Brecha Digital

Historia de un vienés loco

Daniel Glattauer era el discreto autor de una quincena de libros y un reputado periodista austríaco de tribunales en el periódico Der Standard hasta que llegó Contra el viento del norte (2006), publicada por Alfaguara en 2010 y finalista del German Book Prize. Entre la invasión de novelas epistolares de factura electrónica que azotaron el último entresiglo, había algo en ésta: la historia del nunca consumado amor entre Emmi y Leo ganó la sensibilidad de millones de lectores, fue traducida a una treintena de lenguas, y se granjeó no pocos elogios críticos. En su reseña para Babelia, Justo Navarro la apreciaba en 2007 como “una estupenda novela de costumbres, un divertido estudio de la banalidad contemporánea.

La trivialidad de la clase media puede ser apasionante”. La predecible secuela no tardaría en llegar, se llamó Cada siete olas, y consintió un final un poco más cerrado o feliz para los personajes, aunque esta vez desilusionó a la crítica. Había ya suficiente misterio en torno a qué haría el austríaco tras su exitoso díptico amoroso, por lo que Glattauer no hizo más que meterse el suspenso en el bolsillo y despacharse con una novela de corte policial que viene siendo reiteradamente definida como “thriller psicológico”. Esta vez la protagonista es Judith, treintañera, soltera, equilibrada, dueña de una exquisita y pequeña tienda de lámparas en Viena. Y nuestro hombre, el sueño de toda suegra y el responsable de un solitario derrumbe psicológico, se llama Hannes y es en principio un adorable y atildado arquitecto. La novela pretende que, tal como le sucede al entorno íntimo de la protagonista, nos rindamos ante la incondicionalidad y el genuino, aunque un poco invasivo, afecto del arquitecto; que dudemos no sólo sobre quién es el enfermo, sino también sobre la naturaleza de la enfermedad: si estamos frente a una historia de acoso, si ante una de paranoia, o si de ambas cosas conjugadas. Pero está todo demasiado servido y decorado. Se supone que no debería importar el hecho de saber que todo progresará en términos de sucesivos desenmascaramientos –el lector ha sido ya ostensiblemente prevenido desde todos los rincones del libro a ese respecto–, y sin embargo importa. La novela se esfuerza con unas cuantas vueltas de tuerca para mantener la tensión, pero no puede evitar caer en un suspenso de fórmula, oficiosamente narrado, que apenas deja aire a las buenas notas involuntarias que la educada y opresiva Viena presta a la historia. Se supone –así lo ha acreditado Glattauer en más de una entrevista– que la novela ha buscado ir tras la frágil frontera que separa al amor de la obsesión, al amor de la psicopatía. La caricatura y la fórmula clausuran muy rápido el noble propósito.

 

Escribir un comentario