Brecha Digital

Imprecación del expulsado

El poeta siempre posee una doble condición: su voz poética y su vida. No es que los narradores no convivan con la misma dualidad, el narrador no es el escritor así como el actor no es el papel que actúa, pero en el caso de los poetas no hay armadura de protección: ese vestíbulo oscurecido a propósito llamado asunto. El poeta navega por Internet sin antivirus, viaja a un país exótico sin las vacunas adecuadas, habla desde el yo sin mencionarlo –cuando es un gran poeta– o haciéndolo de manera elusiva y a la vez notoria –cuando es un enorme poeta– porque la poesía no es declamación de pesares o enumeración de caprichos, es conmoción ordenada, sensibilidad orientada, estrategia dentro de una profesión que no ha sido elegida y que puede resultar agobiante.

Esta doble condición de ser desde un yo intransferible otro yo adecuado a lo que se pretende enunciar, ha dejado a los poetas fuera del proyecto cívico de Platón, los ha condenado al exilio como le sucedió al poeta romano Ovidio, los ha mandado a la cárcel de Reading como le ocurrió a Oscar Wilde, los condenó a juicios por parasitismo social como aconteció con Joseph Brodsky. Es el sino fatal de los poetas. Al menos de los enormes poetas. Uruguay no escapa a esa regla. El pasado 17 de agosto, una veintena de personas asistió en el Centro Cultural de España a la presentación y lectura de Poeta en el Edén, el más reciente libro de Alfredo Fressia (Montevideo, 1948). Aletea una desproporción entre el número de gozosos oyentes y el contenido del poemario. Aunque no tanto si se lee con cierto cuidado. El poema que abre el libro y que lo titula, para que nadie se llame a engaños, anuncia: “No, Señor/ nunca huiré del Paraíso, tengo en mí/ la leche eterna de los padres y los hijos/ y escribo poemas para la nostalgia”. El buen Dios ve interrumpido el rito de expulsión de lo que ha creado, porque el poeta se erige en materia no desechable mediante una débil negativa, como un inquilino que sabe que llegará el cedulón del desalojo y asume, buenamente, que el alguacil lo perdonará. Al fin de cuentas sólo posee el esperma creativo de los padres y los hijos y escribe versos nostálgicos, versos que duelen cuando se regresa a ellos y a sus comarcas. “No, Señor/ nunca seguiré el rumbo imprudente/ de los cuatro ríos, el que impele a los nautas/ hacia el mar de monstruosas criaturas”. Es que el poeta del Edén sabe algo más, sabe que hay un destino urbano y gregario en el hombre –lo sabe anacrónicamente, por supuesto– y sabe, además, que la muerte espera a los que siguen el murmullo de embeleso de la vida. Sabe mucho el poeta, es casi un Dios, o es la voz del poeta la que sabe, o son ambos los que saben, de tal manera que el poeta, el hombre o ambos, eligen no ser expulsados una vez más por medio de ese rito procaz de la divinidad que han replicado los hombres hasta el infinito.
Alfredo Fressia vive en San Pablo desde 1976 y ha trabajado de manera asidua y puntual sobre el sentimiento del exilio como errancia, como incompletud, como elegía perpetua. Por eso en este poemario diviniza su condición de migrante y la remite a la trastienda de la tradición literaria y antropológica judeocristiana que hace del hombre la raza de Caín; “Soy un niño inmenso/ escribiendo dócilmente en el barro del Edén./ Tengo un muñeco de porcelana blanca./ Balbucea” , proclama mansamente el poeta (¿Adán, Caín, el que el lector desee?) pero no es manso el contenido de la proclamación que cierra el primer poema del libro, el que plantea el tono, el escenario, la condición. Es barro el estilo y la materia en que el estilo escribe, pero es barro del Edén, y allí está ese sutil Golem de porcelana que lo atestigua. El poeta ha creado otra voz que empieza a balbucear desde la fragilidad.

 

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