Bandera roja
- Última actualización en 14 Septiembre 2012
- Escrito por: Roberto López Belloso
Adiós, Bandera roja nuestra
fuiste nuestro hermano y nuestro enemigo.
Fuiste el camarada del soldado en las trincheras,
fuiste la esperanza de la Europa cautiva.
Pero, como una cortina roja, tras de ti ocultabas el gulag
repleto de cadáveres helados.
¿Por qué lo hiciste,
Bandera roja nuestra?
[…] no podemos arrancarnos
las lágrimas de los enrojecidos ojos,
porque tú ferozmente
golpeaste nuestras pupilas
con tus pesadas borlas doradas.
[…] Nacimos en un país que ya no existe.
Pero en aquella Atlántida estuvimos vivos
y fuimos amados.
(Traducción del autor.)
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Ir desde México a Rusia es llegar siempre a Evgueni Evtuchenko, el más latino de los poetas rusos. Con estatus de rock star entre la juventud soviética de los sesenta por su actitud irreverente hacia el poder, Evtuchenko fue un producto del deshielo cultural de la era Jruschov. Esa provisoria primavera permitió que el poeta siberiano viajase por el mundo dando recitales multitudinarios y recalara una y otra vez en América Latina. Tanto que ha dicho que son dos las madres que a su poesía “le dieron cuna y leche: mi madre propia, Rusia, y Cuba, la adoptiva”.
En un herido ejemplar de No he nacido tarde, dado a luz en 1965 por una editorial argentina de nombre combativo (La Rosa Blindada), pueden leerse algunos poemas de su edad de oro. Irreverentes, molestos, duros contra la burocracia y rabiosamente comunistas. Ahí está, traducido por Juan Gelman, “Tumba de guerrilleros” (“Naturalmente/ no habían leído a Marx/ y creían en la existencia de dios”), y traducido por Heberto Padilla “Los herederos de Stalin” (“No, Stalin no está muerto./ Él piensa que la muerte es superable./ Un día/ lo sacaremos del mismo mausoleo,/ pero de sus herederos/ ¿cómo sacar a Stalin”).
Pasó la Guerra Fría, llegó la Rusia pos soviética y Evtuchenko no mejoró sus relaciones con el poder, ya fuera el del Kremlin o el de la academia. Rechazó un premio oficial por solidaridad con las víctimas de Chechenia, recibió con pública indiferencia las opiniones de algunos críticos sobre la escasa valía de su obra, y también debió poner la espalda a los golpes que le han caído por no oponerse lo suficiente a Vladimir Putin (“él, como Rusia, están buscando su propio camino”, dijo). Hoy Evtuchenko y su poesía han envejecido. De tener que hablar de un único poeta ruso el elegido no sería él, sino Tsvietáieva (de cuyo nacimiento se cumplen 120 años el miércoles 26, o el 8 de octubre, según el calendario que se elija), o Mandelstham, o Brodsky, o Maiakovsky. Pero sobre ellos habrá una nota más a fondo en las próximas semanas. Así que ahí está Evtuchenko, con el magnetismo de un Stone, todavía de pie con su metro noventa y sus pantalones a rayas, pidiéndole al futuro: “trata de ondear algo rojo” cuando “sólo los desahuciados/ formen fila en busca de esperanza”.

