Los hermanos sean unidos

Contratapas de Carlos María Domínguez

Entre noviembre de 2000 y julio de 2007, Carlos María Domínguez publicó una serie de contratapas en Brecha que partían de un escenario simple: dos hermanos argentinos, viviendo a una y otra orilla del Río de la Plata, hablan por teléfono.

Rodrigo vive del lado de acá, Laura del de allá. En medio, todo lo que separa a argentinos y uruguayos y todo lo que los une.
La charla telefónica de los hermanos puede fácilmente considerarse la puesta en escena de una situación peculiar que el autor experimenta en carne propia: Domínguez es argentino de nacimiento, uruguayo por adopción, formado en la vecina orilla y con una carrera literaria y periodística desarrollada mayormente en Uruguay, donde vive desde hace veinte años. Así, su mirada representa la verificación de la muy visitada hermandad rioplatense o al menos una versión posible; una representación de esa personalidad dividida que le proporciona una inmejorable posición para analizar identidades e idiosincrasias. Domínguez da un paseo por la vida cotidiana con el gesto espléndido de quien mira un poco de lejos, pero con conocimiento de causa, como un farero que ve dibujarse las mareas al amanecer y, quizás sin poder evitarlo, presuma que si los nadadores no andan con cuidado, aquel día alguno quizás se ahogue.
Si bien es verdad que aquellas contratapas acompañaron en el tiempo muchos de los hechos que se narran (la crisis bancaria, el plebiscito de ancap, el triunfo de la izquierda, el conflicto por las papeleras… y hasta episodios culturales puntuales, como la publicación de La puerta de la misericordia, de Tomás de Mattos) la pérdida de la “rabiosa actualidad” deja ver otra cosa, esto es, que en el fondo lo que Domínguez estaba escribiendo bien podía ser un relato largo por entregas.
Y es que, paradójicamente, para cualquiera que haya leído los diálogos de Rodrigo y Laura en las contratapas de Brecha, Cuando el río suena resultará una sorpresa, porque en este formato se recupera lo que siempre estuvo pero que no se advertía claramente: una unidad, una construcción de los personajes, un avatar y un crecimiento. Lo que empieza en el escenario sencillo del diálogo comienza paulatinamente a sumar personajes y, sobre todo, información, que se va acumulando acerca de esas dos voces de las que en un principio no sabemos nada, para ir construyendo una historia.
Los diálogos funcionan como capítulos de una comunicación perdida y recobrada de manera espasmódica (episódica): las vidas de los hermanos continúan por detrás de esas pequeñas ventanas que son las llamadas telefónicas y por las que se nos permite mirar. La historia avanza por saltos y se reconstruye en retrospectiva, es decir, se narra. Es como si las vidas de los personajes sufrieran un delay, como aquel de las viejas comunicaciones telefónicas: a Rodrigo y a Laura les pasan cosas, pero nosotros escuchamos tarde, cuando ellos al fin se comunican y cuentan. Al fin y al cabo ese es también un tema que sobrevuela todo el relato; ¿Montevideo es, verdaderamente –y como dijo Borges–, un Buenos Aires con delay? ¿Cuánto hay de cierto en esos versos tan lindos como paternalistas del argentino que supo reclamar una autoridad oriental que le venía de los Haedo? (“Eres el Buenos Aires que tuvimos, el que en los años se alejó quietamente. Eres nuestra y fiestera, como la estrella que duplican las aguas.”)
Domínguez sabe mejor que eso: a fuerza de padecernos (y disfrutarnos, eh) hace rato que está en guardia sobre los efectos de ese espejo deformante que es el río, y ha entendido que hay tantas similitudes como diferencias, que somos hermanos pero no mellizos y que la historia nos une pero fundamentalmente nos separa.
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