para algunos, no eran otra cosa que una manera novedosa de encausar la expresión corporal.
El libro intenta dar cuenta de esos y otros procesos: están sus inicios, las consabidas clases de danza y su integración al grupo Dalica, de la pionera Elsa Vallarino –menciona, por cierto, su recordada coreografía de El encargado, con música de Lamarque Pons–, y el descubrimiento de Martha Graham y José Limón, dos grandes maestros de la danza moderna que abren los sentidos de una joven lista para observar y aprovechar lo que sucedía en la todavía quieta Nueva York de comienzos de los sesenta, como en la nada mansa París del 68, que le contagia el fervor de las proclamas y la fiebre de los testimonios de un mayo francés que terminaría por nutrir futuros trabajos. Por allí conoce al chileno internacionalizado Alejandro Jodorowsky, con quien comparte tempranas experiencias en las técnicas del happening y que trasladará a la muy fiel y reconquistadora Montevideo con previsible escándalo. Son muchos los nombres en el recuerdo de Trujillo y en sus largas décadas de exilios y desexilios: Margaret Graham, Olga Bérgolo, Eduardo Ramírez, Tito Barbón, Tola Leff, Mary Minetti y Cristina Martínez, o los ya míticos escenógrafos Carrozzino-Prieto, que supieron participar de la eterna búsqueda integradora de Trujillo, quien un buen día descubre el aporte del tai-chi y otro se pone al tanto de los senderos teatrales abiertos por Lindsay Kemp o Eugenio Barba. Un teatro que la inclina a acceder a los reclamos de Luis “Bebe” Cerminara para sumarse al equipo de la versión femenina de Esperando a Godot que éste prepara, un paso que precede a una asistencia de dirección con Nelly Goitiño, otra maestra que dejará su huella. Un par de trabajos propios de dirección –el primero para El Galpón, el segundo con el elenco oficial– dan luego pie para saborear tanto las mieles de la tarea como los sinsabores de lo no alcanzado.
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