Brecha Digital

La sombra deforme de Kafka

Los libros hacen muchas veces caminos largos y sinuosos antes de alcanzar a su lector; pero lo verdaderamente extraño es cuando ese recorrido imita o recuerda a las historias que ese libro cuenta. A mitad de este año leí en The Guardian una necrológica que llamó mi atención. El muerto, aunque ignorado, no era imprevisto: Tom Unwin había vivido 88 años y portaba un currículo que cumplía con las expectativas de un buen obituario anglosajón.

Una carrera internacional en las Naciones Unidas, cierto idealismo volcado hacia el Tercer Mundo, una pericia lingüística que lo hacía capaz de comunicarse en 11 lenguas, estadías en África, conexiones con personalidades como Kofi Annan, con Nyerere en Tanzania, contactos con Alexander Dubeck, el depuesto presidente checo cuando la Primavera de Praga. Lo raro era que el obituario lo escribía su hija (apropiadamente de un primer matrimonio) y que mentaba a una nieta (de él, hija de ella) que lo había precedido en la muerte. Algo levemente ominoso empujaba al lector a averiguar sobre esa nieta. A los 21 años Louise Cattell Unwin murió ahogada en su bañera después de un exceso de consumo de ketamina. La dorada juventud que pueden proveer un padre ejecutivo con sede en Ginebra y una madre sofisticada que dirige una galería de arte en Londres terminaba desprolija, sórdida, en las páginas escandalosas de la prensa amarilla inglesa.
Es, sin embargo, en la otra punta de la genealogía donde se cumple la conexión de esta crónica con el libro que pretendo comentar. El padre de Tom Unwin (hablo del padre del muerto obituariado por su hija), ése es el autor. Se llamó –se sigue llamando, porque los escritores no mueren– Hermann Ungar (y acaso su identidad judía explique el cambio de apellido en su descendencia) y murió precozmente a los 36 años, inocente del destino de su descendencia.
Ungar había nacido en Moravia en 1893 y murió en Praga cuando el viajero humanitario y políglota tenía apenas 6 años. Escribió como Franz Kafka en alemán y fue como él un judío praguense. Aunque al parecer estuvo distante del círculo literario de Kafka, es parte de su destino ser definido en relación con su célebre colega. Otra circunstancia triste los hermana: salvo su esposa y sus dos hijos pequeños que se refugiaron en Londres cuando la guerra, toda la familia de Ungar pereció en Auschwitz. Lo separa de Kafka, abismalmente, la fama póstuma. La celebridad de Kafka no ha dejado de crecer desde el día de su muerte y es indiscutible; Ungar, en cambio, parece condenado a ser eternamente redescubierto y olvidado con ritmo cadencioso y alterno. Hay, tal vez, razones que explican tanto el fervor como el olvido.
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