Brecha Digital

Literatura hipotética

La reaparición por esta zona del insólito Kobo Abe (1924-1993), considerado un renovador de la literatura japonesa del siglo xx y el menos conocido entre los clásicos, se debe a la acogida que una editorial de Buenos Aires dio al traductor Ryukichi Terao, investigador de la Universidad Ferris de Yokohama, y a su colega Gregory Zambrano, de la Universidad de Los Andes (Venezuela). Ambos, en sus comunidades, son una referencia de la literatura hispanoamericana y japonesa y han dado otra forma, en base a estudio, a las relaciones entre aquella isla misteriosa y lejana y este continente inexplorado y extenso.

Zambrano publicó en 2009 El horizonte de las palabras: la literatura hispanoamericana en perspectiva japonesa, con sello del Instituto Cervantes de Tokio, en el que hace ver, en entrevistas a académicos y traductores, la lenta y tardía entrada de la lengua española en Japón. Sucedió en los años setenta como efecto del
boom, cuyos autores siguen siendo hasta ahora, entre los japoneses, un centro inevitable de lectura. Antes del boom todo era escaso: un interesado en las letras podía hallar únicamente, en una biblioteca universitaria, la edición de bolsillo de Huasipungo, de Jorge Icaza.
En 2012, cuarenta años después de la traducción de Cien años de soledad, cuya primera edición tardó mucho en venderse, Japón no solamente tiene constituido un frente de escritores en español con Borges como pilar, sino que volvió dinámica la relación con lo más reciente (tradujeron Los detectives salvajes, por ejemplo, e incorporaron a autores en carrera), algo que se hizo posible por el número de jóvenes que desde los años noventa se forman como hispanistas gracias al aura, todavía brillosa, de Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa. Como respuesta, como parte de un intercambio, los japoneses divulgan a sus escritores, que vuelven a ser traducidos (como en los años del pintor Kazuya Sakai en Buenos Aires) sin las interferencias del francés y del inglés. Es probable que algún día vuelvan a darse nuevas versiones de Akutagawa, Soseki, Mishima y Kawabata, de otros menos nombrados, de otros históricos y anónimos, desconocidos, y de seguro las obras mejorarán a esos libros japoneses que fueron best-sellers hace décadas y aún se reeditan.
Terao hizo una selección de cuentos de Kobo Abe, con una reivindicación de Abe como cuentista, y la presentó en una región que dio a sabidos maestros del género. A la altura en que el boom se cocía, el cuento tenía toda la importancia sobre todo para los predecesores del boom, los mayores, que vivieron y escribieron en la ciudad donde se dio a conocer este libro. Los escritos del período 1954-64 coinciden con el último tramo en el género dentro de la obra del polifacético Abe, poeta y novelista; luego se dedicó al guión de cine, continuó el camino del teatro y al poco tiempo abrió una academia de entrenamiento para actores, de la que se dice que impartía concepciones del ser humano asociadas a la mentalidad de Samuel Beckett.
{restrict}El traductor de Los cuentos siniestros dijo en la presentación (publicada en el blog de Eterna Cadencia), asumiendo “el riesgo de cometer un disparate”, que Abe como cuentista se inclina a Cortázar y como novelista se acerca a Sábato. En las siete “fantasías memorables” que componen el libro, la ficción logra que se distorsione el mundo que el lector tiene a su alcance. Al dejar de lado estas páginas se activa algo muy denso, acechante, un sentido de realidad al que la literatura induce a conciencia. Terao comentó que en un diálogo que mantuvo Abe, en 1965, con Kenzaburo Oé, planteó que el cuento “requiere una autonomía para crear en su interior un mundo propio independiente de la realidad exterior”. Abe tiene en esta muestra todo el dominio de la narrativa como arte de la posibilidad, sin caídas en las desmesuras que son próximas a la imaginación rebuscada. Los cuentos de este libro son siniestros en la medida que tienen un fondo de desgracia, no porque estén hechos de manera infeliz. Como los buenos autores satíricos, Kobo Abe traduce el gusto y el placer vengativo de escribir, así invente historias negras con toques de perversidad.
Si el lector salta el prólogo de Zambrano y lo lee una vez acabados los cuentos, puede confirmar por un especialista que Abe (evidente seguidor de Kafka) se distancia de la tradición japonesa y de esa forma le renueva los límites. Dimitir de los valores de una cultura y criticarla de una manera tan aguda dan razones para ser la “oveja negra” no sólo en Japón, sino en cualquier parte. A Kobo Abe no le interesa explotar el misterio y la complejidad del país, sino “la psicología del hombre contemporáneo”, que padece los efectos de la ciencia. Abe escribió cuentos de “ficción científica” que prefería llamar “literatura hipotética” porque crean, en paralelo, un mundo supuesto. En cierto punto todos sus “cuentos siniestros” entran en esa definición, aunque no todos respondan a la ficción científica, o tal vez sí: Abe fue un médico que nunca entró en un hospital, sólo ejercía la escritura. Deja ver su formación en medicina cuando hace alusiones al cerebro, al estómago y a la actividad celular, cuando comprende a los personajes que están profundamente afectados por un trastorno nervioso, como el caso del pintor que enloquece al casarse con una modelo dueña de un perro faldero obsesivo y disimuladamente criminal (“No deja de vigilarme cuando estoy con ella, hagamos lo que hagamos”). De fondo, la enfermedad es el hambre y unos acaban matando y comiéndose a otros. “El huevo de plomo” instala un futuro de 800 mil años en el que los hombres verdes (que se inyectan clorofila para sobrevivir) encuentran al homo sapiens guardado en una cápsula, un profesor que en 1987 fue destinado para una vida ulterior y un testimonio. La historia de los hombres verdes dice que en tiempos de penurias el homo sapiens, primitivo y deforme, se extinguió: “había cadáveres sin estómago, pues el hambre llegó a tal extremo que el estómago se digirió a sí mismo”.
