Los crímenes de lesa humanidad se replican como episodios corrosivos del lenguaje. Extrañamente, el poema no es un homenaje, es una ceremonia cordial, un génesis enumerativo, el poeta pregunta y Conti responde: “Le pregunté los nombres de los árboles/ y dijo nombre, altura y residencia./ Le pregunté los nombres de los pájaros/ y mirando las brasas los nombraba”. El sector del libro en el que Cavallo inserta este poema se titula “Ascendencia”, que a la vez semeja un complemento antagónico al título del poemario, referido a la arqueología familiar del yo poético, el que dialoga con padres y abuelos en el trasiego diario, en la intimidad de las cocinas y los patios con claraboya, alumbrados a radio y tango: “Mi madre está cantando Malevaje/ mientras amasa el tedio en la cocina./ Mi hermana en sus muñecas imagina/ la voz de dios y todo su linaje”. Primera estrofa de endecasílabos pertenecientes a un soneto sugestivamente llamado “Sumo” y que trae a los oídos los escenarios de “La milonga del trovador” de otro Horacio, Ferrer. El poeta es poeta en tanto integra una genealogía familiar heredada, pero también lo es en cuanto asume una familia putativa, que no sólo involucra a poetas más o menos canónicos, involucra formas poéticas prestigiosas, como el ya citado soneto, y la deliberada utilización de la rima como distintivo de género. No en balde el soneto emplea la palabra linaje. Cavallo es un poeta que ha asumido la tarea poética como un hilo de Ariadna ineludible. Además posee ese toque indefinible que le permite escribir en el soneto “Midas”: “Dionisio lo premió con un deseo/ por su hospitalidad. Él pidió oro./ No escuchó hablar de Ícaro o del toro/ con cuerpo de hombre que mató Teseo”. Y el lector no puede sino recordar esas extrañas evocaciones lunfardas de Julián Centeya, borgeanas a veces, siempre efectivas, en donde la tradición, los ascendientes, se vuelven necesidad amorosa encarnada, descendencia. Sólo desde esa honesta, reconocible pertenencia se puede escribir: “Vuelto de trabajar, anocheciendo/ miope don nadie entre la muchedumbre/ apuro el paso./ Busco tu desmemoria, tu pereza,/ la curva de tu espalda acucharada/ donde hundirme a rezar en buen lunfardo”.