Otro elemento biográfico, que aparece en la solapa y conviene saber, es que Abe “en su juventud acogió los postulados del marxismo y militó en el Partido Comunista Japonés, del cual fue expulsado por sus diferencias respecto de la libertad de creación y los derechos humanos en el entorno soviético”. También es una “oveja negra” (la expresión es de Terao) por dar la exclamación correspondiente al individuo libre en lugar de someterse al movimiento silencioso de la masa, “ese largo ciempiés humano”, según la imagen que usaba Huxley. Se ha interpretado que algunos de los cuentos de este libro, como “El pánico” y “La muerte ajena”, son alegorías contra la organización totalitaria. En el primero se trata de descifrar qué está dentro y fuera de la ley: un desempleado sale a buscar trabajo y cae en una red del crimen que se fundamenta, razonablemente, en frases de Marx sobre los criminales y la producción del valor. El personaje no puede salir de una trama humana que le oculta algo y funciona de manera horrorosa. En “La muerte ajena” alguien encuentra, al abrir la puerta de su casa, un muerto. ¿Por qué no llama a la policía, como haría cualquiera? Sencillo: porque la policía (totalitaria), que no tiene ninguna confianza en el individuo, lo acusaría de homicidio, lo hostigaría y no le daría margen para demostrar lo contrario. Entonces el personaje tiene que calcular fríamente cómo despachar el cadáver, cómo borrar las huellas de un crimen que no cometió y cómo preparar un plan perfecto para atribuirle la muerte a un vecino. En todas partes, y a toda hora, está “la trampa tendida por el enemigo invisible”.
Mientras en esta parte del mundo, en el período en que fueron escritos Los cuentos siniestros, se leía con esperanza la literatura de “realismo socialista” (era para algunos lo único aceptable), un japonés ligado a Jonathan Swift alegaba contra la humanidad imaginando un tiempo en el que las clases se dividen en la que come y en la que, tras salir del matadero, es comida. En otro ejemplo de “ficción científica”, “El Grupo de Petición Anticanibalista y los tres caballeros” recrea la fatalidad de un trabajador que suplica a las autoridades que cancelen el envío de su hija, de 13 años, al frigorífico. Como ninguno de los tres caballeros comprende qué reclama el hombre, y no encuentran razones para revocar un sorteo legítimo, no hay ningún arreglo y el hombre que cayó en desgracia lleva el matadero a la huelga, cuando ya nadie entiende qué significa exactamente “huelga”, de modo que la medida obliga a las autoridades de la clase que come a buscar el arcaísmo en una enciclopedia, sin hacer mucho caso del asunto. Si este cuento de 1956 se hubiese traducido de inmediato en la revista Sur o en Número, donde circulaban artículos sobre el poder revelador de la ciencia ficción, habría provocado una conmoción general en Buenos Aires y en Montevideo (¿qué hubiesen dicho Benedetti y Rodríguez Monegal?). Un panorama de Einar Barfod, “La literatura de ficción científica”, que se publicó en Número en 1955, consideraba que lo decisivo del género “es un síntoma de profundos cambios en la esencia misma del hombre actual, y que su análisis puede darnos ‘una’ avenida de acceso al significado de los tiempos que corren”.
De este lado, en aquel tiempo, Abe era ajeno a todos, excepto a la atención del maestro Kazuya Sakai, que por entonces dirigía una colección de literatura y budismo en la editorial La Mandrágora de Buenos Aires. Cuando estuvo en Lima, en 1962, El Comercio le hizo una entrevista en la que le preguntaron sin preámbulos cuál era “el estado actual” de la literatura japonesa. Respuesta de Sakai: “Excepcional. No creo que haya existido un momento tan brillante como el que estamos viviendo”. Altera el sentido de “estado” y sigue: “Esto se debe no al Estado, sino al pueblo mismo, que tiene un extraordinario hábito de lectura”. Le preguntan si se escribe novela “comprometida” y Sakai dice: “La literatura ‘comprometida’ ya pasó en Japón, igual que la marxista. La que ahora predomina es una literatura de izquierda ‘liberal’, no exactamente realista”. ¿Y los temas? “Sobre todo uno: la soledad del individuo en el mundo de la guerra.” Con pocas palabras dice el principio de Kobo Abe, a quien leía a la misma hora en la que éste escribía sus libros. Sakai tradujo la novela La mujer de la arena, de 1962, que fue la entrada de Abe en español vía México. El propio Sakai fue el primer traductor al japonés de Borges, Arlt, Sábato y Mujica Láinez. En esta zona también sucedía algo brillante. {restrict/}

 

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